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Escombros y restos de uralita en el Turó de la Rovira en una imagen de noviembre / CG

Turó de la Rovira, un pulmón verde con amianto

Las intervenciones del Ayuntamiento de Barcelona no han bastado para erradicar los restos de uralita procedentes de las antiguas barracas, con los riesgos que ello supone

09.12.2018 00:00 h.
11 min

El derribo de los núcleos barraquistas del Turó de la Rovira antes de los Juegos Olímpicos de 1992 dejó una herencia envenenada para sus vecinos. La desaparición de las viejas e insalubres viviendas que se arracimaban en esta céntrica montaña del distrito barcelonés de Horta-Guinardó dieron paso con los años a la recuperación de la zona como parque y área de ocio. Pero entre los escombros hechos añicos que quedaron, todavía hoy, se encuentran multitud de restos de fibrocemento de pequeño tamaño, procedentes de los tejados de uralita, cañerías y conducciones que en su día no se recogieron como es debido.

La presencia de este peligroso material contaminante, que en su día se fabricó mezclando cemento y amianto, se aprecia aún hoy entre la vegetación y desperdigado por diversas zonas de la montaña. Y, tres décadas después, continúa suponiendo una amenaza potencial para la salud de los vecinos y de los centenares de personas que transitan cada día por la zona. Una área en la que, a escasos metros de distancia, se encuentran además bloques de viviendas, parques infantiles, una escuela, una pista deportiva al aire libre, varios geriátricos y los célebres búnkers del Carmelo, uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad.

Antiguas barracas del Turó de la Rovira / TOTBARCELONA

Antiguas barracas del Turó de la Rovira / TOTBARCELONA

Un problema sin resolver

En todo este tiempo, ninguna administración ha sido capaz de solucionar el problema. Y las recientes intervenciones realizadas por el Ayuntamiento de Barcelona a lo largo del último año tampoco han servido para erradicarlo. En 2017 y 2018, en tres fases, el consistorio asegura haber retirado toneladas de restos de fibrocemento con personal especializado en la recogida de amianto, ha cubierto con malla e hidrosiembra varias áreas para confinar los trozos más difíciles de recoger y ha pavimentado los caminos donde su reducido tamaño hacía inviable la limpieza. Pero los restos de uralita continúan apareciendo. La erosión del terreno y los intensos episodios de lluvia de los últimos meses, como las caídas el pasado mes de septiembre –cuando afloraron numerosos restos por corrimientos de tierras--, evidenciaron que los peligrosos escombros persisten. Y, con ello, el riesgo de que se desprendan las microscópicas y potencialmente letales fibras de amianto.

El grupo Jubilados de Macosa-Alstom Afectados por el Amianto puso en alerta sobre el estado de la montaña denunciando su situación en febrero y en abril de 2017, y lleva tiempo reclamando soluciones, junto a vecinos de la zona. Miguel Moreno, uno de sus miembros más activos, reconoce que las últimas intervenciones municipales han mejorado la limpieza, sobre todo en los caminos que se han pavimentado, pues algunos estaban plagados de pequeños trozos de uralita. Pero advierte de que el problema perdura, porque “aún continúa quedando mucha”.

Restos de uralita detectados en la zona tras las lluvias del pasado mes de septiembre

Restos de uralita detectados tras las lluvias de septiembre

Obras y limitaciones presupuestarias

Moreno lamenta que, en una reunión mantenida con técnicos y responsables del distrito y expertos en amianto de Barcelona d'Infraestructures Municipals (Bimsa) el pasado 10 de octubre, éstos sostuvieran que su completa eliminación es “imposible”, al quedar muchos restos ocultos y en el subsuelo. 

Esa montaña está llena de porquería, de trozos de uralita y material de construcción. Alguna no se ve por la hierba, otra está incrustada en el suelo, o acaba saliendo con la erosión, como pasa cuando llueve. Lo lógico sería que hicieran una limpieza general. Pero eso debe hacerse con cuidado y conforme a la ley, porque es peligroso. No vale con echar sólo mallazo y tierra. Queremos un programa de limpieza a fondo, no parches”, reclama.

Desde Bimsa se aseguró entonces que se daban las obras por acabadas, que a partir de ahora se harán tareas de inspección y mantenimiento, y que se había optado por la mejor estrategia que permitía el presupuesto. 

Riesgos

Moreno avisa del peligro que supone la presencia de restos de fibrocemento en la zona. Los más pequeños, por ejemplo, son susceptibles de ser pisados. Y su rotura, o su erosión, desgaste y degradación puede desprender fibras de amianto al aire y causar daños en la salud. La inhalación de esas fibras, asegura citando a los médicos, “puede provocar un cáncer de pleura, pulmón esófago o laringe”, entre otros. O bien otras enfermedades como la asbestosis, tal y como se advierte también en la Guía del Amianto de la Asociación de Víctimas y Afectados por el Amianto de Cataluña (AVAAC).

El problema no es exclusivo del barrio ya que, según avisa, esas fibras pueden esparcirse por la ciudad a través del aire. Lo cual es “un peligro”, no sólo para quienes pasean o viven cerca de la zona, sino para toda Barcelona. “Sigue siendo una montaña contaminada, no se puede negar la realidad”, asegura. Y recuerda que más de 30 de sus antiguos compañeros de trabajo han fallecido en los últimos 15 años por culpa de su exposición al amianto en la fábrica de Macosa-Alstom, con sentencias judiciales reconocidas.

Preocupación

José Ramón Carme, residente en la zona y miembro de la Plataforma vecinal Can Baró, conoce de cerca la situación, puesto que ha explorado y mapeado los restos que ha ido detectando. Admite que la zona está más limpia --la recorrió el pasado 3 de diciembre--, pero sostiene que algunas de las intervenciones que se debían hacer, y contempladas en el plano de actuación del ayuntamiento, “no las han hecho”. Y que, fuera de ellas, también hay trozos de uralita, por ejemplo en algunos taludes o corrimientos de tierras donde se aprecia a simple vista. En su opinión, las tareas de recogida llevadas a cabo --la última que le consta fue el 30 y 31 de octubre-- no han sido lo suficientemente exhaustivas. Desde la asociación vecinal reclaman que se asignen más recursos e inversiones para arreglar el problema. Y algo muy importante: que el programa tenga continuidad.

En este sentido, Moreno teme que, si esto no se hace, “dentro de cinco meses, cuando lleguen las municipales, cambie el ayuntamiento y tengamos que volver a explicarlo todo de nuevo. Que sean conscientes del problema, y que lo dejen todo amarrado”.

Visita municipal

Este lunes 10 de diciembre, consejeros y representantes del Distrito de Horta-Guinardó, junto a técnicos, asociaciones de vecinos, jubilados de Macosa-Alstom y otras organizaciones del barrio, se reunirán para recorrer la zona y evaluar su estado actual. El ayuntamiento se ha comprometido a realizar inspecciones periódicas cada trimestre y después de las lluvias intensas para controlar si surgen nuevos trozos de fibrocemento y recogerlos con personal de empresas especializadas. Una solución insuficiente, en opinión de Moreno. "Y si en esos tres meses surgen nuevos restos, ¿qué pasa entre tanto? ¿Se quedan ahí?", se pregunta.

“Haremos un protocolo para tratar estas situaciones en todos los barrios. Esto se debe abordar en un plan estratégico, trabajando de forma integral junto a la Agencia de Salud de la Generalitat”, afirmó el consejero Pau González durante el Consell de Barri de Can Baró del pasado 21 de noviembre. Las próximas intervenciones se desarrollarán en el parque del Guinardó.

Los trabajos de limpieza de los últimos meses se desarrollaron en tres fases y tuvieron un coste de de 250.000 euros. Según fuentes municipales, en la primera de ellas, en octubre de 2017, se retiraron trozos de fibrocemento en las zonas más afectadas, unas cuatro toneladas de material; en la segunda, en abril de 2018, se actuó sobre los caminos, pavimentando algunos de ellos para confinar los restos que, por sus características y pequeño tamaño, ya no se podían recoger. Además, se retiraron tierras y materiales supuestamente contaminados, se repusieron tierras, y se cubrieron con malla e hidrosiembra varias zonas afectadas. La tercera fue entre octubre y noviembre de 2018 y se centró en la inspección y "retirada final" de fragmentos. Algo con lo que los vecinos no están conformes, pues consideran que la contaminación no se ha resuelto.

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