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Imagen de archivo de un control de alcoholemia de la Guardia Urbana de Barcelona.

El Urbano que multaba por despecho amoroso

El fiscal pide cuatro años de cárcel para un policía local de Barcelona que multó por infracciones inexistentes a una mujer que le había rechazado

4 min

El Ministerio Fiscal solicita cuatro años de prisión para un agente de la Guardia Urbana de Barcelona que multó por infracción de las ordenanzas de civismo a una joven que había rechazado sus proposiciones amorosas y sexuales.  

Los hechos ocurrieron en 2012. El imputado participaba en un control policial de alcoholemia desplegado durante la noche en las inmediaciones de la zona portuaria de la ciudad.

Los agentes detuvieron de forma aleatoria a un turismo en el que circulaba una joven de 20 años que, en aquel momento, se dirigía a la Zona Franca de Barcelona a iniciar su jornada laboral. El agente conminó a la joven a someterse al control de alcoholemia. La mujer, que hasta ese momento no había cometido infracción de tráfico alguna, dio 0,26 en el control lo que supuso superar, por muy poco, el límite que marca la infracción administrativa.

Estrategia amorosa

Según el fiscal, el agente, con el único objetivo de cortejar y seducir a la conductora le dijo que no la iba a multar, que la infracción era muy leve pero que, aun así y como quiera que la joven algo había bebido, le tenía que pedir su teléfono móvil para llamarla una vez que ella hubiera llegado a su trabajo. Dijo estar muy preocupado por ella y que quería asegurarse de que había llegado bien.

La joven, ingenua, le dio su número y, efectivamente, una hora después, el urbano la llamó. Durante esa conversación, el agente se las ingenió para concertar una cita con la joven, a la que, tras insistir el policía, finalmente ella accedió.

La chica dijo NO

Así, al día siguiente, ambos quedaron en un bar para tomar un café. En el trascurso de la cita, el agente le propuso relaciones íntimas, oferta que ella rechazó de forma radical, esgrimiendo, entre otras cosas, que tenía novio.

Esa respuesta, siempre según la fiscalía, no fue bien encajada por el urbano que, airado, dio por concluida la reunión.

Empezaron la llegar multas

Días después, la joven, recibió una notificación del Ayuntamiento de Barcelona por haber cometido una infracción de las ordenanzas municipales de civismo. La muchacha se quedó perpleja porque sabía que no había cometido tal infracción y porque, además, la multa la situaba cerca de la plaza de la catedral un día y a una hora en el que ella no había estado allí. Pero no quedo ahí la cosa: en días posteriores recibió hasta tres multas más por escándalo público y por no respetar el mobiliario urbano, unas infracciones que la joven nunca cometió.

Cuando puso el caso en manos de la policía, se confirmó que el agente que días antes la había parado en aquel control aleatorio de alcoholemia era el firmante de dichas sanciones. Y la victima ató cabos.

El fiscal acusa al guardia urbano de un delito de falsedad en documento público y coacciones y asegura que el imputado actuó por despecho. El juicio se ha acaba de celebrar en la sección sexta de la Audiencia Provincial de Barcelona. El caso está visto para sentencia.