La Palmira que ya no volveremos a ver

El Estado Islámico destruye uno de los vestigios más importantes de la Humanidad, símbolo en Oriente Medio de la convivencia de distintas culturas y civilizaciones

Pepa Roma (texto y fotos)
15.03.2017 00:00 h.
8 min

Ver el estado de ruina en el que ha quedado una de las mayores glorias arqueológicas de la Humanidad tras la segunda ocupación de la ciudad por el Estado Islámico me ha recordado y hecho rescatar de mi archivo de fotos una Palmira que ya no volveremos a ver.

Conocí Palmira en una visita a Siria en vísperas de la Guerra del Golfo, en diciembre de 1990, tras la invasión de Kuwait por Irak y en vísperas de la de este país por Estados Unidos y sus aliados. Una guerra que terminó con la caída de Saddam Hussein y el desmembramiento de Irak y en la que podemos encontrar el origen más directo de la creación del Estado Islámico y la actual guerra en Siria.

Una situación inimaginable

Por esos días Siria se sentía fuerte e inexpugnable y, aunque no podía aprobar la invasión de Irak, en una entrevista con el ministro de Defensa y hombre fuerte del régimen, Mustafa Tlass, éste echaba la culpa al líder iraquí de su inminente desastre. "Saddam no tiene salida. Todo el mundo está contra él", sin imaginar que aquella guerra no sólo no daría la hegemonía en Oriente Medio a Siria, sino que el propio régimen sirio habría seguido ya la suerte de su vecino de no ser por la ayuda de la Rusia de Putin.

Eran días de movimiento de tropas que salían de Siria en dirección a Arabia Saudí y de tensión política en Damasco. Llegar a Palmira fue como aterrizar en otro planeta. Siria era un país cerrado al turismo y apenas había visto alguna foto del lugar. Por ello, al ver emerger del desierto esas construcciones fabulosas de altísimas y esbeltas columnatas me pareció asistir a un espejismo, tener ante mi una ciudad más legendaria que real, como una Atlántida surgida del mar de arena.

Fuera del mundo

El silencio, el cielo extraordinariamente azul, la misma inmovilidad de las piedras, daban al lugar una atmósfera de paz y eternidad. Parecía un sitio fuera del mundo, a resguardo de las guerras, cuya sola presencia había sido hasta entonces capaz de imponer el respeto que se debe al legado dejado por los ancestros de tantas culturas.

Conocíamos la muerte y la crueldad de las guerras. Como reportera, yo misma había visto algo de ellas durante la visita al frente en una guerra anterior entre Irak e Irán, pero todavía no podíamos imaginar que en nombre de la religión la destrucción del legado cultural y espiritual de la Humanidad se convertiría en arma de guerra.

Espectáculo desolador 

El espectáculo con el que se han encontrado las tropas sirias y la población a su regreso a Palmira los últimos días es desolador. A los cuerpos de soldados sirios mutilados y torturados hasta la muerte abandonados en plena calle, se suma una ciudad histórica arrasada.

Gran parte de los edificios emblemáticos o más imponentes que habían permanecido en pie tras la primera ocupación de Palmira por el Daesh han sido dinamitados en los tres meses que ha durado su segunda ocupación. Entre ellos su imponente anfiteatro, el célebre Tetrápilo y la parte que quedaba del Arco del Triunfo.

Primera barbarie

Ya en su primera ocupación, entre mayo de 2015 y marzo de 2016, el Estado Islámico dinamitó los templos de Baalbek y de Baal Shamin, las famosas torres funerarias y parte del Arco de Triunfo junto a una impresionante columnata. Las milicias islamistas se dedicaron también a destruir con mazas las estatuas del museo arqueológico. Su imponente anfiteatro fue utilizado como escenario para la decapitación de Jaled Asaad, el curator o principal arqueólogo que velaba por el mantenimiento de Palmira y la ejecución de numerosos reos, tres de ellos volados junto con las columnas a las que fueron atados.

Palmira, cuyo nombre en arameo significa ciudad de palmeras datileras, fue fundada por el Imperio Romano en el año 41 antes de Cristo en el desierto sirio, hoy provincia de Homs. Entre 268 y 272 proclamó su separación del Imperio Romano para convertirse, con la reina Zenobia, en la capital del efímero Reino de Palmira --formado por las antiguas provincias romanas de Siria-Palestina, Egipto y zonas del sureste de Asia Menor-- antes de que el emperador Aureliano retomara el control de la zona en 273.

Ciudad oasis

Situada en la ruta de la seda, que desde el siglo I A.C. conectaba la ciudad china de Xian con la actual Estambul, la ciudad oasis fue durante siglos importante punto de encuentro y convivencia de sumerios, arameos, fenicios, griegos, persas y árabes, convirtiéndola en una de las más prósperas de Oriente Medio gracias al intercambio de perlas, sedas, incienso, especias y otras mercancías que traían los comerciantes.

Cada tribu tenía su propio santuario tradicional, dedicado a alguno de los más de 50 dioses que se veneraban en la ciudad, desde Bel a Isis. Los habitantes de Palmira “estaban orgullosos de haberse convertido en auténticos romanos, sin dejar por ello de ser fieles a sí mismos”, escribe el historiador francés Paul Veyne en su libro Palmira, un tesoro irreemplazable.

Patrimonio de la Humanidad

Palmira fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1980 e incluida en 2013 en la restringida relación de grandes bienes culturales a proteger y salvar. Se había hecho famosa en todo el mundo por su belleza, por la conservación de los monumentos arquitectónicos de diferentes épocas y la fusión de culturas antiguas que podía observarse en sus calles, reconstruidas por los arqueólogos.

Desde la destrucción de los Budas Gigantes de Afganistán por los talibanes no habíamos visto una pérdida como ésta.

Con Palmira no sólo desaparece el mayor tesoro arqueológico de Siria sino una parte importante de nuestra propia historia.

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