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Pedro Rodríguez y Rosa Peral, miembros de la Guardia Urbana, posando juntos / CG

Crimen de la Guardia Urbana: "Pensé que Albert me iba a rociar con gasolina"

Rosa Peral describe con detalle cómo y por qué llevó el coche de Pedro al pantano de Foix sin saber que su novio estaba en el maletero

8 min

Se había consumado el crimen pero Rosa Peral, trascurridas 20 horas del suceso, aún no tenía constancia de la muerte de Pedro. Esa es su versión.

La agente vivía bajo una constante y severa amenaza. “¡Mis hijas, mis hijas! Sólo pensaba en ellas. ¡Dijo que las mataría!”, insiste una y mil veces.  

Maldita foto

Fruto de esas amenazas, Albert López obligó a Rosa a asistir 24 horas después del crimen a una comida con otros guardias urbanos. La fotografía de la agente sacando la lengua durante aquel ágape le hizo un flaco favor. Evidenciaba, al menos en apariencia, la jovialidad y despreocupación de quien se suponía que el día antes había sido encubridora, testigo o autora de un crimen de sangre.

“Esa foto me ha hecho mucho daño. Mucho. Pero la gente sólo se ha quedado con esa instantánea. No se me ocurrió otra cara que poner cuando me enfocaron con el móvil para la foto. Es una mueca ridícula, lo sé, equivoca, lo sé, pero suficiente para no enfadar a Albert, que me controlaba. ¿Por qué nadie explica que fuimos por separado al restaurante? ¿Por qué nadie explica que Albert se lo montó para que cuando yo llegase me tuviera que sentar a su lado? Lo hizo sólo por apariencias y para controlarme. ¿Por qué nadie explica que mis compañeros me vieron apagada, triste, ausente, incluso más de uno me preguntó si me pasaba algo? Tenía que estar allí porque me obligó. Yo no celebraba nada. Hacía meses que no celebraba nada con él. Yo no sabía que Pedro estaba muerto”

Preguntas sin respuesta

Habían pasado demasiadas horas ya de la desaparición del novio de Rosa Peral. Mucho tiempo en el que ella, atemorizada según su versión, no hizo más que preguntar a Albert sobre Pedro Rodríguez sin recibir respuesta alguna más allá de reiteradas amenazas de matar a sus hijas si no mantenía la boca cerrada.  

Según ha explicado a Crónica Global la guardia urbana imputada: “Albert no hacía más que controlarme. Venía a casa, como si no pasase nada. Cuando se enteraba de que tenía amigos en mi casa, se presentaba con el único objetivo de dar apariencia de normalidad y de controlar para que yo no abriera la boca”.

Maquinando una cohartada

Desde la cárcel de Brians 1, la agente de la Guardia Urbana recuerda con angustia lo que vivió aquella noche:

“30 horas después del crimen, Albert me hizo acompañarle a casa de Rubén, mi exmarido. Quería que dejara rastro en los teléfonos de Pedro de su supuesta aproximación a la zona. De nuevo con el corazón en un puño, alterada y otra vez con esas manchas que me salen en el cuello cuando me pongo nerviosa (recuerdo que los Mossos llegaron a pensar que esas marcas obedecían a que me peleé con Pedro antes del crimen. En fin)”.

Me temblaban las manos, apenas había comido ni dormido, sentí que mi cabeza era como si no estuviese en ese lugar.

Camino del pantano

Tardamos más de una hora en hacer un trayecto de menos de 20 minutos. Pero al final no pude dilatar más y llegamos a las cercanías de casa de Rubén. Allí me hizo mandarme desde el teléfono de Pedro un mensaje a mi móvil que, antes de salir, Albert había dejado en el buzón de mi casa. Ahora parecería culpable. ¿Quién iba a creerme? Si él –Pedro-- supuestamente había venido --a casa de Rubén--, y los mensajes los había recibido yo. Volvimos a casa pero ahí no acabó la cosa. Me dio las llaves del coche de Pedro y me dijo que le siguiera. Dudé en girar e ir a los Mossos, pero ¿y si volvía e iba a mi casa mientras yo iba hacia los Mossos?. El caso sería llevarlo --el coche-- adonde el decía, seguirlo y acabar con su juego”.

En las inmediaciones del pantano de Foix la guardia urbana dice que creyó que había llegado su final: “Llegamos a un camino boscoso, no me gustó nada, no tenía opción de maniobra y me hizo aparcar a un lado. Bajé del coche cuando le vi bajar a él. Llevaba dos bidones de color rojo de lo que parecía gasolina. Pensé que era para quemarme, me asusté, así que más nerviosa que antes, salí corriendo en dirección a la carretera. Me costaba correr, no me llegaba el oxígeno al pecho. Escuché una explosión y no había mirado hacia atrás. Pero pude ver la luz, la claridad del fuego. Había perdido en la carrera todas mis pertenecías, incluidas las llaves. Pero me alcanzó con su coche y me hizo subir”.

Obsesión por sus hijas

“No, no pude evitar nada. No tenía respuestas pero seguía pensando que Pedro estaba vivo, bajo sus normas, como yo, pero vivo. Nunca supe que estaba en aquel maletero”.

Rosa Peral dice que no se puede quitar de la mente esa imagen: “Me llevó a casa y desapareció. Por más que le había preguntado mil veces sobre Pedro sólo recibía evasivas. Aunque se fue, apenas pude dormir, tenía que descansar para mantenerme atenta para estar al 100% por mis hijas. Abrazar a mis hijas mientras dormían me calmaba, me daba un poco de paz, ellas eran la única razón para mantenerme fuerte. Lo importante era, son y serán ellas. Incluso hacer que ellas no notaran nada de mis nervios”.

Comparecencia voluntaria

Dos días después a Rosa Peral le comunicaron que había aparecido un cadáver en el coche calcinado. Doce días después de los hechos, y amparada y protegida por su hermano José, ajeno hasta ese día a lo ocurrido, Rosa compareció voluntariamente en la comisaría de los Mossos para explicarlo todo. Todo lo que sabía durante esos días calló, según insiste, por miedo a lo que pudiera ocurrirle a sus hijas. Durante su declaración, los Mossos la imputaron. Continuará.