Antoni Siurana, histórico alcalde de Lleida, en una entrevista concedida a 'Crónica Global' Barcelona
Antoni Siurana, histórico alcalde de Lleida: "Somos el 'far west' de Cataluña, los olvidados"
Figura clave del socialismo catalán, el veterano político rompe su silencio para contemplar la Lleida del presente y hablar de los retos e inquietudes de la ciudad
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Antoni Siurana (Lleida, 1943), figura clave del socialismo catalán y alcalde de Lleida durante casi un cuarto de siglo, rompe su silencio en una charla con Crónica Global en la que analiza el presente y el pasado de la ciudad que lideró durante casi un cuarto de siglo.
El también exconseller de Agricultura denuncia el agravio histórico de un territorio que se siente el far west de Cataluña y critica un modelo de territorio que, a su juicio, absorbe demasiados recursos en el área metropolitana de Barcelona (AMB) en detrimento del resto de la comunidad.
A lo largo de la entrevista, Siurana habla de la complejidad de la integración migratoria, del avance de la extrema derecha o de un sector agrario asfixiado por la burocracia y el "ambientalismo infantil". El veterano gestor reivindica el diálogo frente al ego y defiende un catalanismo de hechos frente al independentismo de "privilegios".
- Usted fue alcalde de Lleida casi 25 años. ¿Cómo lo logró?
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Debes acreditar que eres un buen gestor y una persona honesta, vinculada con la sociedad. Hay otros que optan por el populismo y por engañar a la gente, pero su popularidad tendrá caducidad corta. Hay que escuchar, dialogar y entender que no siempre se tiene razón.
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¿Se ha perdido el diálogo en la política actual?
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Todos tenemos tendencia a demostrar un ego personal. En Lleida conseguimos tener una relación humana y correcta con todos los actores políticos. Es complicado, porque siempre se dicen cosas que hieren. Controversias, disgustos y acusaciones falsas. Hay que tener mucho aguante para que no se te caliente la boca.
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¿Qué consejos puede dar a los alcaldes que quieran revalidar sus cargos en las siguientes elecciones?
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La política es imprevisible. Hubo una vez que, a pesar de haber hecho grandes obras como el parking de Blondel o la modificación de la Rambla, y con las encuestas a favor, sacamos los resultados más ajustados. Hay que recordar siempre que la eficacia de la gestión es obligatoria, pero se premia muy poco. En cambio, a la gente le ilusionan los proyectos positivos de cara al futuro. No se pueden ganar unas elecciones con lo que ya has hecho, sino con lo que harás.
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¿De qué se siente más orgulloso?
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De que gente que no conozco me pare por Lleida y me recuerden con cariño. Creo que dejé una buena imagen.
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¿Y cuáles han sido sus momentos más complicados?
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Los peores, la inundación de Lleida en 1982, que dejó víctimas mortales. O el 23F, porque no sabíamos qué reacción tendría el ejército y aquí había un grupo importante de extrema derecha. Hubo otras, como cuando vas al juzgado por una denuncia y tienes que afrontar algo que es un bulo, pero que al final cuestiona tu honra.
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¿Un alcalde siempre está bajo sospecha?
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Claro, porque cuando uno construye un equipamiento en un lugar molesta a unos y beneficia a otros. Crea expectativas, inconvenientes y ventajas que no son derivadas de la propia geografía, sino del crecimiento de la ciudad. Siempre hay gente dispuesta a mirarte con malos ojos. Aquellos que estamos sujetos a que nos examinen cada cuatro años y nos juzguen, somos siempre sospechosos. Conozco a miles de políticos, desde concejales a alcaldes, y casi todos son buenas personas que aman a sus ciudades. Un alcalde debe ser una persona ejemplar.
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¿Qué le parece la Lleida de hoy?
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Históricamente, Lleida era un territorio pobre. Europa hizo su riqueza hace tres siglos y a nosotros nos ha tocado hace poco. Pero creo que hay buenas perspectivas, porque estamos bien situados geográficamente, hemos podido convertirnos en la primera potencia mundial en ganadería y tenemos un potencial importante de crecimiento logístico. Estamos a una hora exacta de Barcelona en tren y a una hora y media por carretera.
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Siempre y cuando no haya tráfico.
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Sí, porque el mundo está congestionado. Trenes o aeropuertos siempre van con retraso, aquí y en todos lados. La generación joven viaja 50.000 veces más que la mía, y por lo tanto se desbordan las infraestructuras. Progreso significa aumentar el uso de todos los servicios, pero eso es muy caro, significa necesidades de inversión permanentes. En política hay una ventaja: nunca se acaba el trabajo, porque todo el mundo pide y pide.
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El 20% de la población de Lleida nació en el extranjero. ¿Cómo se debe afrontar este reto demográfico?
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Necesitamos mano de obra y por eso tenemos una inmigración altísima, que se ha incorporado con dificultad al sistema económico. Pero creo que el nuestro es un modelo de un gran nivel de convivencia y humanidad. No hay ningún otro país donde la aceptación del otro sea tan educada como aquí. Somos un ejemplo. Tenemos un nivel de solidaridad, de energía y de actividades altruistas brutal, con un gran tercer sector y una amplia red de voluntarios. Y, paradójicamente, no podemos incorporar a la vida cotidiana a estos extranjeros. No puede ser que jueguen los jugadores de fútbol de color en el campo, pero no vayan al estadio.
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¿Ha fallado la integración?
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El asunto no es nada fácil, pero exige una respuesta adecuada en formación e integración laboral. Donde hay empleo, hay integración. Lo vemos en Guissona. En los pueblos circundantes a Lleida, donde existe una convivencia en torno a la actividad agrícola, hay una aceptación adecuada de la inmigración. También me extraña que lugares que dependen absolutamente de la captación de mano de obra extranjera, rechacen el fenómeno. Es más fruto de una crisis cultural que de una crisis real.
Antoni Siurana, histórico alcalde de Lleida Barcelona
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Según el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión (CEO), Aliança Catalana sería primera fuerza en las elecciones en Lleida.
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La demagogia es muy poderosa. Siempre me acordaré de un compañero mío, un alcalde holandés, que había recibido a muchos inmigrantes de antiguas colonias. Él siempre protegió a este colectivo y, de repente, perdió las elecciones porque todos los inmigrantes votaron a la derecha. Eso siempre me ha hecho reflexionar.
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¿Puede ocurrir lo mismo? ¿La inmigración votará a la derecha?
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Una buena parte de esa inmigración posee una cultura en la que el sentido de la jerarquización patriarcal de la familia es muy intenso. Y eso les obliga buscar una autoridad en el veto, un rechazo al cambio. Algunas de estas cosas pueden estar pasando aquí.
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¿Por qué una buena parte de Lleida rechaza la inmigración?
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La gente que viene de fuera necesita más servicios sociales que la gente arraigada ya aquí. Tienen dificultades, problemas de vivienda, complicaciones para empezar su vida. Esto genera en algunos la idea de que, a lo mejor, las ayudas hacen que sea más favorable vivir de la subvención en vez de trabajar. Y no es cierto, pero la idea se presta a ello. Lo que sí debemos combatir es el fanatismo religioso. A veces pienso que San Ignacio y San Javier se fueron a convertir a chinos, hindúes y japoneses, y aquí no conseguimos que un musulmán sea cristiano.
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El lleidatà siempre se ha sentido maltratado por Barcelona, un poco arrinconado. ¿Tiene motivos para pensarlo?
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No tiene motivos, tiene realidades. Si bien la autopista y el AVE ha mejorado la comunicación, aún resuena el adjetivo de Ponent. Al oeste, somos como el Far West, ¿no? Estamos un poco olvidados. El Área Metropolitana succiona muchos recursos de Cataluña, la Generalitat debería repensar mejor el territorio. Pero es un agravio histórico: la Guerra Civil hizo mucho más daño a Lleida que al resto de Cataluña, a pesar de que hubo daño en todas partes. Lleida vació su sociedad civil, la gente se exilió y fue sustituida por recién llegados. Barcelona genera en los leridanos un sentimiento de búsqueda del orgullo propio. Esto es nuestro, nosotros somos así. Como ocurre con cualquier identidad.
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Usted, siendo conseller de Agricultura, trató de trasladar la sede de la cartera a Lleida.
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Tenía sentido. Creo que se tarda más en llegar desde Santa Coloma de Gramenet al aeropuerto por la línea 9 del metro que lo que tardamos nosotros cada día hasta Barcelona. No se hizo ni se hará, porque en Barcelona hay muchos funcionarios que deberían trasladarse. También el motivo original de la conselleria ha cambiado, y hoy en día es casi más importante toda la industria de la alimentación que la producción agraria original.
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Uno de los grandes temas que ya coleaban cuando era conseller era la sequía.
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La gente se olvida del tema, pero las inversiones han sido brutales. Hacer una presa es doloroso, porque sacrificas tierras que están activas, pueblos, población, trasladar a gente... Siempre he tenido el prurito de ser el defensor del embalse de Rialb y el canal Segarra-Garrigues, que ahora todo el mundo da por hecho. Se han hecho muchas cosas, pero ahora hay que conectar las redes del Pallars con el Segre, por ejemplo.
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¿Cómo valora al actual conseller de Agricultura, Òscar Ordeig?
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Muy positivamente. Y no lo ha tenido nada fácil, pues ha habido un alud de problemas, como la gripe aviar o la peste porcina. Su actuación ha sido ejemplar. Nos ha unido a todos los exconsejeros de agricultura varias veces para dialogar y pedir consejos.
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La agricultura está pasando por una transición muy complicada…
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El modelo técnico actual exige inversiones brutales. No tiene sentido que un agricultor deba comprar un tractor de 300.000 € para cultivar solo cereal, porque es imposible competir con las grandes zonas cerealistas del mundo. Durante años, la ganadería camufló la falta de rentabilidad del territorio, pero ahora el sector ganadero también topa con sus propios límites ambientales. Las dimensiones de las parcelas son demasiado pequeñas para la escala que exige la explotación moderna.
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¿Y los ecologistas?
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Existe una presión ambientalista que a veces resulta absurda por su desconexión con la realidad del campo. Hoy se ha impuesto una visión casi infantil de la naturaleza donde todo es bueno, excepto las ratas. Incluso las palomas son buenas ya. No se entiende el concepto de plaga o alimaña. Se restringen insecticidas que, aunque sean discutibles, son los que históricamente evitaron hambrunas como la de la patata en Europa. Eliminar estas herramientas sin alternativas realistas es un problema de supervivencia para el sector.
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¿Cómo ve la Cataluña post procés?
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Salvador Illa hace un trabajo extraordinario. Creo que la mayoría de la población catalana considera que su política es honesta, su entrega al trabajo extraordinaria y su voluntad total. Y es una política tolerante, de relaciones sociales. Pero vivimos en un mundo que está irritado permanentemente.
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¿Usted nunca ha sido independentista?
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Yo siempre he sido catalanista. Soy fundador del Club d'Opinió Emprius, fui Tarradellista y prologué el libro El nostre combat de Josep Pallach. Lecciones de catalanismo, las justas. Mi familia fue la primera en ser multada en Lleida por catalanistas. Nadie me dará lecciones de catalanismo, y menos aquellos que desaparecieron durante años y vienen ahora a leerme la cartilla. Los independentistas no son catalanistas ni creen en Cataluña. El independentismo solo busca privilegios para un grupo.
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¿El partido más catalanista es el PSC?
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Por supuesto. Pujol y Trias Fargas rechazaron un concierto fiscal similar al vasco en 1979 y ahora Junts lo exige. Se lo propuso Adolfo Suárez, pero se negaron por la impopularidad que supone asumir la recaudación directa de los impuestos.