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Letizia, jaula de cristal y prisión mediática

Zarzuela recorta la agenda institucional de la reina, puesta a caldo y en cuarentena por su papel en la inauguración de la legislatura

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La ausencia de la Reina en las tomas de posesión de Rajoy y sus nuevos ministros provocó un murmullo subterráneo que se asentaba en un presunto tono izquierdista de la esposa del Rey. Los gestos de incomodidad de doña Letizia en la solemne apertura de la XII Legislatura redoblaron las habladurías y especulaciones. ¿Qué le pasa? se preguntaban los tronistas de la crónica Real. Ella tiene su carácter, concedían en los entornos zarzueleros hasta que logrado consensuar una versión plausible sobre la tristeza japonesa de la monarca consorte. 

La Reina no estuvo en las juras porque tampoco estuvo en las recepciones de su marido a los líderes políticos para proponer candidato a presidente del Gobierno. Bien visto. El gabinete de comunicación, al mando de Jordi Gutiérrez, funciona con solvencia argumental y actitud zen dentro de lo cabe. El papel institucional asignado a la Reina es menor que el que ejercía doña Sofía, circunstancia que contrasta con la energía y las ideas de Letizia. Y a mayor abundamiento, la presión mediática es la prisión y el corsé de la Reina, sometida desde hace años al análisis crítico del más mínimo gesto, sospechosa habitual de cualquier enredo en Zarzuela, en el foco, a expensas del escrutinio popular y los jurados de plató. O sea, un coñazo mayor que el de pasar por la casa del Gran Hermano, pero a perpetuidad salvo proclamación de una tercera república o divorcio.

Antes de la abdicación, la Casa Real llegó a admitir que el matrimonio de los entonces príncipes estaba a pique de naufragio. Hervía el caso Nóos y los accidentes cinegéticos de don Juan Carlos eran portada los días pares. En los impares, el tema Corinna zu Sayn-Wittgenstein, de soltera Larsen. Nada mejor que airear una crisis entre Felipe y Letizia para tapar lo de Iñaki y Campechano. Sí, sí, no hay rey sin mote, sea velloso, hermoso, pasmao o breve, como Pipino.

Contra todo pronóstico, superaron la crisis. El potente efecto cuñado de Iñaki Urdangarin estuvo a punto de surtir efecto, pero el matrimonio se salvó in extremis gracias, según los deslenguados, a la operación recambio. El marido de la hermana de Felipe era quien susurraba en el soplillo del príncipe mientras el ahora emérito no disimulaba cierta lejanía con su nuera. El típico quilombo familiar prenavideño, pero de la Royal Family con los Ortiz Rocasolano en plan los parientes del pueblo.

Persiste el riesgo de cambio de régimen, pero ya no entre los reyes, sino en la forma de Estado. Toda prudencia es poca y las licencias privadas de Letizia, sus desesperados intentos por hacer cosas normales como ir de compras por Serrano, al cine o a cenar en el barrio de Las Letras deben cuadrar con la agenda de la conveniencia institucional. Y encima para quedar siempre como la mala. Ella, la plebeya compiyogui sobre la que se cierne el peso de la corona. Por si no tuviera suficiente con el cuñado, el suegro y Jaime Peñafiel, el heraldo monárquico que la pone a caldo en el digital “República”.