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Una chica del colectivo de jóvenes ninis menores de 30 años espera ante una oficina de trabajo / EUROPA PRESS

La reivindicación de un sector de los ninis: “Ni estudiamos ni trabajamos, pero porque no podemos”

Bajo este término se suele englobar a toda la gente joven que ni estudia ni trabaja, pero este grupo esconde un sinfín de realidades

Jaume Cladera
9 min

El término nini se usa para referirse a todas aquellas personas menores de 30 años que ni estudian ni trabajan, sea por la razón que sea. Sin embargo, en esta definición hay que establecer un matiz. En ningún caso es lo mismo mantenerse inactivo por voluntad, que hacerlo por desgracia o eventualidad. Estos dos últimos subgrupos experimentaron un notable repunte durante el punto álgido de la primera ola de coronavirus.

El pasado, el número de personas menores de 30 que ni estudiaban ni trabajaban aumentó el 20,7% en relación al mismo mes del año anterior, una tendencia que se consolidó en julio, con un crecimiento de un 17%, según datos del programa de garantía juvenil. Las razones que les han llevado a esta situación son diversas y, en este sentido, interesa conocer cómo están viviendo la incertidumbre actual.

Precariedad y desempleo

Estos dos términos están estrechamente ligados, porque estar en el paro puede poner a la persona en una situación de precariedad, pero disponer de trabajo no excluye en ningún caso de tener que vivir de forma precaria. Muchos jóvenes llevan tiempo buscando oportunidades laborales, pero escasean y, cuando las encuentran, se sienten explotados o les ofrecen trabajos sin remunerar.

“Todo lo que encuentro, de primeras parece interesante, aplico a una oferta, pero cuando voy indagando un poco más, llega la sorpresa”, explica Luna, graduada en Comunicación Audiovisual de 23 años. Y añade: “O te piden que colabores a cambio de cantidades que rozan la ridiculez, o te pagan, pero tienes que financiarte los materiales para hacer el trabajo, con lo que, al final, pierdes dinero”. Todo en un contexto en el que en el segundo trimestre de 2020, la tasa de paro entre los menores de 25 años rozó el 40%, según datos de la EPA.

“No soy un nini”

En una situación similar se encuentra Nico, de 26 años, graduado en Biología, que terminó sus estudios hace dos años, y justo en el inicio de la pandemia se quedó en el paro. “Es muy desesperante. Si te digo que he mandado 300 currículums no me alejaría mucho, pero es que nadie contesta, ni un mísero ‘recibido’”, relata.

En relación a las estadísticas que meten a toda la gente joven que ni estudia ni trabaja en un mismo saco, opina que “es una vergüenza”. “Yo nunca he parado de hacer cosas, estudié una carrera, hice un máster, y encontré trabajo. No soy un nini”, se queja. Y puntualiza: “Peor estoy yo, que ahora no tengo nada que hacer. Es una vergüenza que se me incluya en un término que como norma general hace referencia a jóvenes que, en definitiva, no dan un palo al agua”.

Un porvenir grisáceo

Los jóvenes consultados comparten la reflexión de que ellos, para algunos, “son de usar y tirar”, explica Luna. En este contexto, muchos llegan a desconfiar de los empresarios, porque “cuando te contratan te preguntas por qué lo hacen, o si tienen algo que ganar ellos, más allá de tu trabajo”, relata.

El panorama se presenta complicado, con una tasa de paro situada en el 16,2%, según datos de la EPA, y con un desempleo juvenil desbocado. En este contexto, a los jóvenes les queda esperar a que la situación mejore, y a que la inversión que han hecho en su formación repercuta en un futuro laboral estable y adecuado.

A la espera de la vacuna

“Soy plenamente consciente de que la situación es muy complicada y, sinceramente, no creo que encuentre trabajo de aquí a final de año”, apunta Nico. “Mientras tanto, he tenido que volver a casa de mis padres, y para mí esto es un paso atrás del que me costará resarcirme”.

Por su parte, Luna es más optimista, y espera que, con la llegada de las vacunas, de verdad podamos volver a la normalidad, y las empresas vuelvan a contratar, los jóvenes que quieran puedan trabajar, y los que deseen estudiar, se puedan pagar la universidad, detalla.

Los verdaderos ninis

En los países que conforman la Unión Europea, el término nini incluye a todas las personas de entre 15 y 39 años que no tienen ocupación, están solteros, no estudian, no buscan trabajo y, lo más importante, no se están formando para poder encontrar una buena posición laboral. Sin embargo, dentro de esta definición hay toda una variedad de realidades que van mucho más allá de una lista de características.

La concepción que en España se tiene de los ninis “es errónea, y surgió a principios de la crisis de 2008, cuando se vendió la idea de que este colectivo estaba integrado por gente joven que quería vivir la vida padre a costa de sus progenitores”, explica Jorge Benedicto, catedrático de Sociología de la Uned.

Hay ninis y ninis

Los ninis representan un porcentaje muy pequeño del total de jóvenes de entre 16 y 29 años: el 3,7% de este colectivo, en datos de Eurostat. Dentro de este grupo de personas hay historias muy diversas y que, por tanto, hacen difícil englobarlas bajo un mismo término.

“Hay casos en los que son personas que tienen problemas de adaptación al entorno profesional y socioeducativo, o alguna discapacidad que les impide estar en activo”, expone. Y añade que, “muchas veces, tienes la intuición de que tras ellos hay problemas familiares o de integración social”.

¿Posible origen psicológico?

En este sentido, en la actualidad se siguen dando casos, sobre todo entre mujeres, de “chicas que estudian, pero llega un punto en el que deben dejarlo, porque tienen que hacerse cargo de alguna situación familiar, detalla el catedrático. En este caso, “a estas muchachas se las considera ninis, pero no lo son, ya que hacen un trabajo, que si bien no es productivo, las mantiene ocupadas”, sentencia.

Dentro de las personas que ni estudian ni trabajan hay un subgrupo de ellas que no lo hacen porque no quieren, debido a que su posición les permite vivir de sus padres sin necesidad de trabajar o de formarse. En relación a este colectivo, “debe establecerse una relación entre la existencia de una patología mental, y el hecho de que de cada vez creamos jóvenes más vulnerables y con problemas de tolerancia al esfuerzo y a la frustración”, detalla Anna Claret, psicóloga infantil y juvenil. En este sentido, lo que marca la diferencia entre una realidad y otra “es la actitud, la voluntad de querer hacer algo, o por el contrario, de quedarse a verlas venir”, sentencia.