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La periodista Pilar Cebrián, autora de 'El infiel que habita en mí' (Ed. Ariel, 2021) / JESÚS UMBRÍA

Pilar Cebrián: "La guerra contra el terror es cortoplacista y por eso la yihad siempre vuelve"

La periodista publica 'El infiel que habita en mí', donde entrevista a seis yihadistas europeos, presos en cárceles de Siria e Irak

17 min
El infiel que habita en mí
 

Es de las pocas periodistas que han accedido a cárceles de Siria e Irak para entrevistar a yihadistas presos. Campos de prisioneros a los que, en muchas ocasiones, ni si quiera los familiares pueden acceder. Ahora Pilar Cebrián ha recopilado esas conversaciones en El infiel que habita en mí (Ed. Ariel, 2021), un libro que recoge los motivos que llevaron a varios europeos, como la española Yolanda Martínez, a convertirse en militantes del grupo terrorista Dáesh. Tras obtener la Beca Leonardo del BBVA, ha dedicado un año y medio a escuchar a seis presos e indagar en sus historias. También aborda el espinoso asunto de su retorno, mientras permanecen en un limbo alegal, y apunta: “Las políticas de la guerra contra el terror son cortoplacistas, por eso la yihad siempre vuelve”.

—Pregunta: ¿Cómo consigue que los prisioneros hablen?

—Respuesta: Están aislados y atemorizados. Les someten a un proceso judicial en el que la pena de muerte es una de las principales condenas. Tener la oportunidad de hablar con una periodista occidental, del entorno que ellos supuestamente conocen, es una vía para tener información de lo que sucede fuera y también para trasladar algún mensaje a sus familias y, en definitiva, explicarse; ellos creen que tienen una explicación.

—Describe la radicalización de los yihadistas a golpe de tuit: de forma rápida y superficial.

—Internet ha jugado un papel fundamental porque ha cautivado a gente más joven de lo que fueron otros escenarios de yihad, y más rápido. Es también parte de esa globalización que el frente bélico era muy accesible, a través de un país tan fácil de visitar como Turquía.

—No leen el Corán, tampoco acuden a la mezquita, pero al llegar allí, cumplen con todos los preceptos.

—Hay convencimiento, pero no formación. Es un convencimiento superficial. Pero da igual si ellos iban [a Siria] y no les gustaba [lo que encontraban], porque ya no se podían ir. Han sido rehenes de la organización, porque marcharse del califato estaba penado con la ejecución.

—¿También son 'víctimas'?

—Todos son responsables de lo que han hecho. Hasta las mujeres de muchos de ellos. Muchas dicen "yo fui de viaje con mi marido y mis hijos a Turquía y, de repente, él me puso frente a la alambrada y me dijo: 'Vamos a entrar al califato de Dáesh'". Creo que todo el mundo era plenamente consciente de que se iba al recién fundado califato de un grupo terrorista. Que supieran con certitud a qué se enfrentaban, lo dudo.

—Entre los seis presos europeos que ha entrevistado, ¿la falta de esperanza es el elemento común que les llevó a unirse a Dáesh?

—Creo que todo el mundo que cae en las garras del terrorismo yihadista se encuentra en un momento de cierta vulnerabilidad en su vida. Nadie se mete en el EI (Estado Islámico) si su vida funciona con éxito. Es muy curioso, además, porque la radicalización les empodera, les estabiliza… les hace sentir bien.

—¿Qué tipo de vulnerabilidad?

—Los distintos perfiles son de alguien que tiene un problema familiar; o que está sufriendo por una cuestión identitaria, o de discriminación en su barrio, o aquel que se siente el fracasado de la familia y de repente hay un combatiente que le presta atención. A todos ellos, la radicalización les da dignidad, una causa —que para ellos es noble— por la que vivir, y lo ven como una segunda oportunidad.

—Suena a secta.

—Hay elementos comunes, pero es muy diferente, yo evito la comparación.

—Dieciséis gobiernos europeos firmaron un acuerdo para impedir el retorno de los yihadistas, y mientras tanto permanecen en lo que describe como “los centros de internamiento más siniestros de nuestra era”, en una provincia alegal kurda.

—Esta es una de las distopías más espeluznantes de la actualidad: los campamentos de prisioneros yihadistas. Un apaño que sirve para la comunidad internacional y que los políticos no tengan que afrontar una repatriación tan impopular y que alentaría a la extrema derecha. Esa es la principal razón por la que no se lleva a cabo, por cuestiones políticas.

—¿Y el riesgo a atentados en Occidente?

—Es otro de los motivos, pero al final la cifra de presos es muy baja. Excepto en Francia, que son unos 400, y de ellos 300 son niños. En el caso de España serían unos 40 —retornados—. Entonces… creo que nuestro Código Penal y tribunales están preparados para hacer frente a algo así.

—¿Se puede alegar que los menores sean un riesgo para la seguridad nacional?

—Hubo un fiscal de París que sugirió que los “niños eran bombas de relojería”, en el sentido de que estos menores han presenciado o escuchado cosas que van a afectar a su desarrollo y que se podría materializar en un terrorista futuro, pero yo estoy en contra de eso.

—Sería como alegar que el hijo de un maltratador es un agresor en potencia.

—Obviamente se han cometido atrocidades: ejecuciones públicas y ha habido esclavas sexuales, pero, al final, lo que dicen algunos psicólogos [galos] que tratan a niños retornados es que se enfrentan a una serie de traumas: el primero, al irse de Francia a Siria porque dejaron de ver a sus amigos y a sus abuelos; otro al morir su padre combatiendo en Siria, uno más cuando se llevan a sus madres del campamento. Es una emergencia que se les repatríe a Europa: son ciudadanos de pleno derecho, que necesitan ponerse al día en cuanto a escolarización porque llevan dos o tres años en estos campamentos, en el entorno menos deseable para un niño.

—Cuenta que a veces son las propias madres quienes se niegan a dejarlos marchar, y exigen volver con ellos como condición.

—Aunque a veces se hacen intentos —ahora hay una delegación de eurodiputados franceses en los campamentos de Siria, hablando con las fuerzas locales para gestionar la repatriación de los niños—, luego las madres dicen "sí, pero llevadme a mí con él", porque todas quieren volver a Europa. Pero al niño no se le puede separar de la progenitora sin su consentimiento.

—¿Egoísmo?

—Al final es difícil entender lo que han vivido, el grado de trauma que llevan. Son mujeres que lo han dejado todo para someterse a una autoridad violenta, misógina, en un país en guerra, y se han llevado a sus hijos.

—La propaganda fue vital para su captación.

—La captación es multiplataforma. Diría que las redes [sociales] han acelerado el proceso, pero no solamente algo que han visto en las redes. Comenzaron viendo unos vídeos de masacres de la población suní en Siria que les conmocionaron —ataques químicos en Guta—, pero luego la maquinaria de propaganda supo inculcar en quienes los veían que identificasen esa guerra como propia: ese eslogan de EI de el mundo contra los musulmanes.

—¿Qué viene después?

—Es una cuestión personal, hay muchos factores. En sí la comunicación se estableció por las redes. Era una comunidad que estaba en permanente contacto en las salas de Paltalk o grupos de Facebook, en los que se empieza hablando de una cuestión religiosa y determinados reclutadores seleccionan los perfiles mas activos y transgresores, o con más carisma, para incluirlos en grupos más cerrados en los que ya se habla de la organización, del desplazamiento a Siria, de armamento y de violencia.

—¿Cuándo se detecta?

—Pilla un poco a la comunidad europea desprevenida. Estos perfiles operaban en abierto y en las redes había centenares de reclutadores, yihadistas en potencia. Luego, Turquía era un país bisagra entre Europa y un califato de un estado yihadista y también entraban y salían. No es hasta 2014, cuando comienzan los atentados en Europa, con el ataque contra el museo judío en Bruselas, cuando Europa empieza a controlar un poco más el fenómeno del combatiente terrorista extranjero.

—El EI destinó mucha inversión a su propaganda, pero narra que muchos de los yihadistas acabaron en condiciones de extrema necesidad.

—Fue cambiando. Los primeros años operaban con mucha libertad; entraban y salían [del califato], y la organización proporcionaba salarios más altos a los muhayirun —inmigrantes del EI—, pero cuando empieza a haber atentados en Europa y los mandatarios piden a Turquía que cierre la puerta, y se establece la coalición internacional que empieza a bombardear al EI las condiciones de vida empiezan a empeorar.

—Bilal, uno de los yihadistas presos, está condenado a muerte en Irak pese a que nunca había pisado su territorio.

—Esto es por la indecisión de la comunidad internacional de cómo cerrar este conflicto sin tener que repatriar a los yihadistas. Europa ha confiado en Siria e Irak, sobre todo en Irak, porque puede dictar sentencias contra ellos y que cumplan allí la pena, pero muchos nunca habían entrado allí. El caso de Bilal está en manos de Naciones Unidas, que presiona al Gobierno belga para que lo repatrie, si no será ejecutado en base a una acusación ilegal.

—El juez alega que puede juzgar a Bilal o a cualquier otro integrante de EI porque es una organización que ha 'destrozado' ese país en concreto.

—Ellos hablan de una jurisdicción universal, Irak debería adaptar su justicia a este tipo de ordenamiento, no de una manera tan chapucera decir "queremos juzgar a yihadistas de EI", torturándoles y haciéndoles firmar confesiones que no han hecho.

—¿Cuál es la situación de sus familias?

—El padre de Bilal ha ido una vez a Bagdad, pero no ha conseguido visitarle en prisión. Ha intentado ir otra vez más, pero por la pandemia tampoco ha logrado los contactos necesarios para visitarle. Las familias hacen lo que pueden, que es trasladar el caso a Naciones Unidas o a periodistas, pero no logran demasiado porque el terrorista yihadista no genera ninguna empatía en el público. Los padres forman asociaciones minoritarias que también tienen un estigma y todo el mundo les da la espalda.

—Se sigue exigiendo el cierre de Guantánamo, pero la historia se repite.

—Las políticas de la guerra contra el terror siempre son cortoplacistas, y por eso al final la yihad siempre vuelve. Es una evolución cíclica, y como nunca se plantean bien las políticas antiterroristas, al final siempre vuelve.

—¿Cómo?

—La radicalización yihadista es un tema mutidisciplinar al que hay que dedicar muchos recursos. Todavía no se ha acabado de comprender cómo o cuáles pueden ser los programas de desradicalización eficaces, y los políticos han tirado la toalla. En el sentido de que los que se fueron al califato, a los que se les presupone una radicalización sin precedentes, porque han formado parte de un estado yihadista, algo que no se había visto en la historia, pues vamos a hacer todo lo posible para que estén cuanto más lejos de casa mejor.

—Son ciudadanos de occidente. Españoles, franceses, belgas.

—Pero por ejemplo, Shamima Begum, británica que se fue al ISIS con 15 años y que apareció en uno de los campamentos de detenidos en marzo de 2019, y a los pocos días de aparecer en The Times, se le retiró la nacionalidad. Los tribunales británicos te dejan apelar esa decisión, pero es incongruente porque ella no lo puede hacer si está encerrada en un campamento de prisioneros de Siria. En su caso, el Tribunal Superior de Justicia acaba de determinar que no se le va a permitir regresar a territorio británico para apelar esta decisión, por el interés sobre la seguridad nacional que prima sobre el interés individual. Las familias están atadas de pies y manos y no pueden hacer nada.

—El sistema penitenciario europeo se basa en la reinserción.

—Hay dos bloques de opinión en Europa sobre este asunto, los contrarios y los favorables a la repatriación. Yo soy de los segundos, porque creo que un yihadista disperso en los focos de detención de Oriente Medio es lo mismo que un yihadista en libertad en casa, porque se están escapando de los campamentos de detención: hay fugas. Este periodo del califato supone una oportunidad única para Europa para cerrar este capítulo con una cuota de yihadistas numerosa, concentrados en un lugar. Los efectivos de inteligencia pueden averiguar sus motivaciones, qué ha ocurrido en el califato y nosotros debemos confiar en nuestro Código Penal y en nuestros regímenes penitenciarios de aislamiento. Lo que sucede es que es una cuestión política y que nadie se quiere arriesgar a retornar a alguna de estas personas y que dentro de unos años cometa un atentado.