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Anna, niña ucraniana de acogida de los barceloneses Laia y Albert / CG

La angustia de una madre por traer a su hija de acogida de Ucrania

Laia y Albert están desesperados por escuchar la voz de Anna, su pequeña en acogida desde los siete años y de quien no saben nada desde el pasado sábado

6 min

Anna representa a la cara más cruel de la invasión de Ucrania perpetrada por el Gobierno de Vladimir Putin. Sus padres de acogida en Barcelona, Laia y Albert, están desesperados por escuchar su voz y su risa. O, al menos, un simple estoy bien. Y es que la última comunicación que tuvieron con la pequeña, de 13 años, fue el pasado sábado a las tres de la tarde. “Se la veía aguantando”, dice su madre de acogida, que vive con angustia por no saber qué está siendo de ella.

Pudo ver su cara durante unos minutos en una videollamada, pero se hacía el silencio cada vez que Laia hacía preguntas que podían resultar comprometedoras de ser escuchadas por los soldados rusos que habían entrado en su población. Ante estas cuestiones, la pequeña se limitaba a asentir o negar con la cabeza. "Tenía miedo" de que la comunicación fuera interceptaba por los soldados que realizan pesquisas de la zona de Ivankiv, a poca distancia de su aldea, Krastatachy. “Cuando le iba haciendo preguntas se empezó a derrumbar, pero no podía hablar”, relata.

Videollamada de Anna y Laia el sábado a las 15 horas / CG
Videollamada de Anna y Laia el sábado a las 15 horas / CG

Desde los siete años en acogida

Anna lleva desde los siete años en acogida con su “mamá de Barcelona”. Llegó a España gracias a que Laia y Albert se pusieron en contacto con la asociación És per tu (es por ti), que organiza viajes y estancias en Cataluña de niños ucranianos afectados por las radiaciones derivadas de la explosión nuclear de Chernóbil del 26 de abril de 1986. El hecho de salir unas semanas de su terreno hace que puedan recuperar sus defensas naturales entre siete y ocho años, por lo que es la mejor forma de evitar posibles enfermedades en un futuro provocadas por la radioactividad.

La última vez que Anna estuvo en Barcelona fue en Navidad, después de estar dos años sin viajar debido al Covid. Unos 45 niños --de los 70 que había en total acogidos por la asociación en diciembre-- pudieron disfrutar de esas fechas señaladas en Cataluña. Luego se marchó de nuevo a su pueblo ucraniano, donde vive con su abuela porque sus padres “se tienen que buscar la vida por trabajo”. La hermana de Anna vive en Polonia y el padre en Lituania. Ambos han perdido el contacto con su familia, que se ha quedado incomunicada.

Más de 1.200 familias quieren acoger niños

En cuestión de días, la asociación ha recibido más de 1.200 solicitudes para acoger a niños ucranianos que se encuentran atrapados. “Es un no parar de recibir mensajes”. Laia, también secretaria de la oenegé, reclama a los distintos gobiernos “hacer un cordón humanitario para sacar a esos niños de las aldeas y moverlos hacia un lugar seguro”. Su intención es conseguir trasladarlos hacia la frontera de Polonia, donde un autobús pueda llevarlos a España. Pero para ello, deben conseguir “un visado; un permiso con el que puedan estar tranquilos”. “No queremos que vayan a campos de refugiados”, remarca.

Sin embargo, los Ejecutivos --incluido el de la Generalitat-- dan largas a su petición. “Nos dicen que han recibido nuestra demanda, toman nota y ya nos dirán algo, pero pasan las horas y no podemos esperar más”. No tienen agua, ni luz, ni gas, y pasan mucho frío. Igual que Anna, el resto de pequeños que tienen lazos con familias catalanas se encuentran aislados para evitar los combates sin saber cómo ni cuándo podrán salir.

Anna y Laia / CG
Anna, niña ucraniana, y Laia, su madre de acogida en Barcelona / CG

Su mayor miedo

Para ser familia de acogida --tanto de niños como de mujeres--, se piden pocos requisitos, pero sí algunos imprescindibles. "No tener antecedentes penales ni sexuales y contar con una cama para dormir”, indica la secretaria de la oenegé. “Con muy poco, estarán mejor que en la guerra”, advierte esta madre, que se encuentra muy “agradecida” por todos los mensajes de apoyo que recibe. A medida que pasan las horas, Laia y Albert aprenden a convivir con la incertidumbre. “Mi mayor miedo son los soldados. En las casas no hay hombres, porque les obligan a irse al frente, sólo hay mujeres. Me preocupa lo que pueda ocurrir. No me lo perdonaría nunca”.

Explica a Crónica Global que la pequeña ya tenía decidido ir a estudiar a Barcelona. Una ciudad que le encanta, como ella misma ha demostrado en las redes sociales, que ahora están silenciadas. La invasión de Ucrania deja imágenes desoladoras en los últimos días, pero la esperanza de Laia y Albert sigue intacta.