Miguel Ángel Blanco: el sujeto elíptico de la impunidad

Josep Maria Cortés
9 min

Madrid recita su palinodia. Los que evitaron colocar la imagen de Miguel Ángel Blanco en la fachada del Palacio de Cibeles han empezado a rectificar ante la fuerza de los hechos. No vale decir, como Manuela Carmena, que debían estar todas las víctimas y no solo una, porque sería tanto como exigir una lista interminable de nombres el día del homenaje a las víctimas de Hipercor, pongamos por caso. El pasado día 12 se cumplían 20 años del asesinato de Blanco y la ocasión exigía unidad ante el recuerdo del terror impuesto por ETA. Unidad y recogimiento; nada más. Los muertos no son de nadie. La vil ejecución de Blanco provocó una reacción multitudinaria en Madrid y en media España. Cuando, al cabo de un tiempo, Ernest Lluch cayó tiroteado en la cabeza a pocos metros de la puerta de su domicilio barcelonés, ocurrió algo parecido. Nunca habíamos visto a tanta gente en el Paseo de Gracia, como en el homenaje a Lluch; la cita solo fue superada en número, años después, en la manifestación contra la guerra de Irak.

La fachada vacía de Cibeles es una victoria de la impunidad terrorista. Y, desgraciadamente viene acompañada del negacionismo de Bildu, una línea fronteriza con el resto que ha llegado a hacerse francamente odiosa. Carmena quiso evitar el trabajo de zapa del PP en el granero de votos que ofrecen los malentendidos sobre las víctimas. Pero que lo sepa la alcaldesa: no nos importan las razones de un debate político insignificante, fruto del sectarismo. Después de hacer el ridículo, Carmena rectificó, y es de agradecer, pero el asesinato de Miguel Ángel Blanco sigue siendo, por desgracia, una frontera en España, que no es entre la derecha y la izquierda sino entre la "decencia y la indecencia", ha escrito Jorge M. Reverte.

miguel angel blanco

Una ciudad no es cosmopolita porque pueda albergar a poblaciones de orígenes diversos. Lo fueron la Viena austro-húngara o más recientemente la Sarajevo que mantuvo la convivencia bajo la metralla. No lo es quien se llama apátrida aprovechando las ventajas de la ubicuidad tecnológica para jibarizar el mundo por el puro placer de la comunicación. La ingravidez del desterritorializado puede aislar, como les ocurre a los personajes de David Lodge en El mundo es un pañuelo (Anagrama), los elitistas que constriñen en torres de marfil el círculo de sus relaciones. No nos llamemos neutrales e internacionales con tanta facilidad, cuando ante nuestras narices estallan pugnas identitarias. Es bien curioso que el soberanismo catalán esté a punto de perder su desafío al Estado (desde el lado de la ilegalidad y esgrimiendo pacíficamente el valor falaz de la "radicalidad democrática") mientras el terrorismo etarra, padre de buena parte del mundo abertzale, está ganando en silencio la guerra de la impunidad.

Detrás de esta victoria, un jinete del Apocalipsis nos ofrece su malvada sonrisa. La arbitrariedad de la violencia se lee en los ojos de los inocentes que la padecieron; da lo mismo que sean juristas como Tomás y Valiente, empresarios como Urquijo --corazón oligopolístico del mejor Neguri del hierro y las finanzas y la autocracia--, un concejal de Ermua o un Guardia Civil del cuartel de Vic. Los tiros llegaron del lado de los que hablaban de diferencias; ellos comenzaron a matar sin ofrecer su proyecto. Se les rogó que entendieran que la unión compartida y consentida supera la soledad. Nadie les vendió "el fetichismo de la unión que había servido de coartada a los invasores, sedientos de nuevas tierras", un concepto descrito por Pascal Bruckner en El vértigo de Babel (Acantilado), portentoso libelo.

El Estado democrático reconoce las dignidades individuales y grupales; solo los totalitarios abogan por la homogeneización. Las diferencias no pueden someter la universalidad de los principios y, precisamente por eso, el derecho de los pueblos a su autodeterminación está supeditado al derecho de los ciudadanos individualmente considerados.

La fachada vacía de Cibeles es una victoria de la impunidad terrorista. Y, desgraciadamente viene acompañada del negacionismo de Bildu, una línea fronteriza con el resto que ha llegado a hacerse francamente odiosa

Un proceso de paz exige el esfuerzo de lo que los colombianos, tras la firma de las Farc, han llamado la "justicia transicional", en la que se muestra que la paz no puede ser solo el producto de un alto el fuego. El fin del encono exige la defensa de valores supuestamente comunes. En el caso vasco, los insumisos llegaron a pistoleros. Pero todavía nos preguntamos si sus opciones éticas han tenido siempre la atención que tal vez merecen. Este es el caso de los exmovilizados por aquel sindicato feroz y aspirantes hoy a ser llamados pacifistas en aras de una simulación absolutamente irritantes. Uno de ellos, el significativo Arnaldo Otegi, está siendo llevado en volandas por el independentismo catalán y mantenido en el limbo de los exguerrilleros irlandeses hoy convertidos en políticos. El exbatusuno marca el camino de Bildu, su lugar bajo el sol, un rincón del irredentismo al que no se puede acceder sin incurrir en el olvido de 800 asesinatos y en el recuerdo martilleante de los zortzikos de Iparraguirre. Más vale decirlo claro: tras la fusión entre el monte y el folclore se esconden héroes sin honor que nunca se arrepentirán y que merecen por ello nuestra reprobación moral.

Sin motivo aparente, las naciones históricas disconformes huelen a pólvora y a sotana; a explosión y cáliz. Empujan a sus gentes desde la misión teológica. Presentan su mitología con la cruz en una mano y el sacrificio en la otra. Sin embargo, a sus partidos moderados nunca les ha ido tan mal como ahora le va al PDeCAT, aliado con las fuerzas del independentismo sin tapujos, igual que le ocurrió al PNV en su etapa de alianzas con HB. El heroísmo metafórico de los orígenes, el árbol de Guernika o el pi de les tres branques, no cuadra con el deseo de vida dócil de sus votantes.

Es la mezcla de bondad adocenada y desesperación. Quizá esa mixtura les impela a la confusión y su corolario: el exterminio del argumento del otro. La ha explicado Aramburu en Patria, lo han expuesto Jon Juaristi y sus colegas del Foro de Ermua: para acabar con la asimetría oportunista de la nación doliente frente a su Estado autoritario debemos atravesar algo parecido al purgatorio de ofensas que tanto atormentaron al príncipe de Dinamarca del teatro isabelino.

Mientras tanto, habrá vencido la impunidad terrorista, una sensación que nos abre en canal cada vez que reunimos valor para evocar a nuestros muertos (los de todos).

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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