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Se acabó el pastel

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Se acabó. El pastel casero. El bollo de toda la vida hecho con aceite, huevos, maizena, harina y azúcar. La torta de maíz. Kaputt. Hasta es difícil encontrar torteles clásicos de hojaldre con nata, de esos que los padres de familia de los años 60 y 70 iban a buscar el domingo a la pastelería, como única y singular aportación masculina a la vida doméstica.

Hoy, hasta en el supermercado más cutre encontramos cientos de aderezos, accesorios, fideos de chocolate de colores, estrellitas y masas medio preparadas para elaborar cakes, cupcakes, pastelitos, muffins y demás lindezas azucaradas

Hoy, hasta en el supermercado mas cutre encontramos cientos de aderezos, accesorios, fideos de chocolate de colores, estrellitas y masas medio preparadas para elaborar cakes, cupcakes, pastelitos, muffins y demás lindezas azucaradas. Nuestras calles se llenan de establecimientos que venden todo lo imaginable bajo el lema 'pastelería creativa'. Florecen los cursos para aprender a manejar la manga pastelera. Libros, manuales, fichas, fascículos, millones de entradas en Instagram...

A todo ello se une el espectacular florecimiento de todo tipo de panaderías que superan ya en número a los colmados pakistaníes, a los 'todo a 100' (o a un euro), a los negocios de compraventa de oro, a las tiendas de cigarrillos electrónicos y a las franquicias de aromas de imitación.

Me pregunto si esta repentina pasión por lo dulce en todas sus declinaciones se debe a la amargura que nos invade ante un momento donde los que hemos elegido para que nos gobiernen hacen concursos para ver quién dice la chorrada más grande. Hay momentos en que sólo un triple brownie de chocolate negro con avellanas y pepitas de chocolate blanco puede salvar el día.