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Un grupo de niños juega con el gran danés que forma parte de la terapia animal / CG

Terapia animal para los ‘niños de la cola’

Educadores caninos y trabajadores sociales trabajan con menores toxicómanos de Barcelona y perros adiestrados

12.05.2017 00:00 h.
7 min

Hay quien todavía cree en los actos de fe. Como Maribel Vila, adiestradora de perros y fundadora de la asociación El Racó de Milú. Una vez al mes, la educadora canina se planta en la plaza del Pou de la Figuera, más conocida como la plaza del Forat de la Vergonya de Barcelona y, con ella, lleva siempre un grupo de unos diez perros capitaneados por voluntarios.

Trabajan para intentar establecer vínculos afectivos con los niños de la cola, menores que esnifan pegamento y deambulan por las calles de la capital catalana día y noche. Algunos pertenecen a familias desestructuradas; otros, pasan las largas jornadas laborales de sus padres enganchados a los tóxicos. Otros, ni siquiera tienen familia. Ni casa.

Educadores caninos y trabajadores sociales en plena terapia animal en la plaza del Pou de la Figuera / CG

Educadores caninos y trabajadores sociales en plena terapia animal en la plaza del Pou de la Figuera / CG

Encontrar una motivación

Maribel y su equipo llevan tres meses acudiendo a la plaza del barrio de Santa Caterina, en el distrito de Ciutat Vella, con el objetivo de encontrar una terapia alternativa a las habituales que motiven a estos menores y a otros en riesgo de exclusión social. “Un perro es una manera de llegar a ellos, les motiva y consigues trabajar aspectos sin que el chaval tenga la sensación de que estás trabajando”, explica a Crónica Global.

Para conseguirlo, le acompañan siempre perros de diferentes razas y tamaños, para evitar que los miedosos habituales pongan una cruz a la iniciativa con solo ver aparecer a los animales. Y lo cierto es que el acto de fe empieza con la llegada de Gran, un gran danés que acapara todas las miradas de los allí presentes en cuanto sus enormes patas se postran en la plaza. Se convierte en la estrella de la tarde, en el photocall de niños y adultos, y en un acto de valentía para los que, en cualquier otro entorno, hubieran salido corriendo y sin mirar atrás.

Gran, el gran danés que acaba convirtiéndose en la estrella de la actividad, en primer plano y un grupo de menores junto a un educador social detrás / CG

'Gran', el gran danés que acaba convirtiéndose en la estrella de la actividad, en primer plano y un grupo de menores junto a un educador social detrás / CG

Los voluntarios de El Racó de Milú van de la mano de los trabajadores sociales, que trabajan para romper las dinámicas habituales de la plaza y convertirla en una zona de ocio más confortable. Unas 15 personas de ambas entidades, en total, deciden adueñarse del Forat de la Vergonya y lucir sus perros, ávidos de participar en los circuitos de agility, transformando el clima radicalmente.

Aumentan la autoestima

Rápidamente, establecen una zona donde peinar a los canes; otra, donde darles sus particulares premios gastronómicos cuando los merezcan, y otra, donde hacerlos saltar o pasar por dentro de un túnel de tela. Un grupo de adolescentes que juega a fútbol continúa con su actividad, mirando de reojo a los animales, hasta que, poco a poco, va disolviéndose el equipo y sus integrantes se acercan a acariciarlos.

Un niño peina a uno de los perros de la terapia junto a una de las voluntarias / CG

Un niño peina a uno de los perros de la terapia junto a una de las voluntarias / CG

Los educadores se sorprenden. Incluso los chavales que normalmente tienen el papel de líder en aquella plaza, reacios en un principio a participar en la iniciativa, acaban rindiéndose a los encantos de alguno de los diez perros que se les acercan a husmear los bolsillos del pantalón.

“Los perros no te juzgan, no te piden explicaciones y muestran emociones, algo que muchos de estos niños reservan. Aumentan su autoestima”, explica Maribel. Aunque no siempre es fácil: cuando los chavales están bajo los efectos de la cola no reaccionan y la actividad es inútil.

 

Un menor participa en el circuito de 'agility' con uno de los perros de la terapia animal / CG

Vínculo afectivo

La plaza se convierte en otro escenario distinto durante las dos horas que pasan allí los animales. “Acabas conociendo a los padres de algunos de estos niños”, añade la adiestradora como un punto positivo a la terapia. Al menos, un par aparecen. “¡Ven a la plaza, hay una fiesta de perros!”, espeta uno de ellos a su interlocutor telefónico.

También los trabajadores sociales lo aplauden. “Nosotros somos invasivos, trabajamos a demanda de los jóvenes, y actividades como ésta nos ayudan a establecer un vínculo con ellos”, informa a este medio Ricard Montes, educador de calle de la citada fundación.

La interacción de los niños de la cola con los perros es tímida, al principio. La primera reacción es reírse del primer compañero que coge una correa y se pone a saltar con el animal. Luego, acaban peleándose por correr junto al perro más veloz o posando con el gran danés para la foto de la que al principio renegaban. Al final, llega la frase mágica: “Yo también tendré un perro y lo adiestraré”. Objetivo conseguido.

 

Un adolescente aprende a adiestrar a un perro / CG

El hecho de establecer un vínculo afectivo positivo ya es un éxito para los organizadores de la terapia. Aunque sea durante un par de horas al mes. El siguiente paso, para Maribel, sería crear un programa semanal con el que conseguir que un grupo de chavales, al menos los que nunca fallan, recuperasen hábitos de la vida cotidiana tan básicos como mantener una conversación o llevar un orden en su día a día.

Hay quien todavía cree en los actos de fe y consigue que los demás acaben creyendo también.

Un grupo de adolescentes, reacio a participar en la terapia animal, acaba formando parte de ella / CG

Un grupo de adolescentes, reacio a participar en la terapia animal, acaba formando parte de ella / CG