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Unos pies de bebé / PIXABAY

Un gran día: dietario de una embarazada

La opción más deseada, la cesárea, se hace realidad, pero resulta duro aunque acaba bien, con el bebé frente a mi pecho

11 min

Mi última visita a la ginecóloga cayó en lunes, dos días después de cumplir las 39 semanas de embarazo. “¿Alguna contracción?”, me preguntó la doctora antes de proceder con el tacto, una prueba que permite comprobar si el cuello del útero ha empezado a dilatarse y el bebé ha iniciado su descenso.

 “Qué va”, respondí muy tranquila. Al terminar la exploración vaginal, la doctora me confirmó lo que ambas sospechábamos: mi bebé parecía no tener ninguna intención de bajar hacia la casilla de salida.

“Teniendo en cuenta tu edad (41 recién cumplidos) y que llevas un mes tomando heparina (un descoagulante), no creo conveniente pasar de la semana 40 de embarazo”, me dijo. “Voy a programarte una cesárea, el bebé está demasiado arriba para provocarte el parto. Podría ser un parto traumático y a tu edad hay riesgo de desgarro”, añadió.

Acabar la novela

Me contuve un grito de alegría. Me había librado de lo que más temía: el parto. “Me parece perfecto, no tengo ningún problema”, le dije sonriente. Ella despareció en su despacho un momento para llamar a la clínica y programar un día para la cesárea. “El próximo lunes a la una del mediodía, ¿de acuerdo? Eso si no te pones de parto antes, claro...”, se rió.

Salí de la clínica dando brincos (las clases de pilates para embarazadas me habían puesto fuerte como una roca) y enseguida escribí un WhatsApp a mis padres y a mis hermanos para anunciarles que el lunes siguiente sería el gran día. El día que serían abuelos y tíos por primera vez.

Aproveché los siete días de espera que tenía por delante para leer, escribir algunos artículos y dar paseos por el bosque, sin cansarme demasiado, no fuera a provocar el parto. “Vigila que el sábado hay luna llena y muchos bebés suelen nacer en luna llena”, me comentó mi amiga Isa por teléfono, lográndome poner nerviosa. Recuerdo que la tarde del sábado le rogué a mi bebé que por favor no saliera, que ya quedaba poco para el lunes y que además quería terminar la novela que me estaba leyendo entonces, Middlessex, de Jeffrey Eugenides.  

El lunes no había conseguido terminarla, así que me la llevé al hospital. 

“Me alegro por lo que te hayas leído”, me soltó la comadrona muerta de risa al entrar en mi habitación y descubrir la novela en la mesilla de noche. Mi madre y yo estábamos deshaciendo la maleta y discutíamos qué muda le pondríamos al bebé cuando naciera. Recuerdo que en la habitación hacía calor y fuera lucía un sol espléndido. Estábamos a 20 grados, a pesar de estar a principios de noviembre. La comadrona seguía allí de pie, con los brazos en jarra, haciendo preguntas extrañas: “¿Querrás regresar al quirófano con el bebé desnudo o ya vestido?”, me preguntó la comadrona, mirándome con aire divertido, desde el otro lado de la cama. 

“Pues no sé”, dudé. “¿Normalmente, qué se hace?”

Lo que tú quieras, el niño es tuyo”.

No sabría decir aún si esa mujer corpulenta, de brazos fuertes y ojos brillantes, era entrañable o una borde de cuidado. Por si acaso, decidí que lo mejor sería ser simpática con ella. Le respondí con una sonrisa que prefería que me lo trajeran vestido aunque, sí podía ser, me lo dejasen ver desnudo un momento y luego se lo llevaran para cambiarlo. Ella asintió --“claro, cariño, lo que quieras”-- y se llevó la muda que mi madre y yo elegimos finalmente para la ocasión: un conjunto de algodón blanco estampado con globos y la frase “Born in 2020” en el centro. Un coronabebé.

Un llanto no tan estridente

Al cabo de un rato la comadrona regresó a mi habitación (la 211, nunca me olvidaré) para acompañarme al quirófano. Esta vez fue más cariñosa, me cogió de la mano e intentó tranquilizarme. “Lo vas a hacer muy bien, ya lo verás”, me decía mientras recorríamos el pasillo. Yo tenía la mirada fijada en sus zuecos, no se porqué.

Al entrar en el quirófano había otras dos enfermeras, y entre las tres me colocaron en la camilla y me pusieron una sonda urinaria. Me aclararon que era para que no tuviera que levantarme para ir al baño después de la cesárea y con eso me quedó claro que la cesárea no iba a ser ninguna broma. Ya me lo habían advertido, y de tanto desearla durante el embarazo, me la iba a comer con patatas. Después entró el anestesista, un hombre joven, alto y de piel oscura, con las gafas de sol a modo de diadema, que me inyectó la epidural sin dirigirme una palabra. La comadrona me hizo algunas preguntas más, algo de papeleo, no recuerdo bien, y después llegaron la ginecóloga y mi madre, apenas reconocible bajo la bata quirúrgica y la mascarilla. Ya estaba todo listo para empezar.

Los cuarenta y cinco minutos siguientes fueron una experiencia horrible y a la vez maravillosa. Me colocaron una cortina a la altura del pecho para que no viera nada, comprobaron que la epidural había hecho efecto, y se pusieron manos a la obra. “La cesárea es una carnicería”, recordé que alguien había dicho. Notaba cómo manipulaban mi vientre y me agarraba a la mano de mi madre, que intentaba tranquilizarme: “todo va bien, pero no miro mucho...”. A ratos me mareaba y notaba un sudor frío en mi frente. “¿Queda mucho?”, pensé en voz alta. Quería oír a mi bebé llorar y cada minuto se me hacía eterno.

“¡Ja el tenim aquí!, escuché por fin gritar a mi ginecóloga. Enseguida escuché su llanto, no tan estridente como el de las pelis. Me emocioné: “mi bebé...”  Luego escuché: “Mira, ja s’ha pixat, tú”, y me reí. “¿Lo puedes ver, mamá?”, le pregunté a mi madre. “Sí, sí, ahora lo estan limpiando un poco”, me dijo con voz temblorosa. “Ahora te lo traen...”

"Jugaremos al tenis"

La cabeza de la comadrona apareció por detrás de la cortina con mi bebé envuelto en una toalla y la cabeza cubierta con un gorrito blanco. Yo seguía tumbada boca arriba, sin poder moverme, así que me lo colocó a mi lado, junto a mi cara. Me giré para verle. Estábamos frente a frente.  Mi bebé tenía los ojos cerrados --dos finas líneas sin pestañas--, lloraba. “Hola R, soy tu mamá”, le dije, intentando consolarlo. “No llores, que lo vamos a pasar bien juntos, ya lo verás.”  Tenía la sensación de estar conociendo a alguien  por primera vez y no saber muy bien qué decirle. Y me sentía impotente, porque tenía muchas ganas de acariciarlo y estrecharlo en mis brazos, pero no podía. Los médicos estaban cosiendo mi vientre. “R, no llores, que jugaremos a tenis y mañana perderá Trump”, le dije a mi bebé, que lloraba cada vez más fuerte a mi oído. Me estaba mareando otra vez y notaba unas palpitaciones dolorosas en el vientre. “Es el útero, que se está contrayendo. Es buena señal”,  me tranquilizó la doctora. Pedí que me inyectaran más nolotil o lo que fuera, me estaba doliendo un montón. Y R. no paraba de chillar a mi oído. El día más bonito de mi vida empezaba a volverse un poco duro.

Una enfermera se llevó a R. para vestirlo y yo ya le echaba de menos.

Me llevaron a la habitación en camilla y me tumbaron sobre la cama. Ya no sentía dolor.

La enfermera regresó con mi bebé. “Aquí lo tienes, mamá”. Colocó a R. sobre mi pecho desnudo y contemplé su cabecita perfecta intentándose incorporar en busca de un pezón. “Hola, amor”. Y así, piel con piel, nos quedamos dormidos un rato.