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Algo habremos hecho mal

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No vamos a discutir aquí la más que obvia contribución de Ferran Adrià, Albert Adrià, los hermanos Roca o hasta el cocinero José Andrés al mundo gastronómico internacional. Pero no nos engañemos, las figuras citadas, si bien archiconocidas en todo el mundo, no son las que aparecen en el imaginario colectivo cuando se evoca la cocina española. Esta sigue siendo sinónimo de paella, sangría, jamón, tortilla de patatas, fritanga y poca cosa más.

La imagen de la cocina española en el mundo oscila entre dos mundos antagónicos: la cocina molecular y Paellador

Desperdigados por el mundo, hay miles de lugares que se llaman invariablemente 'Sevilla' (en NYC, llevado por gallegos, paellas con guisantes congelados), 'Don Quijote' (en los bajos del hotel Chelsea en NYC, pulpo a feira al que ni 40 latigazos podrían ablandar), 'Mi patio' (en Osaka, tortillas de patatas que nunca conocieron tiempos mejores) o 'El rincón español' (en París, croquetas sin sabor). Lugares tristes, decorados con flores de plástico y grabados taurinos, a los que, inevitablemente, algún anfitrión local bienintencionado te lleva porque está convencido de que los españoles no podemos pasar más de tres días sin pan con tomate o una ración de morcilla.

La imagen de la cocina española en el mundo oscila entre dos mundos antagónicos: en un extremo la cocina más rabiosamente creativa, y en el otro, caricaturas baratas de los platos estrella nacionales. Zarauz y Benidorm. La cocina molecular y Paellador.

Ni siquiera hemos conseguido, como los chinos o los italianos, franquiciar nuestra cocina de una manera inteligente. Aquí, como en tantas cosas, no hemos aprovechado un capital cultural gastronómico valiosísimo. Y no sé si nos quedan muchas mas oportunidades.