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Sopreprotección o hiperpaternidad con los niños: un padre presta atención a su hijo / SAVE THE CHILDREN

"La sobreprotección infantil es desprotección"

Una periodista y una psicóloga advierten del peligro de que los padres trasladen sus miedos a los hijos y les impidan evolucionar y disfrutar de la vida

14 min

El instinto de protección de unos padres nace en el mismo momento en el que ven por primera vez a su pequeño. Nadie pone en duda que un recién nacido necesita cuidado y, sobre todo, protección, dado que no es capaz de valerse por sí mismo. Pero esta necesidad de proteger a los hijos puede convertirse en algo dañino hacia ellos si los miedos de los progenitores superan, por mucho, al sentido común.

Eva Millet, periodista y escritora, conoce a fondo la sobreprotección infantil y sus efectos. De hecho, sus libros Hiperpaternidad, del modelo mueble al modelo altar, Hiperniños: hijos perfectos o hipohijos y Niños, adolescentes y ansiedad, los tres de Editorial Plataforma, versan precisamente sobre ello y han hecho popular el término hiperpaternidad en nuestro país.

Efectos negativos del excesivo cuidado

“La sobreprotección se da cuando se protege al hijo de algo de lo cual no necesita protegerse o se le asiste en algo que puede hacer por sí mismo. Puede darse en pequeños o grandes gestos. De abrigar a la criatura en exceso —por miedo al ‘golpe de aire’— a no sacarle el pañal hasta casi la preadolescencia, por miedo ‘a que lo pase mal’ durante el proceso.  O en hacerle un justificante cuando toca ensalada en el colegio, que no le gusta. O en primaria, impedir que se suba a un árbol, por miedo a que ‘se rompa la crisma’. O en darle siempre la razón, no sea que ‘se traume’ en caso de llevarle la contraria. O en hacerle uno los deberes, para que no se equivoque. O no explicarle que un abuelo murió, porque temen que sufra, y decirle que ‘se ha ido de viaje’”, explica.

Montse Busquets, psicóloga especialista infanto-juvenil del Institut Ret Barcelona, admite que en algún momento todo el mundo puede sobreproteger a los hijos, pero esto “puede llegar a ser un problema” cuando se convierte en una práctica/tendencia habitual, ya que tiene “efectos muy negativos” en el desarrollo psicoemocional de los niños.

Un padre junto a su hijo, en la calle / EUROPA PRESS - EDUARDO BRIONES
Un padre junto a su hijo, en la calle / EUROPA PRESS - EDUARDO BRIONES

Intolerantes a la frustración y al esfuerzo

Para esta catalana, profesional de la salud mental, “los padres con tendencia a sobreproteger a sus hijos, con la mejor intención de cuidar y proteger, suelen poner pocas normas y dudan de las capacidades y competencias de sus vástagos. Por ello, en ocasiones tienden a ceder a sus demandas y exigencias de manera inmediata y en otras se anticipan a posibles problemas dándoles la solución o diciéndoles cómo deben de actuar, sin dar espacio a que puedan decidir, pensar o actuar por ellos mismos. Son padres que se muestran excesivamente preocupados, les quieren evitar cualquier frustración porque no quieren que sufran, cometan errores y/o se equivoquen. Tienden a dar muchas recompensas a cambio de poco esfuerzo, convirtiéndolos así en intolerantes a la frustración, al esfuerzo y/o a la incomodidad”.

La sobreprotección infantil, característica de la hiperpaternidad o crianza helicóptero, está, para Millet, también autora del blog Educa2, cada vez más presente en el siglo XXI. “Se nutre de los propios miedos de los padres. Y también, en esa idea de que todo, empezando por los propios hijos, ha de ser perfecto: ‘mis hijos no sufren, no se equivocan, no pierden, no suspenden, no experimentan el mínimo malestar’”, argumenta.

Evitarles el obstáculo, contraproducente

Una de las evidentes consecuencias de la hiperpaternidad es una muy baja tolerancia a la frustración por parte de los niños. “Aunque existan diferencias temperamentales entre los hijos, ellos no han nacido con una habilidad para tolerar la incomodidad, ésta se aprende continuamente”, afirma la psicóloga y terapeuta TREC (Terapia Racional Emotivo Conductual) Montse Busquets.

“Tolerar la frustración se puede desarrollar incrementando su presencia en las frustraciones, aceptar la incomodidad ante el malestar, retrasar la gratificación inmediata y realizando aquello que uno se resiste a hacer. No es terrible ni insoportable experimentar incomodidades, y esto se puede educar/aprender y a menudo se necesitan para lograrlo metas y gratificaciones a largo plazo, ver las dificultades como retos, el valor del esfuerzo y la paciencia, asumir riesgos, autodirección y aceptar la incertidumbre. Cada vez que encuentren un obstáculo en sus metas, y se les anime a trabajar contra ellos en dichas situaciones, estaremos construyendo su tolerancia a la frustración. La sobreprotección fomenta justamente lo contrario, o se anticipa para evitarle el obstáculo o bien se les da todo de manera inmediata y sin esfuerzo”, apostilla.

Dos niños pasean por la calle junto a su padre durante el segundo día de desconfinamiento, el 27 de abril del 2020 / EUROPA PRESS - JESÚS HELLÍN
Dos niños pasean por la calle junto a su padre durante el segundo día de desconfinamiento, el 27 de abril del 2020 / EUROPA PRESS - JESÚS HELLÍN

Educar en la valentía

Además de fomentar que cada vez haya más niños que no toleran la frustración, hay otras consecuencias negativas para los pequeños. Millet destaca, especialmente, dos: “La primera, el miedo. Ser criado con unos progenitores que actúan casi como guardaespaldas y te dicen constantemente que el mundo está lleno de peligros —¡pero no te permiten enfrentarlos!—, genera grandes dosis de esta emoción. Otra consecuencia importante es la falta de confianza en uno mismo: si te resuelven, por sistema, todos los problemas, grandes y pequeños, si siempre se toman las decisiones por ti, el mensaje que te transmiten es: ‘Sin mí, tú no puedes’. Con la mejor de las intenciones se incapacita a los hijos, les creas inseguridad. Hemos de educar en la valentía, no en el miedo. Ser valiente es una habilidad fundamental”.

Por otro lado, la crianza helicóptero “puede dar como resultado niños mimados y/o pequeños tiranos que suelen ser furiosos, exigentes, apáticos, vagos, que crecen con la convicción de que todo tiene que ser fácil e inmediato —tengo que conseguir todo lo que quiero y de la manera en que yo quiero— y a los que les es demasiado difícil e insoportable tener que lidiar con este mundo lleno de problemas y dificultades”, describe la psicóloga Busquets.

Hay más seguridad, pero más miedo

¿Y cómo ha llegado la sociedad actual a este tipo de crianza tan sobreprotectora y alejada de la aplicada en el siglo XX? “Hay muchos factores que influyen en el fenómeno de la hiperpaternidad y la sobreprotección. El primero es puramente demográfico: cada vez se tienen menos hijos y, a veces, tenerlos ha costado mucho. Los niños, en el primer mundo, cada vez son más escasos y cuestan más: hay una tremenda inversión detrás. En muchos casos, también son el proyecto de vida de los padres, al que se dedican ingentes recursos económicos y personales. Así, su trayectoria no puede desviarse ni un centímetro del plan trazado. Esto es muy americano, como también el miedo al otro, la obsesión por la seguridad cero”.

“El miedo y la desconfianza están cada vez más presentes en una sociedad que, irónicamente es más segura que hace 40 años. Pero son magnificados en muchos casos por los medios de comunicación y las redes sociales. También, cada vez hay más sofisticadas formas de control parental y parece que si no las practicas, eres un mal padre o una mala madre”, apunta la autora de los libros que han popularizado la hiperpaternidad.

Un niño camina de la mano durante el segundo día de desconfinamiento, el 27 de abril del 2020 / EUROPA PRESS - MARTA FERNÁNDEZ
Un niño camina de la mano durante el segundo día de desconfinamiento, el 27 de abril del 2020 / EUROPA PRESS - MARTA FERNÁNDEZ

Sorprendidos por la resistencia de sus hijos

Busquets cree que detrás de la sobreprotección se esconden cuatro causas claras. “La primera, la creencia de que no debemos traumatizar a los niños y que debemos darles todo lo que necesitan de una manera incondicional: amor, atención, cuidados, etcétera. La segunda, la pérdida de autoridad en la relación padre-hijos y ambigüedad en el rol de los progenitores. Se confunde la autoridad con autoritarismo y se vuelven amigos de sus hijos. Otra causa es que vivimos en un mundo cada vez más reforzado por la inmediatez y en el no esfuerzo para conseguir las cosas. Por último, nos encontramos con la exigencia perfeccionista: lo debemos hacer súper bien como padres. Debemos ser padres perfectos y tener hijos perfectos”.

No obstante, la pandemia y el confinamiento, considera Millet, ha hecho que muchos padres se dieran de bruces con la realidad. “Esta atípica situación ha demostrado a muchos padres que sus hijos son mucho más resistentes y capaces de tolerar la frustración de lo que creían. Y que los niños no necesitan estar constantemente vigilados y haciendo mil cosas, sino atendidos, pero de una forma más relajada y, sobre todo, con tiempo para la que debería ser su actividad principal: jugar”.

Padres con miedo, niños temerosos

“Aun así, conozco casos de niños que, desde marzo, tienen miedo de salir a la calle por el virus. Incluso ahora, que se ha demostrado que en ellos no incide como en los adultos. Pero esto ocurre porque sus padres son los que tienen miedo, se lo han trasmitido. El miedo es una emoción muy contagiosa”, lamenta Millet.

No dejarse llevar por el miedo colectivo es importante para no convertirse en hiperpadres: “Para saber dónde está la línea entre la protección y la sobreprotección uno ha de preguntarse, antes de intervenir: ¿puede mi hijo resolver esto él solo? ¿Necesita realmente que yo le ayude?”.

Una madre abraza a su hija / ALDEAS INFANTILES SOS
Una madre abraza a su hija / ALDEAS INFANTILES SOS

La delgada línea entre límites y sobreprotección

Y es que muchos padres tienden a confundir límites y sobreprotección y es ahí, precisamente, en esa fina línea donde reina la confusión. “Los límites dan seguridad, nos guían y nos dicen cómo podemos funcionar, comportarnos y/o qué se espera de nosotros. Los límites provienen del deseo, de lo que es preferible, van acompañados de un estilo educativo flexible y responsable. Sin embargo, cuando se transmiten de manera rígida y se convierten en excesivo control es cuando aparece la sobreprotección, interfiriendo en el desarrollo de nuestros hijos. Es importante recordarlo: la sobreprotección es desprotección. Cuando sobreproteges a tu hijo, aunque te engañas pensando que es lo mejor para él, en realidad quien habla y te controla es el miedo o la culpa, a hacerlo mal, a que sufra, a que se equivoque…”, insiste la terapeuta Busquets.

Ser padres, concluye esta experta en psicología infantil y juvenil, “es en verdad una responsabilidad importante, pero es posible ser padres sin estar constantemente asustados. Los padres podemos aprender a estar interesados y comprometidos más que a estar ansiosos, atemorizados o culpables. En otras palabras, podemos aprender a comportarnos de forma que nos lleve a ser padres más efectivos fomentando el diálogo, la autonomía, el sentido de responsabilidad, la toma de decisiones, estableciendo normas y limite claros y, sobre todo, transmitiendo la idea de ‘confío en ti, tú puedes, inténtalo’”.  

¿Eres un hiperpadre/madre? Compruébalo en este test, cortesía de Plataforma Editorial.