Menú Buscar
El expresidente del Barça Josep Lluís Núñez / FCB

Núñez, el hombre que comandó al Barça contra la voluntad de Jordi Pujol

Dirigió el club 22 años, entre 1978 y 2000, con temporadas de grandes éxitos y otras de mucha crispación

04.12.2018 00:00 h.
12 min

El cénit de la carrera de Josep Lluís Núñez tuvo lugar en 1989, cuando en la campaña a la presidencia del Barça derrotó a Xavier Cambra, exsenador por Convergència. La orden de conquistar al FC Barcelona venía del Palau de la Generalitat; Jordi Pujol en persona se lo encargó a Lluís Prenafeta, el secretario general plenipotenciario de aquella etapa. Las baterías de su campaña de comunicación estaban cargadas a tope, con fondos suficientes y apoyos de la sociedad civil instalada. Fue una campaña memorable en la que Núñez, enjaulado en una urna de cristal, ahuyentó el tirón nacionalista apelando al bajo vientre del barcelonismo frente al catalanismo político de las élites. El més que un club, creado por Narcís de Carreras, tras la final del Generalísimo, ganada frente al Real Madrid en el Bernabéu en el 1968, desapareció momentáneamente del imaginario colectivo. Núñez aparecía en escena escoltado por una legión de morenus, un grupo de ultras antecedente de los Boixos Nois del Gol Sur.

Y Núñez ganó; el futbolismo le ganó la batalla a la política; la sangre pudo más que la disciplina del partido hegemónico. El Barça entró en un paréntesis oscuro por falta de victorias deportivas (salvo las ridículas copas de ferias o la final de la Recopa en Berna) y despistes institucionales que pretendían subsanarse con advocaciones marianas, ante altares floreados. Pero al llegar el último tramo de su largo mandato, Núñez había aprendido la peculiar mezcla de ideología y deporte que significa el Barça. Llegó a ser creativo con el humor que le golpeaba al ser imitado por Manuel Fuentes, Carlos Latre o el genial Alfonso Arús; hasta el punto de imitarse a sí mismo. Reapareció el més que un club pero bajo la hegemonía del nacional futbolismo, con el Visca el Barça i visca Catalunya, una proclama concentracionaria y del todo innecesaria, que ha acabado calando incomprensiblemente en la piel de la afición. La diferencia entre la fineza de Carreras y la avidez del rey del tocho hizo la diferencia. Pero conviene decir que, una vez más, el absentismo de las élites había dado pie a la vindicación de la raza. Y aquel desliz abrió un paréntesis que todavía hoy pagamos los aficionados del Camp Nou en forma de “in-indé-independencià” en el minuto 17 con 14 segundos para recordar, sin aliño historicista de ninguna clase, el descalabro de la Barcelona austriacista, frente a Felipe de Anjou. La llaga.

Carlos Latre imita a Josep Lluís Núñez

Alfons Arús parodia a Josep Lluís Núñez

Durante los mejores años de Núñez, el país entró en el subidón olímpico del 92 y el patrón de la constructora Núñez y Navarro aprovechó para adquirir, a precios históricos, auténticas perlas de la Barcelona neogótica y modernista, como el edificio de Tabacos de Filipinas, en las Ramblas, o la Rotonda al pie del Tranvía Azul, en la avenida del Doctor Andreu. Ambos edificios, junto a piezas del novecientos como el Xalet de Gran Via, estaban llamadas a blanquear el negocio del ladrillo; iban dirigidas a la división hotelera, el segmento cool del grupo familiar del que se ha encargado el segundo hijo del constructor, el arquitecto Josep Maria Núñez. El primogénito, José Luis, siguió en la gestión los pasos del padre hasta que ambos fueron condenados a prisión por fraude a Hacienda. Un estallido que salpicó a la Delegación de la Agencia Tributaria en Cataluña y que acabó con los procesamientos de Josep María Huguet y otros altos cargos acusados de haberse dejado sobornar por Núñez.

El expresidente del Barça pasó por la vergüenza pública de una condena penal. Antes de pasar una larga temporada en la sombra, su mundo, hecho de esquinas acristaladas de dudoso gusto (sobre piedras históricas detraídas al Patrimonio) se derrumbó hacia dentro. Implosionó mientras el Barça vivía su época de esplendor, con presidentes como Joan Laporta o Sandro Rosell, letrado y doblemente atrabiliario, el primero; listillo el segundo, que dieron al club de fútbol la oportunidad del jogo bonito. Llegaron las copas de Europa —el déficit histórico del club— al cuidado de Pep Guardiola, con el sello de los Messi, Xavi e Iniesta, y todos bajo la larga sombre de Johan Cruyff.

Aquel mismo año de la victoria electoral frente a Xavier Cambra, Núñez vivió sus tensiones con Cruyff, que había vuelto al Barça en calidad de entrenador y que hizo del primer equipo el auténtico Dream Team. Núñez celebró envuelto en llanto –como era habitual- su primera Champions en el 92 y le traspasó para siempre a su amigo y vicepresidente, Nicolau Casaus —un abogado exmilitante de ERC, condenado y conmutado a la pena de muerte durante la Guerra Civil—, la ofrenda de los títulos ante las vírgenes catalanas, con más énfasis en la Señora de la Merced que en la Virgen morena del macizo de Montserrat, símbolo del nacionalismo.

El presidente fallecido ayer fue un apóstol de hipérboles imposibles, hasta el extremo de referirse al Barça como el club que “le dio nombre a su ciudad”, descartando de un plumazo a la populosa Barcino, que fondearon hace 2000 años los barcos de los Escipiones, procedentes del mar Tirreno. A este hombre nunca le cupo en el pecho otro amor que no fuera el del Barça, a excepción hecha, claro está, de su esposa, Maria Lluisa Navarro, hija de un constructor que entregó a su yerno el mando del negocio. Y a excepción también del dinero contante, por cuya querencia se vio entre rejas en 2015, primero en la cárcel de la Roca y poco después, tras alcanzar un tercer grado, tuvo que pasar las noches en el lúgubre penal de la Trinidad.   

Núñez fue durante 22 años presidente del Barca, el más longevo en el cargo. Llegó en los comicios de 1978, tras vencer a Ferran Ariño, un candidato muy popular, apoyado discretamente por el PSUC. Quiso la gloria desde el minuto uno. Había entendido mejor que nadie la democracia futbolística de las asambleas de compromisarios, un modelo corporativo  muy parecido al que tuvieron las cajas de ahorro. Ganó sin amor al sufragio y una vez en el cargo prolongó su mandato gracias al hábil manejo del plebiscito cada vez que un escollo insalvable se le ponía por delante. Fue un as en el arte del après moi le déluge; coronó la Masía, escuela del fútbol formativo; fichó a Maradona, pero vio su destino truncado en la histórica final de Sevilla, la segunda derrota fatal tras el fracaso de Ramallets, Kubala o Suárez o Kocsis en el medio siglo.

Su palco experimentó una transición lógica: los señores del textil, afines al catalanismo político de la época, como Agustí Montal, Vilaseca o Carrasco (hijo del democratacristiano fusilado Carrasco Formiguera, considerado el protomártir por Unió Democrática) iban cayéndose del estribo. En su lugar aparecieron el vicepresidente Joan Gaspart, Joan Ignasi Brugueras o el constructor Francesc Pulido, acompañado más tarde por Enric Reyna. También contó con fieles, como Josep Mussons, Nicolau Casaus, Josep Lluís Núñez Navarro (hijo), Fèlix Millet (el expresidente del Palau de la Música presidió la Fundación del FC Barcelona), Arcadi Calzada y Ramón Fusté. Un cambio de tercio muy sonoro respecto al mundo de los foros económicos, las patronales o las cámaras de comercio, que habían iniciado un europeísmo sin retorno.

Núñez fue una fiel expresión del retroceso a la burguesía del pasado. La foto fija del palco del Barça reflejó al segmento de la clase dirigente que pactó el Plan de Hoteles de la ciudad y los precios bajo mano del metro cuadrado por parte del cartel de la construcción. Convirtió en lonja las tardes de fútbol, en la zona noble del Camp Nou. Cuando, en 1978, el presidente fallecido llegó al club lo hizo bajo la sombra de su simpatía por la Alianza Popular de Manuel Fraga, que contaba en Cataluña con los apoyos explícitos de personajes como Gaspart, Eduardo Tarragona o Alfredo Molinas. Núñez vivió en el alambre del que pende el orden moral y social del pasado; fue un modelo de emprendedor paternalista, despegado de las ideas democrático-liberales y del salto tecnológico. Pero fue amado por la masa social; supo relanzar el mundo de las peñas barcelonistas esparcidas con acentos local y global; gangrena interior del holliganismo pero, al mismo tiempo, base sociológica tangible de la fiebre identitaria del deporte moderno, sesgado por las redes y los derechos de televisión.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información