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El restaurante fantasma

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Hay esquinas malditas. En todas las ciudades del mundo hay lugares que, incluso estando en puntos concurridos y comercialmente activos, nunca funcionan. Pasamos ante ellos y hoy abren una tienda de jabones, el mes que viene una de cupcakes y a los seis meses la inevitable peluquería. Uno tras otro, estos negocios caen. Mejor dicho, nunca despegan.

Tú pasas por delante y ves el negocio vacío y les das, como mucho, tres meses, sabiendo que, por desgracia, inevitablemente tendrán que cerrar porque han escogido el lugar equivocado

Los creyentes en el feng shui atribuyen estos fracasos a la confluencia de corrientes negativas, a las ondas magnéticas o a la ausencia de colores benéficos. Muchas veces, estos negocios están simplemente mal enfocados, se abren en condiciones muy precarias y los que los abren acaban de cobrar un año de paro y sueñan con una manera autónoma de ganarse la vida, sin tener ni idea de dónde se meten, confiando en las ganas y apostando a ciegas.

Y tú pasas por delante y ves el negocio vacío y les das, como mucho, tres meses, sabiendo que, por desgracia, inevitablemente tendrán que cerrar porque han escogido el lugar equivocado.

Cuando el negocio que abre es un restaurante, la cosa es mucho peor. Observas con aprensión el rótulo que anuncia la próxima apertura. Un nombre alegre, sugerente. Ves cómo entran mesas, cacerolas, obreros que reforman la cocina, inspectores del ayuntamiento con carpetas bajo el brazo. Algunos días, los ilusionados propietarios entran y salen, admirando la fachada. Por fin abren, fiesta para los amigos y familiares, primeros días de prueba, algún crítico gastronómico alaba las croquetas, fotos en Instagram que instan a probar el menú del día, curiosos que se atreven a entrar.

Te preguntas por qué no le dijiste al cocinero que escogiera otro lugar, que este está maldito, que ningún negocio puede florecer en ese número del demonio

Y luego, la nada, la barra vacía, flores frescas en un jarrón en la entrada, tres o cuatro comensales solitarios, las caras de preocupación desde la ventana de la cocina. La basura llena de cosas que no se pueden vender ni reciclar. La expresión de estupor del cocinero/propietario que se pregunta qué ha hecho mal, por qué el lugar infecto a tan solo una manzana está lleno de gente y el suyo, ofreciendo cosas cien veces mejores está vacío.

Y cuando tú pasas por delante y ves que ya no hay flores frescas y que hoy han cerrado a las 9 y media de la noche y que mañana hay un cartel que dice que cierran por reformas y luego ya sólo un cartel con "se traspasa", te preguntas por qué no le dijiste al cocinero que escogiera otro lugar, que este está maldito, que ningún negocio puede florecer en ese número del demonio. Pero seguramente hubiera pensado que estás loca y no te hubiera escuchado.