Menú Buscar
Personas pasean por la ciudad de Barcelona antes de la pandemia de Covid / EP

El ocaso de las ciudades: cómo los acontecimientos históricos cambian la manera de vivir las urbes

El Gran Hedor de Londres, la peste negra y el derrumbe de las murallas de Barcelona trajeron consigo el fin de la ciudad medieval en pos de la moderna. ¿Pasará lo mismo con el Covid?

12 min

En los últimos tres siglos años, la esperanza de vida ha aumentado en alrededor de 45 años. Una persona nacida en 1850 solía vivir, aproximadamente, hasta los 50 años, mientras que aquellos que nacen hoy en España viven de media hasta los 86. Los avances médicos tienen gran parte de la responsabilidad de este cambio, pero la arquitectura y la ingeniería también han jugado un papel importante.

Repensar el urbanismo no es una iniciativa que surja porque sí. Importantes acontecimientos históricos como el Gran Incendio de Londres de 1666, la epidemia de peste negra que azotó Europa en el siglo XIV o la caída de las murallas de Barcelona en el siglo XIX marcaron un antes y un después en la manera de pensar y vivir las ciudades. ¿Será también el coronavirus​ un antes y un después?

Cambios sociológicos

El urbanista y experto en ordenación del territorio Miquel Martí asegura que, al contrario que otras catástrofes como el Gran Incendio de Londres, la pandemia de coronavirus “no supondrá un cambio físico” en las ciudades. Tampoco supondrá un cambio demográfico, ya que el número de muertes “no tiene nada que ver” con los decesos producidos por la peste negra, que, según se calcula, redujo la población de Europa un 50%. 

“Cambiará la manera de entender y vivir la ciudad”, explica Martí. Sin duda hemos tenido que adoptar nuestra cultura a una forma de comportarnos que todavía se nos antoja antinatural. Encuentros sin saludos, terrazas sin cigarros, cenas que terminan a la 1 de la madrugada y sábados sin discoteca se normalizan lentamente a la espera de una vacuna que nos devuelva a la “antigua normalidad”. “Si tuviésemos la vacuna a principios de 2021, esto sería un acontecimiento que marcó profundamente el 2020, pero nada más”, subraya el experto, quien, no obstante, confiesa que “otro gallo cantará si las pandemias se vuelven cíclicas o regulares”. 

Dos mujeres pasean por la calle con mascarillas / EP
Dos mujeres pasean por la calle con mascarillas / EP

Reducir las enfermedades del siglo XXI

El verano de 1858 se extendió por Londres un fenómeno conocido como El Gran Hedor: una notable fetidez que salía del río Támesis y sus afluentes, donde los ciudadanos vertían sus residuos no tratados, debido a una la ola de calor que azotó Europa. Durante aquellos años, también se sucedieron varias epidemias de cólera, enfermedad cuya transmisión se atribuyó erróneamente a las miasmas presentes en el aire, teóricamente contaminado por el hedor. Para solucionarlo, el 2 de agosto de aquel año se aprobó la ley que permitiría iniciar uno de los proyectos de ingeniería más importantes del siglo: el sistema de alcantarillado, que hizo posible acabar con la desmesurada incidencia de ciertas enfermedades infecciosas.

Este problema ya está solventado en Occidente, donde toda una nueva batería de dolencias se han asentado con la llegada del nuevo milenio. En opinión de Martí, la reorganización de muchas ciudades en pro de modelos de movilidad más activos --como la bicicleta o el caminar-- facilitará el descenso de enfermedades derivadas de la contaminación o de los hábitos sedentarios, como la obesidad, que anualmente causa 2,8 millones de muertes al año. “Las autoridades locales apostarán por crear más espacio en las aceras, más carriles bicis y más equipamientos para hacer deporte en el exterior, todo ello con el objetivo de disminuir las concentraciones de personas en espacios cerrados como el metro y los gimnasios”, detecta el experto en urbanismo. “Esta tendencia pensada para reducir la incidencia del coronavirus ayudará, a su vez, a la disminución de otras dolencias propias de nuestra sociedad”, puntualiza Martí.

Descongestión de las ciudades

A mediados del siglo XIX, el ‘boom’ demográfico derivado de la revolución industrial provocó que los habitantes de Barcelona convivieran cada vez más hacinados dentro de las murallas de la ciudad.  Esta situación empeoraba la severa falta de higiene, así como las consecuencias de las epidemias y enfermedades que azotaban a la comunidad. Finalmente, en 1844, las murallas empezaron a caer y se le encargó al ingeniero Ildefons Cerdà la reinvención de la ciudad. Su objetivo fue crear una urbe que facilitara el bienestar, que ayudara a reducir las altas tasas de mortalidad y mejorara la salud de los habitantes. Con este planteamiento ensanchó las calles para mejorar la ventilación y abrirle paso a los rayos del sol, dio importancia a los parques y jardines interiores de las manzanas, y construyó calles muy anchas e interconectadas que facilitar la movilidad por la ciudad. 

“Todo esto ya está hecho, los municipios tienen alcantarillas y sus viviendas células de habitabilidad. Ahora el gran problema es la densidad”, sentencia Martí. En su opinión, no podemos vivir tan concentrados en el espacio, aunque reconoce que eso va en contra del modelo urbanístico actual. “El próximo paso debe ser dispersarnos por el territorio, descomprimir las ciudades y encontrar más espacios libres dentro de las urbes”, comenta el experto. 

Pasajeros del metro de Madrid ataviados con mascarillas / EP
Pasajeros del metro de Madrid ataviados con mascarillas / EP

Rechazo del espacio público

El antropólogo y catedrático de la Universidad de Barcelona Manuel Delgado cree que “no existe el espacio público”,  concepto que define como un supuesto ético o concepto político acuñado por pensadores como Hannah Arendt y Jürgen Habermas. “Recientemente se ha convertido en algo espacializado, sobre todo de la mano de arquitectos, urbanistas y políticos, que se han planteando el problema de los huecos urbanos”, apunta el antropólogo. A su parecer, el espacio exterior siempre ha llevado consigo una “condición intrínseca de peligro”, de la cual bebe la concepción contemporánea de la ciudad y que con la pandemia se intensifica.

“Esto ya pasó durante la epidemia de SIDA de los 80s”, recuerda Delgado. El estudioso hace hincapié en cómo durante aquellos años “se extendió la idea de que las personas que no conocemos y no forman parte de nuestra unidad familiar significan peligro”, pero también de que “la persona que amabas podía ser la causa de tu muerte”. El experto catalán asevera que “debemos entender que aquellos con los que trabajamos, confraternizamos con una cerveza en el bar o nos encontramos puntualmente son un peligro".

Ensalzamiento del hogar

“La idea del ‘hogar dulce hogar’ se inventa justamente con la idea de que pueda existir un ámbito en el que la modernidad y sus catastróficas consecuencias puedan detener su avance y no traspasar”, asegura Delgado, quien reconoce en el espacio urbano la “antítesis del hogar”. En su interior, remarca el antropólogo, “es el único lugar donde podemos experimentar algo parecido a la seguridad, no solo física, sino moral”.

El uso de las mascarillas en el exterior es otra de las razones por las que, en opinión de Delgado, el hogar ganará puntos frente a la calle. “Fuera de nuestros hogares debemos ir permanentemente enmascarados. Sabemos que la retirada de esa máscara nos convierte en seres vulnerables”, determina el estudioso, quien reconoce en esta imposición una nueva realidad: “no podemos mostrar otra cosa que aquello que los demás esperan de nosotros, ni siquiera podemos elegir quienes queremos ser”.

Promoción del entorno rural

La promoción del medio rural como nuevo espacio deseable para construir un hogar es otro de las consecuencias que tendrá la pandemia, en opinión de Martí, que ve en la democratización del teletrabajo un buen empujón para estas iniciativas. “Permitir y promocionar que una parte de la población se fuera a vivir fuera de las ciudades produciría una efecto de reequilibrio territorial”, apunta el urbanista.

No solo vale con conseguir que los pueblos pequeños tengan una buena accesibilidad física y digital, avisa Martí, quien defiende que debemos descubrir “cómo hacer evolucionar nuestra cadena de valores”. “Hay que empezar a subvencionar servicios que se dan en entornos rurales pero que no son directamente tangibles”, enfatiza el experto, que pone como ejemplo el cuidado de un bosque, espacio que sirve para captar CO2, pero cuyo servicio al medio ambiente ni se monitoriza ni se monetiza. 

Aceleración de dinámicas previas

En definitiva, Martí y Delgado coinciden en que el Covid-19 no implica otra cosa que la “aceleración” y la “intensificación” de dinámicas que ya existían y que han encontrado la oportunidad de llegar a su máximo desarrollo.

La sociedad y los medios de comunicación llevaban tiempo hablando de la masificación de las ciudades, de los problemas de salud derivados de nuestro estilo de vida y de la ‘España vaciada’, entre otras cuestiones poco deseables para el desarrollo de una sociedad sana. El coronavirus ha traído pocas cosas buenas, pero tal vez una de ellas sea la oportunidad de repensar nuestra manera de vivir (y el entorno donde lo hacemos).