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Un persona sintecho duerme en un banco del centro de Barcelona / ELENA BURÉS

Sin techo en Barcelona: "¿No hay pisos para 1.239 personas?"

La Fundación Arrels alerta del incremento de jóvenes durmiendo al raso y de la vulnerabilidad de las mujeres sinhogar

6 min

1.239 personas duermen al raso en Barcelona, según los datos de la Fundación Arrels. Un 80% más que hace una década. De ellos, el 13% tienen entre 16 y 25 años. En su mayoría, menores que llegaron de países como Marruecos y que, tras estar en centros tutelados por la administración, se han quedado desamparados, sin recursos, “ante una desprotección absoluta”, denuncia la entidad. Y es que, como se pregunta Gemma Gassó, educadora de su equipo de calle: “¿No hay pisos para 1.239 personas?”

Una persona sin hogar duerme en la calle / EFE
Una persona duerme en la calle / EFE

Esa cifra corresponde a la capital catalana, pero Gassó recuerda que en el caso de otros municipios catalanes pueden ser 40 las personas que necesitan un techo. “¿De verdad no podemos tener viviendas para ellos? Parece que es algo que no está en la agenda política”, lamenta. Desde la entidad subrayan que proporcionar una residencia permanente es la única solución. Recursos de emergencia, como el pabellón de Fira, durante la pandemia, no sirven tampoco para acoger a todos los que duermen al raso.

Alojamientos estables

Tal y como denuncia esta educadora, la red para personas sin hogar en Barcelona no está enfocada en revertir su situación de forma permanente con un alojamiento estable, sino a la supervivencia, cubriendo necesidades básicas como la alimentación y, además, es poco accesible por los requisitos que se exigen, como el de dejar fuera a las mascotas, que en muchas ocasiones son su única compañía.

Imagen de archivo de los objetos de una persona sin hogar en Barcelona / EP
Objetos de una persona sin hogar en Barcelona / EP

Otra realidad que sufre este colectivo invisible es el de las agresiones y su impunidad. “Es muy frecuente que nos expliquen situaciones de violencia. No son casos aislados, desde robos a agresiones”, señala. Algunos incluso duermen con gafas de sol para disuadir a sus posibles atacantes. Vivir al raso significa “estrés, miedo y tensión”, permanente, estar alerta las 24 horas.

Violencia en la calle

Las víctimas tampoco denuncian. “Existe cierta naturalización e impunidad de la violencia en la calle”, señala Gassó, quien lamenta que las propios afectados tienen una ausencia total de confianza en la justicia. “No piensan como nosotros, que si nos roban o agreden acudimos a comisaría y lo denunciamos. El sinhogarismo hace que te sientas excluido en todos los sentidos”, apunta.  Más grave es en el caso de las mujeres que viven en la calle --más de medio centenar en el caso de Barcelona--, a menudo víctimas de agresiones sexuales. Desde la entidad recuerdan el caso de una de ellas, quien les explicó que se había rapado el pelo para que la confundiesen con un hombre. Por ello reclaman recursos especializados con perspectiva de género que permitan que ellas también puedan dormir tranquilas.

También recuerda el de la víctima de una violación, de 42 años, que sí decidió denunciar. Arrels estuvo a su lado en todo el proceso judicial, en el que tuvo que enfrentarse a preguntas como si había bebido o consumido drogas. El supuesto agresor salió absuelto y ella se lo cruzaba cada día. “Pasó un infierno, con preguntas criminalizadoras y totalmente desprotegida”, cuenta Gemma.

Invisibles

Las agresiones no son la única forma de violencia. “Si acompañamos a una persona al médico, por ejemplo, muchas veces los sanitarios se dirigen a nosotros. La invisibilizan, y eso también afecta”, cuenta la educadora de Arrels, incluso más que un golpe. También la propia arquitectura de la ciudad, y el mobiliario urbano que se instala para expulsar a los sintecho. “Es criminalización”, censuran desde la entidad. Gemma recuerda el caso de un hombre que le explicó como los vecinos habían puesto harina y agua en la zona donde dormía. Lo que más molestó al afectado fue que nadie se hubiese dirigido a él para decírselo, y directamente le atacasen. “Me sentí como un animal”, recuerda que le dijo.

El 30% de las personas que duermen al raso en Barcelona llevan entre seis meses y tres años en la calle. Uno de cada diez, más de una década. “En seis meses ya se puede observar un gran deterioro de la salud emocional y psicológica”, explica Gemma. Por distritos, la media de edad de los atendidos en el Eixample es de 43 años; Ciutat Vella es que el cuenta con más personas de países comunitarios, mientras que en Sants-Montjüic es donde más tiempo llevan sin un techo, una media de cuatro años, y en Sant-Martí se concentran los de mayor vulnerabilidad.

La vivienda es la única solución

El reclamo de la entidad es evidente: pisos para que estas 1.239 personas puedan abandonar la calle. Mientras estos no llegan, soluciones temporales. Pequeños espacios por toda la ciudad que permitan que "se sientan bien y cómodas". Pero la única manera de que puedan salir adelante es, subrayan, la vivienda.