Menú Buscar
Pásate al modo ahorro

Mucho ruido y nueces rancias

4 min

Los restaurantes de moda, no sólo aquí sino en todo el mundo, tienen tantas cosas en común entre sí que se diría que hay una mano negra, a modo de mafia de la mediocridad, que está detrás de todos ellos.

Para empezar: la decoración. La decoración de un restaurante de moda pasa por la contratación de un decorador de moda. En estos momentos, el número de restaurantes que parecen clones con las mismas tapicerías, bombillas de filamentos y espejos desconchados supera todas las cotas permisibles por el sentido común: si apareces por uno de ellos, la luz amarillenta te retrotrae a otro y ya no sabes muy bien dónde estás, si en París, Barcelona, Berlín o New York.

Esta decoración de un teórico buen gusto te hace añorar los establecimientos con solera de toda la vida, aquellos cuyos propietarios cubrían las paredes con lo primero que se les ocurría: cuadros al óleo de lo más kitsch, caricaturas de los clientes o billetes de lotería, como en el mítico Hermanos Tomás, a la salida de la Meridiana en Barcelona.

Los restaurantes de moda tienen tantas cosas en común entre sí que se diría que hay una mano negra, a modo de mafia de la mediocridad, que está detrás de todos ellos

Otra cosa en común: la música. Yo no sé quién fue el primero en poner hilo musical a los restaurantes pero le hizo un flaco favor a la humanidad. Comer con un 'chundachunda' vagamente house o música de ascensor con versiones lounge de Radiohead es una receta segura para el dolor de cabeza.

Los camareros: no hay restaurante de moda en que contraten a un camarero decente. Además de vestirles con uniformes ridículos y darles un cursillo acelerado de modales dudosos, está claro que los escogen porque son más o menos guapas/os, jóvenes y delgadas/os, y porque la antipatía, la pretensión y la ignorancia más absoluta están entre sus principales virtudes. Conseguir que ese ejército de zombies no te trate a patadas se convierte en pocos segundos en una misión imposible.

Por último, lo peor de todo: lo que te ponen en el plato, normalmente una bazofia sin alma. Porque a los grupos o particulares, financieros que abren un restaurante de moda, la comida se la suda. Ponen un restaurante como quien pone una fábrica de condones o una cadena de peluquerías.

Son gente que ha viajado lo justo y cree que basta ungir hasta el pan con tomate con aceite industrial de trufa, contratar a un cocinero que ha estado de friegaplatos en algún prestigioso restaurante --al que pueden manipular fácilmente-- y dar con un concepto más o menos original para que un público al que le encantan los espejos envejecidos, la música house descafeinada, los camareros altivos y una carta llena de coartadas fáciles que le permitan presumir ante los amigos, llene sus locales.

Y el caso es que los llenan. Hasta que se cansan del juguete. Y se lanzan al próximo. Hay gente que nunca aprende.