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Vista de la Promenade des Anglais, en Niza / YOLANDA CARDO

Niza: arquitectura, museos y mucho encanto

El pasado 27 de julio la villa francesa pasó a engrosar la exclusiva lista de ciudades patrimonio de la Unesco; sus edificios, su historia y su sofisticado atractivo avalan este reconocimiento

8 min

El lujo y el glamur han eclipsado el valor arquitectónico y el encanto apabullante que invaden calles y avenidas de la capital de la Costa Azul, Niza. Si bien es cierto que las fabulosas fachadas de sus míticos hoteles y los ostentosos deportivos de marcas exclusivas, y precio desorbitado, son seña de identidad, también lo es que si traspasas este rutilante espejismo la ciudad obsequia un sorprendente espectáculo al alcance de todos que merece la pena descubrir.

Su esencia se agita, sin despeinarse, entre dos almas: una opulenta y elegante, la francesa; la otra, la italiana, pasional y festiva. Apenas 30 kilómetros la separan de sus vecinos italianos otrora ciudadanos nativos hasta su convulsa y controvertida anexión a Francia en 1860. Hoy su pasado compartido se respira en todas y cada una de sus flamantes avenidas y pintorescas calles.

El carismático 'front row'

En la últimas décadas del XVIII, esta franja mediterránea ya era un imán para los ingleses acaudalados que llegaban hasta aquí huyendo de los duros inviernos de su isla. Por aquel entonces, la galardonada Promenade apenas era un pedregoso camino de unos metros de ancho llamado Chemin des Anglais. Sin embargo, sería la reina Victoria de Inglaterra, que pasaba allí largas temporadas, la que convertiría el enclave en el destino vacacional predilecto de la aristocracia europea a finales del XIX y principios del XX. En la actualidad, a la Promenade des Anglais, su bulevar más emblemático, se asoman hermosas fachadas de hoteles y palacios como la del mítico Negresco (por el que han pasado Gracia de Mónaco, los Beatles, Elton John, Salvador Dalí, Isadora Duncan, Pablo Picasso, Marlene Dietrich…) y El Palais de la Méditerranée o Villa Masséna, una joya arquitectónica que acoge el museo Masséna con su valiosa colección de arte.

Todos los estilos arquitectónicos tienen cabida en esta populosa avenida de cerca de siete kilómetros de longitud: neoclásico, neoprovenzal, belle époque, art-déco, art-nouveau… donde esplendorosos edificios se asoman a esta privilegiada atalaya mediterránea. Desafortunadamente algunas joyas no han sobrevivido a las inclemencias de la historia. El Casino Fantome, un fastuoso casino de inspiración arabesca construido, literalmente, sobre las aguas de la bahía nizarda en 1882, sucumbió a la fiereza del ejército alemán durante la II Guerra Mundial.

Fachada del mítico hotel Le Negresco de Niza / YOLANDA CARDO
Fachada del mítico hotel Le Negresco de Niza / YOLANDA CARDO

Las bambalinas de la perla mediterránea

Pero tras esta ecléctica Garde du Corps arquitectónica, la metrópoli tiene mucho que ofrecer. Basta adentrarnos unos pasos, hacia la Cours Saleya, para cambiar de registro. Bienvenidos a la antesala de la Vieja Niza. El Mercado de las Flores despliega su colorida oferta de aromas y colores como una alegre pasarela hacia las anárquicas calles del casco antiguo. Restaurantes, cafés, pequeñas tiendas y talleres de artistas decoran sus estrechas vías y vibrantes plazas que atesoran además un notable patrimonio histórico como la catedral de Sainte-Réparate, la iglesia San Francisco de Paula y el Palais Lascaris, reconvertido en museo.

Este caótico callejero, donde habita la memoria más añeja de la ciudad, se cobija bajo la altiva Colina del Castillo. Un ascensor, ubicado en el conducto de un antiguo pozo, nos conduce hasta este excepcional mirador con impagables vistas. La finalidad defensiva del promontorio ahora es lugar de recreo con parques infantiles, una cascada artificial y un jardín botánico incluidos.

El puerto de Niza al atardecer / YOLANDA CARDO
El puerto de Niza al atardecer / YOLANDA CARDO

La plaza Masséna

De nuevo a pie de calle, donde la Cours Saleya cambia de nombre por el de rue de St Françoise de Paule, Niza vuelve a marcar el linde entre el encantador desorden del casco antiguo y la elegancia francesa de urbe cosmopolita. El edificio de la Ópera, obra de Françoise Aune discípulo de Eiffel, señala esta transformación y nos regala un exquisito viaje por instagrameables establecimientos como la Maison Auer, que lleva más de dos siglos deleitando el paladar, con sus chocolates y frutas confitadas, y los ojos con su maravillosa decoración Art Decó.

Desde aquí, pocos metros nos separan de la Promenade de Paillón, un refrescante parque lineal de 12 hectáreas perfecto para para un break, y de la espectacular plaza Masséna, que arranca con la Fuente del Sol para dar paso a las siete esculturas de Jaume Plensa a las puertas de las parisinas Galerías Lafayette y de la avenida comercial Jean Médecin.

Interior de la confitería, chocolatería Maison Auer / YOLANDA CARDO
Interior de la confitería, chocolatería Maison Auer / YOLANDA CARDO

Refugio de genios

Las bondades de su luz y de su clima no solo atrajeron a las gentes acaudaladas de la vieja Europa, además supuso un gran reclamo para los grandes artistas del siglo XX que sentían auténtica devoción por la Riviera Francesa.

Henri Matisse vivió en el famoso hotel Regina, el mismo que se construyó expresamente para alojar a la reina Victoria de Inglaterra en la colina de Cimiez. Es precisamente en este exclusivo entorno, en la histórica villa des Àrenes, donde se encuentra su museo. Un espacio que reúne numerosas obras y objetos personales del pintor en una colección íntima y excepcional. Durante estos días, y hasta el próximo 30 de septiembre, la exposición Pierre Matisse, un marchante de arte en Nueva York, reivindica la figura de su hijo Pierre en la defensa del arte moderno europeo en los EEUU.

Museo Marc Chagall / YOLANDA CARDO
Museo Marc Chagall / YOLANDA CARDO

Mismo emplazamiento para otro genio. El Museo Nacional Marc Chagall, creado aún en vida del artista, muestra en un espacio diáfano y luminoso las obras en gran formato del Mensaje Bíblico que el propio pintor donó a la ciudad. El jardín mediterráneo y la luz que envuelven el edificio nos advierte de por qué tantos y tantos creadores vivieron hasta sus últimos días en este cercano paraíso. Marc Chagall murió a los 97 años en la cercana localidad de Sant-Paul de Vence, allí descansa, bajo el cielo azul junto a su esposa Valentina.