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Un niño come pasta con un tenedor / PIXABAY

Bravo, dietario de la monomaternidad

Con casi un año y medio, el pequeño repite las palabras que conoce y ha aprendido a comer solo y a subirse a sitios peligrosos

6 min

Faltan pocos días para que mi hijo cumpla 16 meses (un año y cuatro meses, en idioma normal) y lo primero que me viene a la cabeza es decir que cada día que pasa estoy más enamorada de él. Quizás sea porque soy madre soltera, por ser yo mujer y él varón —dicen que las relaciones madre-hijo, igual que las de padre-hija, son siempre especiales— o por el hecho científico de que su embrión fue implantado con éxito por un procedimiento in vitro el día de San Valentín de 2020, mandándome una clara señal de que iba a ser el hombre de mi vida.

“Yo a mi hija la quiero infinito”, me decía un amigo hace poco para describir el amor que siente por su hija de 4 años. A pesar de ser un concepto abstracto, entendí lo que quería decir: amar infinito es querer cambiarse por el otro cuando ves que sufre, emocionarse al verlo dormir en su cuna, olvidarse de todos los problemas con una de sus sonrisas, querer por encima de todo que sea feliz.

La canguro

“Mamá, mamá”, va diciendo mi hijo agarrándome del dedo índice para que lo siga hacia donde quiere ir él: la puerta del jardín, un libro, la pelota, un coche escondido debajo del sofá. Me agarra con fuerza, como si tuviera miedo de que pudiera desaparecer de un momento a otro.

“A veces tengo remordimientos por dejarlo en casa muchas horas con la canguro”, le confesé a una amiga, madre de un niño de 5, mientras cenábamos mano a mano en un japonés de Vilassar. “Bueno, es normal”, me consoló. “Piensa que tú eres madre soltera. No es la misma sensación dejar a tu hijo con su padre que con una canguro, o con los abuelos. Pero en el fondo le estás haciendo un favor. Así tu hijo aprende a estar con gente diferente”.

Coche amarillo de juguete / PIXABAY
Coche amarillo de juguete / PIXABAY

Relaciones sociales

Creo que mi amiga tiene razón. Además, es cierto que mi hijo sabe relacionarse bastante bien, tanto con adultos como con niños. Con los adultos que no conoce se muestra al principio un poco receloso —tiene envidia cuando ve que hablan conmigo y no le hago caso, así que empieza a tirarlo todo por el suelo o a reclamar que lo suba en brazos—, pero cuando hay niños alrededor, no tiene ningún tipo de reparo en acercarse a ellos y observarlos con curiosidad, o robarles un juguete. De vez en cuando alza la mirada para ver que sigo por allí cerca. Si no me ve, empieza a llamarme –“¿Mamá, mamá?”—, sin entrar en pánico. Hasta que pasa demasiado tiempo. Entonces sale en mi búsqueda

“¿Esto va a ser un problema cuando empiece la guardería?”, le pregunté a otra amiga.

Todo lo repite

“Sí, al principio llorará cuando te vea marchar. Pero tú tienes que aguantar el tipo, decirle adiós y salir corriendo por la puerta”, me respondió, confiada. Mi amiga tiene mucha mano con los niños: es madre de dos y ahora vuelve a estar embarazada. Con ella hemos hecho algunas salidas juntos y lo pasamos bien: la última incluyó un paseo en burro, jugar a la pelota, bailar Waka Waka de Shakira frente al televisor, saltar en el sofá. Cada vez que organizamos este tipo de salidas, mi hijo se queda frito a las ocho de la noche y no vuelve a levantarse hasta las siete del día siguiente. La única excepción es cuando la salida implica dormir fuera de casa. Entonces la noche se desmadra y mi hijo saca su cara más oscura: se despierta a cada hora y a las seis de la mañana decide que ya es hora de levantarse.

Aparte de haberme demostrado que es un terremoto y energía no le falta, con casi 16 meses mi hijo se ha vuelto un experto en repetir todas las palabras que conoce como un loro (galleta, luna, agua, grashias). También ha aprendido a subirse a sitios peligrosos: el taburete del baño, el sofá, la taza del váter, y ya lleva algún chichón importante. A decir “bravo” y aplaudir cuando se lleva él solo la comida a la boca con el tenedor, a entonar las canciones que escuchamos en la tablet (Las ruedas del autobús girando van, “ba ba bá, ba ba bá, ba ba bá”, continúa él), a jugar con los cochecitos de juguete, deslizándolos por el suelo y diciendo “brum, brum” en lugar de limitarse a darles la vuelta y hacer girar las ruedas, como hacía antes, y a montarse él solo en el triciclo y el correpasillos, aunque todavía no se empuja con los pies. Cuando lo consiga, se irá de casa.