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Una científica analiza unas muestras en un laboratorio profesional / EFE

Los laboratorios más baratos

Algunos ‘biohackers’ o biólogos ‘caseros’ encuentran en esta práctica una oportunidad de negocio

5 min

No es necesario ser biólogo para acceder a un laboratorio. Solo ganas de aprender, internet y un Fab Lab o un DIYBio cerca. Estas abreviaturas esconden espacios en los que se encuentran biohackers, o lo que es lo mismo, personas que realizan experimentos científicos en casa, en un garaje o local cualquiera, e investigan temas relacionados con la biología y la química.

La filosofía del biohacking es que todos los que lo practican comparten sus hallazgos, creaciones y conocimientos en internet. El objetivo principal es llegar a saber por qué pasan determinadas cosas, entender el entorno. "Es como las cláusulas suelo: la gente no las entendía y por eso las firmaba; después, se quedaron atrapados", explica la biohacker y bióloga catalana Núria Conde.

Gastos mínimos

Existe una organización mundial de biohackers, el DYIBio.org –siglas del inglés do it yourself, 'hazlo tú mismo', y bio, de biología. Quienes desarrollan estas prácticas también se encuentran muchas veces en otros espacios, como los Fab Labs.

Las máquinas de laboratorio no están al alcance de cualquier particular, por lo que los practicantes optan por "entender cómo funcionan" y fabricárselas: "Es una forma de abaratar la ciencia", afirma Conde.

Los gastos van a cargo del interesado. Normalmente, las personas que quieren participar en alguno de los espacios dedicados al biohacking acuden con un proyecto concreto, que los DYIBio analizan y deciden si es viable. Barcelona tiene uno de estos colectivos desde hace dos años, del que Conde forma parte.

Formación

Los experimentos son variados: desde fermentar cerveza, pasando por aislar las bacterias de la piel y crear un microscopio, hasta crear un lote para hacerse exploraciones ginecológicas a una misma.  

El caso de los Fab Labs es distinto: tienen carácter formativo. En Barcelona, destaca el Green Fab Lab de Valldaura, donde la biohacker también trabaja, y que ofrece cursos que siguen la filosofía del biohacking. 

Cuando ya no es desinteresado  

Pero, en ocasiones, los descubrimientos van más allá de internet y se usan con fines comerciales. "Si un producto tiene éxito, puede convertirse en empresa; ya ha pasado", explica Conde. Aparte de este fenómeno, hay algunas compañías derivadas de un proyecto de biohacking que dejan atrás la filosofía de compartir abiertamente sus hallazgos. Por ejemplo, en Lapaillasse, basada en París, se investigó el uso de las tintas producidas con bacterias para los bolígrafos.

Las patentes son otra de las cuestiones que todavía están en construcción en el mundo del biohacking. La filosofía de compartir y revisar constantemente los experimentos no cuadra con la de registrar los inventos. "Se está trabajando en una licencia tipo creative-commons, una patente flexible que permite el uso de la tecnología creada sin ánimo de lucro; se habla del bio-commons", asegura Conde.

Sin regulaciones 

Otra de las tareas pendientes es el encaje con la regulación. Mientras que los laboratorios de hospitales y universidades requieren permisos y están sujetos a una normativa, la biología casera no se contempla en las leyes. "Si puede afectar a terceros y no ha pasado las regulaciones y controles pertinentes, puede desencadenar en problemas legales", asegura Margarida Boladeras, experta en bioética de la Universitat de Barcelona (UB).

Conde explica que algunos practicantes han llegado a implantarse imanes en los dedos, pero "se lo hacen ellos mismos". En EEUU, donde estas prácticas tienen más recorrido, el "FBI ha catalogado el riesgo como totalmente improbable", añade. Boladeras, sin embargo, avisa: "El peligro existe si no se cumplen los estándares de rigor adecuados".