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El Estado contra Arola, víctima de Hacienda y RTVE

Lapidación pública del cocinero, que se fustiga con un amor no correspondido mientras la trituradora de la prensa rosa aprovecha material sufragado por los contribuyentes

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"Gasté mucho dinero en chicas y cerveza, el resto lo malgasté", dejó dijo George Best, el fenomenal mediapunta del Manchester United, después de un trasplante de hígado. De lo publicado esta semana en torno al cocinero Sergi Arola, cabría pensar que ha descendido de chef a marmitón por culpa de las mujeres y el vino. Una fotografía en la revista Corazón TVE, que pertenece al ente público y se vende en la calle por un euro, desató una oleada de truculentas especulaciones sobre el deterioro físico y financiero del célebre Arola.

La publicación titulaba en primera plana "Sergi Arola arruinado" con el adosado de la etiqueta "exclusiva" en negro sobre amarillo. Todo ello ilustrado con la imagen de un hombre desgreñado, ojeroso y astroso. La captura se produjo el 7 de enero, cuando el cocinero acudía a una clínica. "Notaba un cosquilleo en la mano izquierda, tengo 49 años, vivo estresado y dije, mira, estoy solo en casa, lo mejor es ir al médico", ha declarado el protagonista de la semana. Respecto a su situación económica, es público y notorio que se embarcó en grandes inversiones en 2007, justo antes de que pincharan la burbuja inmobiliaria y la de la cocina molecular.

En la cresta de la crisis, año 13, a Arola le practicaron una inspección de Hacienda consistente en mandarle una brigadilla de hombres de negro al extinto Gastro (dos estrellas) en pleno servicio del mediodía. Por aquel entonces debía 148.000 euros a Hacienda y 160.000 a la Seguridad Social. Los funcionarios precintaron la bodega, la coctelería y la mesa del chef mientras a los estupefactos comensales se les atragantaba la ensalada de algas con cocochas de pez globo.

De entonces a ahora, Arola se divorció de su esposa y socia, perdió todos sus restaurantes, la vivienda habitual, el crédito financiero y las ínfulas que le atribuía la crítica. La ruina, pues, no le sobrevino ayer y tampoco se puede decir que esté acabado. Asesora a un lujoso hotel en Sintra, firma la carta del Arts de Barcelona y es popular en Chile como jurado del masterchef local. No será para tirar cohetes después de haber manejado catorce establecimientos en propiedad, pero tampoco como para preparar el obituario de un tipo que en su momento fue tan telegénico como Chicote o David Muñoz, el cocinero maridado con Cristina Pedroche.

Los problemas de Arola podrían haber sido como los de Sébastien Bras, quien abrumado por la presión de la guía Michelín renunció a las tres estrellas para no acabar como Benoît Voiler o Bernard Loiseau. cuya viuda recuerda amargamente un texto de Le Figaro en el que se afirmaba que el infortunado podía sentirse "legítimamente amenazado" ante la posibilidad de perder una estrella. "No entendía lo de 'legítimamente'. Fue a partir de entonces que su comportamiento empezó a cambiar", afirmó Dominique Loiseau en 2013, cuando se cumplían diez años del traspaso. Es fama que el personaje de Anton Ego, el crítico de Ratatouille, está basado en François Simon, el autor de la fatídica nota.

A diferencia de España, la crítica gastronómica en Francia es una cosa seria que no consiste en comer gratis. Hay especialistas pagados, profesionales que cobran por dedicarse sólo a eso en vez de periodistas en sus ratos libres o cuadrillas de directivos. 

El caso es que los males de Arola son otros y algunos inevitables, como envejecer. Se ha escrito sobre sus problemas con las mujeres con muy mala tinta. Ha sido pareja de la modelo y actriz Silvia Fominaya, con quien mantiene una magnífica amistad. Este viernes asistió en su compañía al estreno del musical Forever Jackson y aprovechó para aclarar que mientras tenga manos no estará más arruinado de lo que ya está y que lo de Silvia, la "mujer de su vida" allí presente, "ojalá algún día sea más que una amistad". Ese es el problema, no lo que se infiere de la expresión “problemas con las mujeres”. En cuanto a lo concreto, desmintió que no tuviera ni para pagarse un menú o que fuera dando tumbos de casa en casa de amigos y se quejó, no sin razón, de la prensa.

Pero a mayor abundamiento, Arola no sólo sufrió un escarnio público por parte de Hacienda. ¿Alguien se imagina a una delegación de inspectores fiscales parando un entrenamiento del Barça o el Real Madrid o un partido de fútbol? En cambio a él y por 300.000 euros le cerraron la mitad de su negocio estrella. Y ahora, hace ya cuatro años de aquello, una revista que paga el pueblo, que depende de Radio Televisión Española, el medio público y oficial que se sufraga con el sudor de la frente de los contribuyentes, le arrea una leche en portada por la cara, por la mala cara que tenía un domingo por la tarde.

O se trata de una ingeniosa operación de reflote y en menos de un mes está Arola de jurado de Masterchef en La 1 como reverso oscuro del bello Jordi Cruz o alguien debería explicar las razones por las que un medio público sirve en bandeja su cabeza para que el resto de la jauría se encarnice con la reputación de un ciudadano cuyo gran delito parece consistir en haber tenido mejores tardes de domingo. Cualquier cosa es posible y como no hay mal que por bien no venga, lo mismo a Arola no le perjudica (más) salir en la prensa rosa, sino todo lo contrario. En una cosa tiene razón. Trescientos mil euros era una deuda demasiado pequeña. Si hubieran sido 3.000 millones lo mismo podría haberse acogido a un rescate.