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Acoso sexual, piropos y ser peatón en Madrid

En el clima mediterráneo, a quien denuncia una actitud sexual improcedente se le cree poco o se cree que la culpa es suya. Carmena inventa las calles peatonales de un solo sentido

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La oleada de denuncias por comportamientos indecentes que asuelan los Estados Unidos y la Gran Bretaña no ha irrumpido en España. A lo que se ve, nuestros productores, actores, presentadores, políticos y empresarios están limpios. No hay acusaciones contra Jorge Javier ni contra Cárdenas. Sólo de Motos se dice que es un rijoso y Juan y Medio ha salido bien parado del intento de cortarle la falda a una compañera o algo parecido que él mismo todavía no se explica. Por no haber es que no hay ni un solo político al que se impute un punto de obscenidad, un gesto lascivo, una mirada marrana o una mano en rodilla ajena.

¿Hay motivos para estar orgullosos? Cabe la posibilidad de que la vida pública española haya superado el medieval derecho de pernada, tesis contra la que opera el tópico del país anclado en el piropo de andamio que propende a justificar que un ciudadano se sopese los dídimos mientras babea un “tía buena”. La otra opción, más plausible, es que las personas que sufren ese tipo de conductas por parte de superiores jerárquicos que hacen valer estatus, posición y cartera prefieren evitarse el bochorno de que se les crea poco o que se crea que la culpa es suya por tener esas piernas tan largas o esa carita de ángel.

Admisión de culpa

Ahora mismo y en Hollywood, quien denuncia una agresión sexual, remota o reciente, es considerado una víctima. Ayuda el hecho de que los señalados, lejos de negar la mayor, reconocen la culpa, circunstancia que no es nada usual en el clima mediterráneo.

Más allá de las tendencias globales, Barcelona se hunde y Cataluña se extingue, pero podría ser peor. La gente no se cree que la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, haya inventado las calles peatonales de sentido único, pero es un hecho cierto. No hay nada de exageración o leyenda urbana en el bando que decreta que los viandantes de las calles del entorno de la Puerta del Sol sólo podrán caminar en una dirección, en sentido único, hacia abajo o hacia arriba según sea Preciados o del Carmen, entre otras, la corredera.

Este mismo viernes pasado ha entrado en vigor tan marciana medida sin que el pueblo de Madrid se haya amotinado como cuando Esquilache prohibió las capas y los sombreros de ala ancha. Es más, ni los comerciantes se quejan y los caminantes de piñón fijo prefieren que esté prohibido nadar a contracorriente.

No se tiene conocimiento en todo el mundo de semejante prohibición, ni siquiera en Pyongyang y no es cierto que la alcaldesa Colau pondere adaptar el sistema Carmena a las Ramblas, que según el infundio serían de bajada por la mañana y de subida a partir del mediodía. Tampoco se sabe a ciencia cierta a santo de qué quiere Carmena controlar los flujos peatonales, más allá de experimentar en el campo de las distopías para determinar hasta qué punto está el madrileño medio dispuesto a que le tomen el pelo.

Deambular ciudadano

Sea como fuere el hecho diferencial peatonal de la capital del Reino, en Cataluña no se discute, de momento, el derecho a deambular del ciudadano que se desplaza por sus propios medios físicos, a girar sobre sus pasos, cambiar de dirección, dar media vuelta o una entera esté la calle como esté. Y por razones de sobra conocidas ha caído el número de turistas y se han enfriado los impulsos consumistas, lo que facilita sobremanera el ejercicio de proyectarse sobre las suelas. Que dure.