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Escuela de Adultos Ciutat Meridiana, cuna de la lucha contra el analfabetismo en Barcelona

Bienvenido, el profesor leonés que contribuyó a erradicar el analfabetismo en Ciutat Meridiana

La tasa de personas que no sabían leer y escribir era del 13% en los barrios periféricos de Barcelona en la década de los setenta, un problema social con múltiples repercusiones

30.04.2019 00:00 h.
11 min

Llegar a Barcelona en los años sesenta podía responder al dicho según el cual más vale malo conocido que bueno por conocer. Con una mano delante y otra detrás, muchas personas abandonaban el campo para llegar a una metrópoli hostil que las expulsaba a los incomunicados confines de la ciudad. 

Muchos de estos viajeros, a menudo solitarios, y quienes contaban a lo sumo con algún contacto, promesa o rumor de mejora laboral, no eran capaces de leer y escribir. No estaba el horno para bollos en la España profunda que tan bien describió Miguel Delibes en Los santos inocentes

Interior de una clase de la escuela

Interior de una clase de la escuela pra adultos en Ciutat Meridiana

Tiempos de conflicto

Durante la transición, la tasa de analfabetismo en Ciutat Meridiana era del 13% (diez puntos por encima de la media actual en nuestro país) y la gran mayoría de residentes no disponía del certificado de estudios primarios. En total, la cifra se situaba en torno a 1.300 personas que no sabían leer y escribir.

Las repercusiones de esa grave carencia iban más allá de la exclusión sociolaboral. El aislamiento podía ser total porque, a menudo, sin ayuda no era posible enviar una carta a la familia dejada en Andalucía, Extremadura, Galicia o Castilla.

El recién llegado se encontraba en ocasiones en una situación de ostracismo total. La incapacidad para interpretar la lengua escrita tenía repercusiones múltiples. El docente Bienvenido Díez Pérez, de Escola Ciutat Meridiana, relata un episodio ilustrativo: llegar al centro en metro podía resultar una odisea añadida ya que, cuando se preguntaba sobre la parada destino, el ciudadano medio respondía “ahí lo tiene en el letrero”. 

Entrada de la Escuela Adultos Ciutat Meridiana

Entrada de la Escuela Adultos Ciutat Meridiana

Del campo a la ciudad

Esta migración del campo a la sociedad industrial es uno de los grandes cambios del siglo XX, como suelen recordar los historiadores y demógrafos. Las competencias que se requerían para sobrevivir en este escenario desconocido eran totalmente nuevas. Estar familiarizado con los secretos del mundo rural poco podía servir en un entorno urbano repleto de fábricas.

“Tiene el certificado o graduado escolar…, ¿no?”. Una respuesta negativa implicaba no poder acceder a los trabajos menos duros. Disponer de estudios suponía pasar un filtro hacia una mejora que permitía decir adiós a los fatigosos turnos de las cadenas de montaje (con un día de fiesta y dale gracias) y comenzar un empleo con mejores expectativas

En este sentido, erradicar el analfabetismo implicaba para muchas familias el abandono de una situación de precariedad personal y social para poder formar parte de la comunidad o, simplemente, sobrevivir. A un ritmo de 150 alumnos por curso, el profesor Bienvenido y su equipo concentraron sus fuerzas en eliminar este fenómeno hasta reducir a la mitad el índice de residentes sin alfabetizar.

La lucha contra el analfabetismo

Bienvenido lleva más de 40 años trabajando en este problema para que la educación sea un derecho universal sin importar el origen, la formación previa, los contactos, el bolsillo o la edad. Cuando iniciaron este proyecto en plena transición nadie obtenía nada sin luchar. Con la Ley General de Educación de 1970 aún en vigor, y con un borrador de proyecto de país y mucha tensión en las calles, el acceso a los estudios para quienes ya estaban en el mundo del trabajo --en aquel entonces, se podía trabajar a partir de los 14 años-- no era uno de esos bienes que hoy damos por supuestos en la sociedad como si formasen parte de la naturaleza.

“Conseguir una escuela parecía imposible”, relata el profesor. Pero las reivindicaciones --como cuando familias enteras, con carritos de niños, cortaron la Meridiana-- consiguieron los resultados deseados: la creación de las escuelas Ferrer i Guardia, Soller, Pegaso, Mercè Rodoreda y Ramón Berenguer; el instituto de Nou Barris y el centro cívico de Ciutat Meridiana, entre otros.

Biblioteca de la Escuela de Adultos Ciutat Meridiana

Biblioteca de la Escuela de Adultos Ciutat Meridiana

En ciertas zonas no había equipamientos básicos ni transporte. Bienvenido recuerda que en un barrio como el de Torre Baró, por ejemplo, no había ni agua. En este contexto de escasez, varios especialistas en magisterio procedentes de León plantearon la formación de adultos como uno de los servicios fundamentales para que los residentes pudieran prosperar y sacarse el certificado de estudios.

El profesor cree que antes de la recesión de 2008 había habido momentos mucho más duros: “La crisis de los setenta y ochenta se iba agudizando, había mucho paro”. Sin embargo, también había mucha motivación. Varias personas consiguieron el graduado escolar en un par de años. También se implementaron clases de lo que hoy llamamos formación profesional, como de auxiliar de enfermería, que hizo que muchas mujeres quienes, encontrándose aún bajo la presión social patriarcal, pudieran conseguir su primer empleo.

Además, gracias a las escuelas por las que lucharon muchos estudiantes, según relata el profesor, “continuaron estudiando el BUP y el COU, e incluso algunos consiguieron llegar a terminar una carrera universitaria”. Ello les permitía no solo una mejora laboral sino la apertura a un mundo nuevo: “Hacíamos tertulias literarias, obras de teatro…”, enfatiza.

Otro aspecto de importancia era la adaptación a las demandas del mercado. Igual que hoy, estar al margen de las innovaciones tecnológicas conllevaba un portazo a nuevas ofertas. Este fenómeno --agudizado según avanzaban los años-- ha sido atacado de raíz en la escuela: “Hoy damos formación en informática e impartimos cursos de hojas de cálculo”. 

El panóptico de la Administración

La Generalitat, por su parte, ni molestaba ni se la veía: “Estábamos de espaldas a ellos, pero siempre nos han dejado hacer”. Además, la educación de adultos perteneció durante los noventa a la consejería de bienestar social, no a la de educación. Esto, según Bienvenido, les “dejaba un abanico de posibilidades muy amplio”. 

Sin embargo, esta independencia tenía caducidad. Para empezar, se asoma una contradicción porque la Administración considera como educación de adultos la que va destinada a ciudadanos comprendidos entre los 18 y los 65 años, olvidándose de los jubilados. No se contempla la educación más allá. “Preparar para trabajar y evitar el fracaso escolar”. El objetivo de aprender como experiencia vital no encaja con los planes de las políticas educativas. 

Una consecuencia de esta tendencia es el traslado del centro para adaptarlo al modelo previsto por el gobierno autonómico. “Se cambia el concepto de escuela de adultos, que aprendan para producir”, apostilla. Se reajusta el servicio educativo como una herramienta práctica. La escuela, además, es un barracón en un solar calificado como zona verde, una isla en tierra de nadie. Un problema añadido.

Teatro improvisado en la Escuela de Adultos Ciutat Meridiana

Teatro improvisado en la Escuela de Adultos Ciutat Meridiana

Además, el traslado al instituto del barrio tampoco parece viable. “No hay sitio”, asegura el profesor. La normativa del Departamento de Educación prevé que el estudiante esté un par de años en la enseñanza de adultos y se marche. Así “se pierde ese vínculo personal entre el centro y sus alumnos; aquí aún vienen personas que empezaron a estudiar en los 80”.

El proyecto sobrevive

Con el paso de las décadas, este proyecto de solidaridad del extrarradio que ha vivido al margen de la Administración está en peligro de extinción. Bienvenido lo intuye con cierta desazón: “Quizá no interesa que continúe esta forma de educación, se ha ido perdiendo este modelo de relación con el alumno”. 

En los tiempos de especialización radical del sistema educativo, el barracón permanece como un símbolo de lucha vecinal sin más pretensión que garantizar la universalidad del derecho a la educación y la cultura, amenazado por alguna resolución administrativa con firma electrónica.