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Una viajera espera con su equipaje frente a las pantallas informativas del aeropuerto de El Prat / EUROPA PRESS

“Encontramos desde droga hasta anguilas”: los controles aeroportuarios de El Prat, desde dentro

Juan Jesús Alonso, capitán de la Guardia Civil en el aeropuerto de Barcelona, desvela los entresijos del control aduanero y de equipajes

7 min

El Josep Tarradellas Barcelona-El Prat es uno de los 10 aeropuertos con más trasiego de pasajeros de Europa. Las últimas cifras de la época prepandémica, en 2019, confirman que entre las dos terminales que lo conforman circularon casi 53 millones de pasajeros. “Funciona como una ciudad”, afirma Juan Jesús Alonso, capitán de la Guardia Civil en el aeropuerto.

Con esta afluencia, tres cuerpos policiales (Guardia Civil, Policía Nacional y Mossos d’Esquadra) trabajan codo con codo para garantizar la seguridad de las instalaciones, de los vuelos y de los pasajeros. Solo el instituto armado tiene desplegados entre 400 y 500 agentes, dependiendo de las necesidades, en el recinto aeroportuario. Entre sus muchas funciones, se encargan del control aduanero y de equipajes.   

La trazabilidad de las rutas “calientes”

La reanudación de los vuelos comerciales y el creciente ritmo frenético del aeropuerto, que poco a poco va recobrando la normalidad, favorece el retorno no solo de los turistas, sino también de los hechos delictivos. Uno de los principales es el narcotráfico. Para detectar a viajeros que se dediquen al tráfico de estupefacientes, los agentes realizan perfiles de los viajeros y analizan la periodicidad con la que toman ciertos vuelos. Son las conocidas como “rutas calientes”. “Tenemos un registro de pasajeros de rutas sensibles. Si una persona realiza viajes extraños de forma recurrente y en periodos de tiempo que no resultan muy lógicos se le realiza una trazabilidad. Cuando no se trata de un asunto laboral, se hace una inspección completa”.

En contra de lo que a priori se podría pensar, el tráfico de sustancias estupefacientes se ha mantenido estable durante la pandemia. Si bien es cierto que el “menudeo” de drogas cayó en picado en paralelo al volumen de pasajeros, el envío de marihuana a través de empresas de paquetería que utilizan las instalaciones del aeropuerto se mantuvo en cifras similares a las previas al estado de alarma.

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Agentes de la Guardia Civil en el aeropuerto de El Prat / EUROPA PRESS

Baterías susceptibles de convertirse en explosivos

Junto a las sustancias ilícitas, otra de las grandes preocupaciones de la Guardia Civil es el control de las sustancias explosivas. Aunque los agentes realizan controles a la totalidad de los pasajeros de forma aleatoria, cualquier mínimo indicio es suficiente como para realizar un análisis mucho más exhaustivo. No obstante, desde el instituto armado trasladan un mensaje de tranquilidad: “No es habitual que se encuentren explosivos en las instalaciones aeroportuarias, aunque sí elementos que, aislados o en combinación con otros, podrían funcionar como uno”.

Es el caso de las baterías de los ordenadores. “Además de que la batería puede ser utilizada como parte de un explosivo, tiene una densidad tan alta que puede tapar otros objetos a su paso por el escáner. Por eso se solicita que se separe durante los controles y se estudia de forma individualizada.” En caso de que se sospeche que cualquier equipaje contiene un explosivo, es la Unidad de Desactivación de Explosivos de la Guardia Civil, que tiene base en el propio aeropuerto, la encargada de manipular el bulto.  

Los zapatos, un “agujero negro”

Otro de los elementos que dificultan el mantenimiento de la seguridad en los aeropuertos son, paradójicamente, los zapatos, sobre todo aquellos de tacón o plataforma. Al igual que las baterías, tienen una densidad de masa atómica alta, lo que se refleja como una mancha negra a su paso por los rayos X. “La gente esconde sustancias ilícitas en todas partes, y los zapatos son un escondite relativamente fácil: solo hay que abrir su interior, introducir algo y volver a sellar.” No obstante, la reciente adopción de protocolos de seguridad que obligan a los pasajeros a descalzarse y colocar sus zapatos de forma aislada en una bandeja, han hecho que este escondrijo se caiga del ranking de los preferidos por los viajeros.

Aun así, lo intentan por otras vías. Por eso, los agentes que acompañan al personal de seguridad que revisa los escáneres tienen que prestar especial atención a los pequeños detalles. “Si una maleta tiene remaches, cortes con los que no tenía que contar o cualquier otro indicio que nos indique que ha podido ser manipulada, se inspecciona”. A veces se trata de simples reparaciones, pero en otras ocasiones esconden elementos prohibidos. Si a su paso por el escáner se detecta cualquier opacidad o si un objeto tapa a los demás, también se abre, eso sí, siempre en presencia del dueño. “A veces se trata simplemente de la colocación que uno ha hecho de sus pertenencias pero otras responde a una estrategia para ocultar mercancías ilícitas”.

Mercancías ¿peligrosas?

El control del equipaje facturado sigue una trayectoria muy similar al de mano. “En el momento en el que el escáner marca algo sospechoso, se separa de las demás y se impide que embarque. Posteriormente se informa al pasajero a quien pertenezca este equipaje y, en su presencia, se registra”. Sin embargo, cuando las maletas contienen sustancias ilegales, es frecuente que el propietario las facture y abandone el aeropuerto. “En ese caso la maleta se incauta”, aclara el capitán.

Los agentes que se encargan del control del equipaje están acostumbrados a descubrir en el interior de las maletas de los viajeros (casi) de todo. Desde drogas hasta “especies animales que vienen a España como tortugas, coral marino o… ¡incluso anguilas!”. No obstante, a veces se siguen sorprendiendo de los hallazgos de los que son testigos. “Como algo anecdótico, y que no se incautó, hubo que sacar a un par de chiquillos que se colaron junto con las maletas de facturación”.