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Dos hombres mirando una mujer que camina con falda por la calle

Acoso: dos casos que representan a más de una

Alba y Jessica se han encontrado en situaciones muy difíciles con las que muchas mujeres se sienten identificadas

Margalida Vidal / Paula Mirkin
08.03.2018 00:00 h.
4 min

Tener miedo al volver a casa de noche sola, sentirse observada al llevar falda y escuchar comentarios obscenos son formas de acoso que todas las mujeres han sufrido alguna vez. Son situaciones del día a día que se han normalizado y se intentan ignorar, aunque incomoden. Los casos más graves son también los más evidentes, pero no los únicos. Lo explican Alba y Jessica con incidentes concretos. 

¿Has sufrido alguna vez acoso? “Sí, como todas”, responde Alba. Tiene 28 años, vive en Madrid y es “periodista precarizada”, freelance. Asegura que podría contar muchos casos. El metro y los trayectos desde y hacia el transporte público son escenarios recurrentes. Se acuerda de los “babosos”, los chicos que aprovechan el poco espacio y la oscuridad de una discoteca “para toquetearte” y los que “te siguen escribiendo aunque les digas mil veces que no”.

Pero el caso que más recuerda es otro, que pasó por la mañana de camino a la universidad. Iba andando y se paró un coche a su altura, bajó la ventanilla y un chico le pidió indicaciones. “Cuando me di cuenta, se había sacado el pene y me preguntaba si le quería hacer una mamada”, relata Alba.

Cambio de vida

Jessica también ha sufrido acoso, pero solo en una ocasión y con 12 años. Iba en el metro cada día sola desde su casa hasta el colegio y dos veces por semana un hombre la acosaba. “Se me acercaba mucho, me tocaba y esas cosas”, comenta en un escueto relato. Aquel episodio --repetido en indefinidas ocasiones-- le hizo tomar la decisión de dejar de estudiar.

Hoy tiene 35 años, es madre soltera y se dedica a la limpieza. “El trabajo de la limpieza parece que sea solo de mujeres, hay un poco de discriminación”, confiesa. El acoso no ha vuelto a entrar en su vida y hoy se manifiesta principalmente por la brecha salarial y por la falta de ayudas que reciben las madres solteras en España. “Si no tienes la manutención del padre no te ayudan por más de un año, y para tener una vivienda social primero tienes que pasar por un desahucio”, explica Jessica y sentencia: "Ser mujer y ser madre soltera es lo peor, estás limitada para todo”.

“Las mujeres, más precarizadas”

La razón de Alba para manifestarse es la situación de la mujer trabajadora. “Con la crisis se vio que la precariedad nos afecta más a nosotras: somos las que más empleos perdimos, las que más nos quedamos en casa y las más invisibilizadas”, asegura. Al terminar la carrera de periodismo, decidió irse a estudiar inglés al extranjero y, cuando volvió, la esperaban contratos temporales como becaria.

“Hace siete meses me cansé y me hice freelance; todavía estoy probando”, explica. Alba no tiene un sueldo asegurado y se define como una persona “económicamente dependiente”. Su oficina es una biblioteca pública, a la que va para no gastar calefacción en casa, y el máximo que ha llegado a cobrar en su aventura forzada como autónoma son 400 euros en un mes.

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