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Xavier Folch, editor, fundador de la editorial Empúries / CCMA

Xavier Folch, editor, economista, mago del tripartito y camarada

Folch puso en contacto a editores, escritores y políticos en beneficio de la sociedad catalana, al frente de la editorial Empúries

8 min

El sello Ediciones Ariel, que publicó a Noam Chomsky y Robert Graves cuando el mundo rodaba más despacio, acogió a Xavier Folch apenas cumplidos los 30 años, de la mano del filósofo marxista Manolo Sacristán. Fue en el mayo fogoso del asalto al Rectorado; el día que el malogrado Fabián Estapé salvó el pellejo gracias al busto del general, que los amotinados tiraron por la ventana de Gran Vía. En Ariel, trinchera de la palabra, Folch --fallecido ayer a los 83 años-- coincidió en originalidad y empuje con gente como Gonzalo Suárez, el director de cine y autor de cuentos cortos, capaz de extrapolar las antiguas paradojas de Allan Poe --El hombre de la multitud-- y extraer ventajas de Julio Cortázar --El perseguidor, inspirado en la figura del saxofonista Charlie Parker--, con el escritor argentino encaramado ya en lo más alto de boom, sin haberlo pretendido.

Folch creó dos colecciones de fuste, Ariel Quincenal y Cinc d’Oros, emparentadas por su estilo con las series de Gallimard, en Francia, y de Einaudi, en Italia. En las últimas décadas del siglo pasado se publicaba menos, pero más bueno. Se estaba a tiempo de condensar en una sola vida aquel ideal crepuscular de Josep Maria de Sagarra, según el cual había que leer un libro nuevo cada día, entre café y café, después de oler por pura adicción el papel recién abierto con la goma pegada y todavía humeante. En 1976, Xavier Folch cofundó Crítica y transcurrida casi una década, en 1986, lideró, en compañía de Pere Portabella, la creación de Empúries, su auténtica marca.

Un buen puñado de editores

Bajo el auspicio de Felipe González, Moncloa exaltaba entonces la famosa tertulia en La Bodeguilla, donde a menudo el entonces ministro de Sanidad y Seguridad Social, Ernest Lluch, comentaba las novedades del sello de su amigo Folch y lucía con estilo su clásica Montblanc. Si Folch fue un pensador inquebrantable, Lluch le sirvió de Pigmalión en la acera socialista. El primero había conocido en París y Roma la izquierda posible de Mitterrand y Bettino Craxi antes de deslizarse hacia las fronteras del Estimat PSUC, el partido de Monserrat Roig y Manolo Vázquez Montalbán, empotrados en la esperanza porque, solo con ella, “se puede construir el futuro”.

Al conocer el fallecimiento de Folch, lo primera que a uno se le viene a la cabeza es el mal fario del último lustro, el de las despedidas de lo más granado de la Barcelona que sigue siendo capital del mundo editorial en lengua castellana, quieran o no los exclusivistas de la monoglosia indepe. En este periodo han desaparecido por este orden, Josep Maria Castellet (veló armas con Folch en Edicions 62), Jaume Vallcorba (Acantilado-Quaderns Crema) y Claudio López Lamadrid (Random House). Otros sobreviven con holgura gracias al espejo del tiempo y a la mesura, pero todos se acuerdan de que sin Folch todo hubiese sido distinto, menos real y escasamente comprometido.

Un catalanista serio

Sin Castellet y Folch no existiría el rastro tan visible del Medio Siglo, el de Juan Marsé, Martín Santos, Guelbenzu, Mendoza, Benet y otros igual de maravillosos. Castellet fue por destino el crítico oficial de aquella generación nunca perdida, como no fuese en los garitos de la ciudad canalla; sin Castellet y Folch no hubiésemos hallado el puente entre los niños del pan negro convertidos en escritores y los llamados novísimos de los setentas, como Félix de Azúa, Vila-Matas o Javier Marías; quizá tampoco hubiésemos conocido a Trapiello, dulce sabio, vocero colonial de excelsa prosa.

El editor y político Xavier Folch / WIKIPEDIA
El editor y político Xavier Folch / WIKIPEDIA

Folch fue un catalanista serio, nunca ajeno a las operaciones de aproximación política entre las dos lenguas y los dos sentires. Brilló en la sombra cuando Aznar trató de conquistar corazones federales antes del Pacto del Majestic con Pujol (1996). Y su mano invisible ha vuelto a servir de puente al final de sus días, en la última visita de Sánchez en plenos indultos, cuando el pasado lunes, el presidente del Gobierno empezó su discurso con una cita del poeta Miquel Martí Pol. Siempre ha resultado inconfundible la huella Folch, hombre de paz. Fue precisamente en Editorial Empúries donde dio vuelo a los textos poéticos de Joan Vinyoli, Miquel Bauçà, Narcís Comadira, Vicent Andrés Estellés, Fonalleras, Casasses, Joan Brosa o el mismo Martí Pol. Folch mostró siempre un rigor inexcusable.

Se formó en el Liceo Francés y estudió Económicas en la UB. Paso por todos los incidentes del viaje antifranquista de su generación, desde la Caputxinada hasta la caída de la Asamblea de Cataluña, en 1973. Desempeñó la dirección de la revista del PSUC, Nous Horitzons, junto a Josep Fontana y Francesc Vallverdú. Por su implantación entre gran cantidad de lectores castellanoparlantes vinculados a CCOO y al partido eurocomunista, esta publicación estuvo considerada como una auténtica plataforma de integración del bilingüismo en la misma comunidad.

La cocina del tripartito

Empúries, absorbida por Edicions 62 y englobada después en el universo de Grupo Planeta, fue desde su primer día una instancia de debates civilizatorios. La presentación de la editorial se realizó en el Palau de la Generalitat, en un acto que reunió a Jordi Pujol y al alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, entonces muy enfrentados, pero dispuestos a dejarse llevar en volandas por el diálogo sostenido de Folch. En 2003, con la llegada al Govern del tripartito, el entonces president contó con el apoyo público de Folch; tanto el editor como el mismo Maragall han reconocido después que el pacto entre socialistas, Esquerra e Iniciativa, oficializado en el Palacio del Tinell, había tenido un preámbulo decisivo en el domicilio de los Folch. En aquella etapa, el editor fue colocado por Maragall al frente del Institut Ramon Llull; y fue Folch quien consiguió la aparición de la cultura catalana como invitada de honor en la Feria del Libro de Fráncfort de 2007.

Hoy se rinde su despedida en el tanatorio de Les Corts. Folch, el camarada Roselló, como le conocían sus compañeros de lucha política, se lleva en su último trayecto la caricia de los años de la Transición, el tiempo casi olvidado del consenso