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El queso más raro del mundo

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Confieso que cada vez que la Organización Mundial de la Salud dictamina la necesidad de eliminar el bacon o las salchichas de la dieta, aunque no soy especialmente fan de los productos cárnicos, me dan unas ganas locas de organizar una barbacoa para todos los vecinos de mi edificio.

Este constante machaque sobre las virtudes de la quinoa y el tofu, y la amenaza del infierno al que iremos todos los que amamos los quesos por encima de todo, es, cuanto menos, agotador

Y basta que en los flamantes suplementos de salud y bienestar --que todo periódico que se precie se ve en la obligación de sacar-- desaconsejen la ingesta de lácteos, para que mi carrito de la compra se llene de todo tipo de yogures, kéfirs, quesos y demás derivados de leches de todo tipo de mamíferos.

Supongo que es mi temperamento insano el que se manifiesta en estos inofensivos actos de rebeldía infantil, pero hay un momento en que te sientes muy harto de que te salven la vida. Entiéndame, cualquier adulto escasamente informado, a estas alturas, sabe que la grasaza buena no es, y que la obesidad, menos. Pero este constante machaque sobre las virtudes de la quinoa y el tofu, y la amenaza del infierno al que iremos todos los que amamos los quesos por encima de todo, es, cuanto menos, agotador.

Uno de los momentos álgidos de mi vida de viajera gourmet fue en Cerdeña, hace ya varios años, donde unos amables amigos me invitaron a probar un queso excepcional que, según ellos, únicamente se podía probar en el norte de la isla: el Casu Marzu.

Reconozco que cuando destaparon el queso, que olía a rayos (tipo el queso inglés Stinking Bishop, "obispo apestoso", pero peor) y vi que dentro de él se movían unas larvas vivas, flaqueé y a punto estuve de salir corriendo. Pero no lo hice. Y aún hoy, si cierro los ojos, puedo evocar el increíble sabor a tierra, a raíces, a leche y a hierba del queso más raro del mundo.