Germà Gordó: los negocios de Judas

Josep Maria Cortés
9 min

Gordó es el cananeo atrapado a orillas del Jordán, el patito feo que se adapta a la imagen que los demás tienen de él. La Fiscalía Anticorrupción estrecha el cerco sobre su cabeza, mientras el poder legislativo (Parlament) le someterá muy pronto a una comisión de investigación, presidida por Jean Castel (C's).

Cuando dejó de ser la mano derecha de Artur Mas, Germà Gordó se convirtió en una revelación, un producto del estallido nihilista de la política catalana, un jenízaro convencido de que el saqueo es legítimo cuando vamos camino de la gloria. Una voz interior le gritaba: hoy vale todo; mañana, en la batalla, serás héroe o traidor. Y fue traidor, en 2015, cuando Mas tuvo constancia de que la agenda secreta de Gordó desembocaba en Jorge Fernández Díaz, exministro de Interior y jefe de la Policía Patriótica.

Gordó era entonces consejero de Justicia y cesó a la hija del extesorero Viloca, refugiada en el departamento. Con la mente de un apócrifo y la memoria borrada, Viloca había relevado a Gordó en el puente de mando del dinero convergente, envuelto en brumas. El partido nacionalista había transitado al soberanismo a base de fugas y en sucesivos oleajes bajo mandos menores como los Oriol Pujol, Felip Puig, Rull o del mismo Gordó, entre otros, todos saboreando un futuro radicalmente democrático pero lampante por naturaleza. Formados en el pillaje de tantos años, los convergentes no saben hacer otra cosa que pillar o nepotear, a costa de familiares cercanos.

germa gordo

Germà Gordó se saltó un día su turno en el sector negocios nacionalista para convertirse en el patrón de la cueva de Alí Babá. Le tocaba seguir a la plétora de los Prenafeta, Alavedra, Junior y compañía, pero decidió tomar él solito el control de las mordidas. Llegó a reunirse en su propio despacho con empresas licitadoras inculpadas en el 3%. Y ahora lo paga con la Fiscalía pegada a su nuca y acusándole de seis delitos, sustanciados a partir de Teyco, Copisa, Rogasa y Oproler, Infraestrcuturas.cat, las sociedades del pufo o con sus fundaciones CatDem y Fòrum Barcelona.

Fue el nexo común entre los paganos y el partido Demòcrata Català. Él es víctima y victimario al mismo tiempo, por seguir el argumento que, en otro contexto, utilizó Primo Levi en Los hundidos y los salvados. De momento, la Fiscalía solo le apunta: "Gordó demuestra la necesaria concomitancia entre políticos soberanistas y empresarios investigados". Pero los jueces ya lo esperan como "la persona que tuvo poder en CDC y en la administración pública catalana para poder llevar a cabo actividades presuntamente delictivas". Los del Ministerio Público son tipos alambicados y muy pronto desharán la madeja para descubrir el ovillo.

Los fiscales esconden su timidez detrás de la toga, aunque les delate el pliegue de algún tricornio. En la Audiencia hay ganas de trincar el pasteleo convergente; y, sobre todo, hay pruebas rastreadas en gestiones, almuerzos, interlocuciones y reuniones con paganos de mordidas, en sitios variopintos, algunos de ellos en la sede de Convergència (una de las quince que tiene embargadas el PDECat por el caso Millet) o en el mismo Palau de Generalitat. En pleno estallido Millet, el fiscal Emilio Sánchez Ulled pidió una garantía de 6,6 millones de euros al partido de Gordó y Mas, pero el juez Julián García de Eulate no se pronunció. Es curioso que el nacionalismo tenga mejores relaciones en las audiencias que en las instrucciones; se lleva mejor con los oficiales en las salas de bandera que con los responsables del orden. No es un partido chusquero, eso no, pero chungo lo es un rato.

Germà Gordó se saltó un día su turno en el sector negocios nacionalista para convertirse en el patrón de la cueva de Alí Babá

En la pastelería añeja de can Pujol, Gordó, el recaudador y conseguidor, lo ha sido todo: gerente y miembro del secretariado de CDC, secretario general de Gobierno de la Generalitat de Cataluña y consejero de Justicia; y también ha desempeñado presidencias y vocalías en consejos de administración de empresas públicas. Entre camaradas se muestra como aquel Melquíades de Cien años de soledad, un sabio de la consulta. Pero donde luce es entre los cargos públicos de su partido, a los que controla con la firmeza de un hombre con pasado, como lo hacía aquel Jean Valjean de Victor Hugo, que sabía cosas de la prefectura de París, aunque jamás se supo el qué.

Los ojos de Gordó dicen "lo sé todo..." y, cuando te alejas, lo imaginas replicando con el rabillo "lo sé todo... de ti". Es el policía Svidrigáilov de Crimen y castigo. Con información privilegiada, es como mejor se trabaja en las tangentes que dividen el espacio público del dinero privado. Es cuestión de mano y compañerismo, un oficio capaz de sorber el mosto y hacer de Celestina, al mismo tiempo. Estas tangentes son dulces toboganes cuando todo funciona, pero se vuelven paredones delante del tribunal, cuando cada párrafo interrogativo es como una ráfaga. La pena de banquillo (la tele en directo o diferido) es peor que el mal de amores, una lacra que se mantendrá extendida por todo el país hasta que lo curemos con un auto de fe, como los que cerraban las custodias de Torquemada. España es un país de ritos y bellezas oscuras como las venecianas de Casanova.

Aquellos papeles, que Gordó deslizaba en Interior y que dejaba leer al financiero de siempre, le valieron el calificativo de Judas

Aquellos papeles, que Gordó deslizaba en Interior y que dejaba leer al financiero de siempre, le valieron el calificativo de Judas. En El juguete rabioso, de Roberto Arlt, la traición se refugia en el sentimiento humillado de que el otro, el mentiroso altivo de guante blanco --en Convergència los hay; pocos pero los hay-- es un ser peligrosamente semejante a uno mismo. En todo hay clases y lucha de clases. Si sale bien, la traición se convierte en hegemonía despiadada, con la cual Judas trata de escapar de la comunidad de humillados a la que pertenece. La política sabe hoy (la nueva también) que la traición y el robo son hechos privados con reflejo público en el que, a menudo, se puede redimir al culpable y presentarlo como un héroe, a base de pastiche shakespeariano.

Al finalizar estos idus de marzo, los convergentes pata negra, los nuevos y los novísimos tienen tiempo para reflexionar quién ha traicionado a quién, o quién tiene una chaletito más mono producto de la impudicia. En política, quien ocupa el cetro es el gran narrador de las verdades heréticas.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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