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La entrada al Museo de Historia del Gulag, en Moscú.

El museo más olvidado de Moscú

La exposición recuerda la época de los campos de concentración en Rusia, los gulag, y hace autorcrítica del régimen

Rafael González
4 min

Hay entre los rusos que viven en Europa un sentimiento de que se ataca desde todos los frentes mediáticos a la Rusia de Putin. Todas las noticias son propaganda contra el país más grande del mundo, dicen. Allí, sin embargo, todo es pluralidad y democracia, claro. Pero resulta que la realidad es bien diferente.

No sólo es Rusia un país con una pobre libertad de prensa, con medios -con el imperio de RT a la cabeza de todos- teledirigidos por el régimen. Los aeropuertos de sus dos ciudades principales, San Petersburgo y Moscú, tienen la oscura fama de prescindir absolutamente de medios extranjeros en sus quioscos.

El museo de la autocrítica

Y pese a todo, entre tanto autobombo, queda una pizca de autocrítica en su capital. Se trata del Museo de Historia del Gulag, escondido en los mapas turísticos algo al norte de Moscú. Quizá su posicionamiento sea la razón de que, durante toda la mañana, el servidor que esto escribe sea el único visitante en el edificio. Algo que choca frontalmente con las imágenes que uno tiene de los campos de exterminio nazis de Alemania o Polonia, siempre a rebosar de turistas.

Sin embargo, su interior recuerda en cada segundo a los campos de concentración de Dachau o Auschwitz. El visitante, yo en este caso, se pregunta, sin obtener respuestas, qué es lo que hace que miles de personas sigan visitando cada día los campos de concentración y museos nazis y nadie se interese por museos como el del Gulag en Moscú, donde se exponen, entre otras cosas, cámaras reales de prisioneros con las medidas exactas del cuarto para que el turista burgués se haga una idea, eso sí, sin las temperaturas de Siberia.

Oficinas de coordinación

Hay una respuesta que sí viene rápida a la mente. El Museo del Gulag recuerda las torturas bajo el régimen comunista, una ideología totalitaria que, a diferencia de la fascista, no es completamente tabú en la sociedad occidental. De hecho, sigue siendo muy atractiva. Sigo avanzando entre vitrinas repletas de objetos sustraídos a los prisioneros (lazos, cadenas, lupas, muñecas, abrigos, zapatos) y llego a un gran muro con un mapa gigante de la actual Rusia que muestra diversos puntos rotos repartidos por todo el territorio.

Pregunto a uno de los cuatro empleados del museo si los puntos rojos son gulags. En un inglés muy malo, y apoyado por el traductor de Google, mi amigo me comenta que no son gulags, sino oficinas de coordinación de decenas de gulags, que se situaban, a modo de satélites, alrededor de dichas oficinas.

Sin visitantes

Entre mapas y cuadros, de vez en cuando hay carteles y textos informativos de todo tipo: purgas estalinistas en todas las esferas de la sociedad, incluídos los médicos; decepción entre la población rusa ante los abusos de los bolcheviques; número de prisioneros encarcelados cada año. Hay vídeos de ancianos que relatan sus horribles experiencias, pero en los bancos del cine no hay nadie sentado. En realidad, sigue sin haber nadie en el edificio, más que los cuatro encargados de la vigilancia, la mujer de la recepción y otra mujer más joven en la cafetería. Impresiona todo.

A la salida, tres frases estampadas e inacabadas en la pared: ''No pasará otra vez si...''. ''Para entender el pasado, hay que...''. Qué deberíamos hacer hoy para poder evitar que se repita mañana?''. Son preguntas que invitan a una misma respuesta: hay que visitar este museo, al menos una vez en la vida.