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Madeleine Albright, la primera mujer que lideró la Diplomacia de EEUU / EP

In memoriam: Madeleine Albright, la abrumadora sencillez de la más poderosa del mundo

La primera mujer en ocupar la secretaría de Estado norteamericana conquistaba por su humildad y humanidad y nunca olvidó sus difíciles orígenes en la Europa de la II Guerra Mundial

9 min

El pasado miércoles falleció a los 84 años de edad Madeleine Albright, la primera mujer que ocupó el cargo de secretaria de Estado de EEUU. Una de esas personas capaz de superar obstáculos, de derribar muros que parecen infranqueables. Con las que basta tener la suerte de compartir apenas diez minutos, como quien firma, para darse cuenta de que se trata de alguien especial.

Nacida en la Checoslovaquia de los últimos años 30 del siglo XX, su infancia fue testigo directo del ascenso del nazismo, de la progresiva anexión de territorios por parte de las tropas de Hitler, incluidos los denominados Sudetes, situados en la frontera de su país de origen con Alemania y de los que tuvo que huir con su familia hacia la extinta Yugoslavia, donde su padre comenzó a ejercer como diplomático.

Contra fascistas y comunistas

Como ella solía recordar, durante los primeros años de su vida su familia fue expulsada en dos ocasiones de los lugares donde vivía: primero, por los fascistas; después, por los comunistas. De Belgrado, los Körbel (apellido familiar y de soltera de Albright) también tuvieron que salir precipitadamente hacia Reino Unido

Quizá por todo ello, Albright apreciaba ante todo la libertad y los valores democráticos que encontró en EEUU y que había respirado en los primeros años de su vida en aquella Checoslovaquia que, por entonces, era una especie de isla en el marasmo de ideologías extremistas en que se había convertido el Viejo Continente. 

La ONU, un primer paso

Su pasión por las labores diplomáticas venían de su padre, por el que siempre sintió una muy profunda admiración. Siempre aspiró a dedicarse a estas labores, pero jamás pensó que pudiera llegar tan alto. Ni siquiera, al paso intermedio de ser embajadora de EEUU ante la ONU, para la que fue propuesta en 1992 por el presidente Bill Clinton (que posteriormente le convertiría en la mujer más poderosa del mundo). 

Como recordaba Albright en su libro de memorias, “se saltó de golpe 25 años de éxitos continuados”. Pero lo más complicado no fue la elevación sino el aterrizaje, en un mundo eminentemente masculino en aquel momento, de muy difícil encaje para una madre de tres hijos.

Feminismo diplomático

En la actual época, en la que el feminismo, la lucha por la igualdad y el empoderamiento de las mujeres está en el primer plano, llama mucho la atención que Albright no haya sido un referente, que no haya estado en un primerísimo plano. Probablemente se debe a que llevó a cabo su lucha como era habitual en ella: con discreción, con diplomacia, sin hacer ruido, pero siempre dando pasos firmes y hacia adelante.

Albright era consciente de que en muchos lugares en los que aterrizaba como embajadora de EEUU ante la ONU era respetada sólo porque bajaba de un avión oficial con las letras “Estados Unidos de América” impresas en el fuselaje. Y nunca alzó la voz para quejarse en público. Pero siempre utilizó la palabra en privado para tratar de corregirlo. 

Buen recuerdo de España

Cuando Clinton le nombró secretaria de Estado y le convirtió así en la mujer más poderosa del mundo, nada cambió en el interior de Albright; siguió defendiendo los ideales de libertad y democracia que había aprendido en los primeros años de su vida y que reafirmó y forjó a lo largo de su carrera vital y profesional. Incluidos los peores momentos, como los que atravesó con su divorcio, cuando supo de forma tardía de sus orígenes judíos y de que tres de sus cuatro abuelos habían fallecido en campos de concentración

Madeleine Albright guardó siempre un buen recuerdo de España. Aquí se apuntó uno de sus primeros tantos como secretaria de Estado norteamericana en la célebre cumbre de la OTAN de 1997 en Madrid, en la que fue artífice de un histórico acuerdo para la ampliación de la Alianza y la articulación de las relaciones con EEUU en el entorno atlántico, manteniendo a la Rusia comandada por entonces por Boris Yeltsin a una distancia más que prudente.

La conexión con Javier Solana

A la antigua jefa de la diplomacia del país más poderoso del mundo, con mandatos y atribuciones que en ocasiones superan a las del mismísimo inquilino de la Casa Blanca, se le iluminaban los ojos cuando hablaba de Javier Solana, en aquel momento secretario general de la OTAN, anfitrión de aquel encuentro y para el que siempre tuvo palabras de cariño y admiración. 

Probablemente por todo aquello, Madrid fue uno de los lugares elegidos por Albright para presentar su libro de memorias, editado cuatro años después de abandonar la Secretaría de Estado y que es un documento imprescindible por entremezclar sin segregación posible el elemento humano y vital y el ámbito de las relaciones internacionales.

Dimensión humana

Aquel día, en un céntrico hotel madrileño en el que compartió protagonismo con el actor estadounidense David Carradine (que participaba en otra sala en la presentación de la secuela de la exitosa “Kill Bill”), Albright exhibió en un sencillo acto de apenas 45 minutos su humildad, su humanismo, la abrumadora sencillez, hasta el límite de lo posible, de alguien que había atesorado tanto poder no mucho tiempo atrás. 

Quien tanto tiempo compartió con jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo, quien estuvo presente con mando en plaza en reuniones en las que se decidía el futuro del planeta, reía y contestaba divertida las ocurrentes locuras del actor Santiago Urrialde, que por aquella época interpretaba una parodia de avezado reportero para el popular programa “Esta noche cruzamos el Mississippi”, que presentaba Pepe Navarro.

Especial 

Apurada, la presentadora del acto trataba de evitar que el cómico volviera a tomar la palabra e insistía en que había más participantes que querían preguntar, temerosa de que el acto se le fuera de las manos. A su lado, Albright asistía sin borrar la sonrisa de abuelita entrañable que solía lucir. Con ella, la escena estaba bajo control.

Las siempre malditas e inoportunas agendas impidieron a quien firma charlar más de diez minutos con Albright. Suficientes para saber que era alguien diferente; fue como hablar con un pariente al que hace tiempo que no se ve; fue hablar de asuntos diplomáticos de primer nivel pero sin dejar nunca el lado humano. Porque al final, se trata de personas.

Se ha ido alguien especial. Y, como suele ocurrir, sin que apenas lo hayamos aprovechado ni exprimido. Al menos, dejó su legado en textos como sus memorias, de lectura absolutamente recomendable, tanto para los apasionados de las relaciones internacionales como de la condición humana.