Un oportuno tratado de filosofía política

02.08.2015
9 min

El filósofo y pedagogo Gregorio Luri (*) acaba de publicar un libro sobre el proceso y condena de Sócrates, basado en las fuentes clásicas, sobre todo en Platón, de quien es un renombrado especialista que puede y debe leerse, sin embargo, como un provechoso tratado de filosofía política, porque, remontándose al siglo V a.C., nos alumbra nuestro presente del siglo XXI con una potencia iluminadora que nos ciega de lucidez:

"Este libro ha sido escrito con la intención de mostrar que nos comprendemos mejor a nosotros mismos cuando constatamos que muchos problemas del presente están bien iluminados por la luz que procede del pasado".

Sobre lo que reflexiona el sabio de Ocata es sobre lo que los antiguos denominaron politeia, es decir, la política, pero no tal y como la entendemos ahora, como una técnica, sino como el alma constitutiva de cada sociedad humana agrupada bajo el marbete que se escoja: sociedad, nación, república, etc. Los rasgos identificadores de la politeia, lo que los políticos nacionalistas del día llaman “lo nuestro” sería lo que identificaría una politeia dada. Ahora bien, hablamos de una construcción intelectual que no tiene absolutamente nada de natural, es más, se opone, incluso a lo natural, entendido como la ausencia de la ley que regula las relaciones sociales:

"Lo que defiende Platón en el 'Critón' y en la 'República' es que toda comunidad para ser comunidad necesita educarse en una politeia. Y solo en una, para que pueda ser posible hablar de “lo nuestro”. Pero “lo nuestro” es una verdad construida que en último extremo, pretende hacer creer a los individuos que las diferencias que encuentran entre ellos son menores que sus similitudes; que son un pueblo, una nación, un sentimiento y un sentido y que su historia se puede explicar como poesía nacional. A la verdad construida que la politeia hace posible, Platón la llama 'noble mentira'".

La politeia, en consecuencia, sigue diciendo Luri, "es el arte de hacer bailar a una comunidad política al son de una música que sólo los miembros de esa comunidad creen oír. (…) Lo extranjero es extraño por la sencilla razón de que el de afuera del grupo ve los movimientos de los que bailan, pero no oye la música que los mueve. Desde este punto de vista, el desarraigo (especialmente el filosófico) es el fenómeno humano que nos hace extranjeros de nuestro grupo. (…) En definitiva, lo que la Politeia le dice a Sócrates es que, tanto política como filosóficamente, su deber es cumplir con su deber. Y se cumple con él obedeciendo a lo que nos permite ser lo que somos. Aquí nos aparece de nuevo la relación entre legalidad y legitimidad. Se trata de saber si el ciudadano está legitimado para incumplir la ley que le parece injusta o si no hay otra legitimidad que la que emana de las mismas leyes. La Politeia lo ha dejado muy clatro: la ley se reforma legalmente. (…) Más allá de la ley lo que se encuentra es la naturaleza".

El final de esta cita nos permite advertir claramente la palpitación actual del contenido del libro de Luri. Lo que se ventilaba en el juicio de Sócrates no está muy lejos, como se ve, de lo que se ventila en la aventura golpista del proceso secesionista. La tensión entre colectividad e individuo es la que arroja al filósofo, como instancia crítica de lo real, al exilio, al desarraigo, a la marginación. Pero queda meridianamente claro que una sociedad política solo puede definirse en relación con la legalidad que la constituye. Más allá de la legalidad, concluye Luri, está la naturaleza, la ley del más fuerte, la injusticia, el caos.

Lo que se ventilaba en el juicio de Sócrates no está muy lejos de lo que se ventila en la aventura golpista del proceso secesionista

En esta confrontación entre la subjetividad del individuo y las razones de la ciudad es donde se aprecia la modernidad del tratado de Gregorio Luri y la vigencia de Sócrates como auténtico “demonio” que se complace en subvertir las verdades oficiales con la única intención hermenéutica de establecer su propio conocimiento positivo, aquella ironía suya, final, del solamente saber que nada sabe, aunque el oráculo de Delfos dijera que nadie era más sabio que él. Sócrates es una figura demasiado singular en la historia del pensamiento –el hecho de que se haga alusión a que escribió un himno al sol poco antes de morir es lo único que confirma que no fuera ágrafo, por ejemplo– como para no sacar excelentes enseñanzas de un proceso como el suyo en el que, realizado con todas las garantías legales de la época, lo que más les chocó a sus contemporáneos fue la pésima defensa que hizo de sí mismo, de lo que se deriva la teoría de que, no queriendo alargar su vida para no afrontar la decadencia inminente de la vejez, viera en ese juicio un modo de acabar airosamente su existencia, proclamando su sujeción virtuosa a la preeminencia de la ley, por adversa que le fuese.

En el proceso contra Sócrates se dirimía, básicamente, si éste había sido o no un impío respecto de los dioses del lugar, es decir, si los acataba acríticamente:

"También hoy, aunque de otra forma, la piedad y la impiedad siguen siendo un asunto político, puesto que ninguna comunidad política acepta bromas sobre lo que considera sagrado. Y una comunidad merece serlo cuando posee algo que considera lo más alto. Ciertas faltas de respeto hacia los símbolos públicos están fuertemente penadas. Y nadie se sorprende por ello. Todo régimen político posee sus mitos intocables... al menos mientras cree firmemente en sus propios valores".

La democracia actual, sin embargo, tiene su fundamento en el famoso concepto de Habermas: el patriotismo constitucional, lo que impide que la politeia se origine en torno a conceptos subjetivos y románticos como el pueblo, la nación, la cultura o la lengua, entre otros tótems abusados, que son, por definición, polémicos y excluyentes. El mayor peligro de nuestra democracia es, precisamente, que la autonomía individual solo sea posible, como apunta Luri, como resultado "de una manipulación educativa, porque antes de ser un autos (un sujeto autónomo) fuimos personas completamente dependientes de una comunidad, comenzando por la de nuestra familia. (…) El autos es la realización de la individualidad posible en una comunidad de acogida determinada. (…) El autos es el producto de una comunidad política predispuesta a fomentar la individualidad", y de ahí los esfuerzos desplegados por los secesionistas en la inmersión política, que no educativa.

Lo presente es una breve muestra del interés excepcional de la indagación crítica sobre el proceso y muerte de Sócrates, una obra académica que se lee como una novela policiaca y una filosofía política que se lee como una biografía de Sócrates. Ningún corolario mejor que el que el propio Luri nos ofrece:

"Hay momentos en la vida de una comunidad en la que ésta se siente fascinada por el advenimiento de su propio poder y sospecha que cualquiera que rompa su fascinación está impulsado por intenciones poco respetables. Mientras vive la ilusión de su propia energía, no acepta ningún constreñimiento formal. En esos momentos, lo que cuenta es la conciencia del entusiasmo colectivo. Éste es, sin duda, el momento más crítico para una democracia. La prueba de ellos es que la energía democrática puesta al servicio del entusiasmo de la acción directa, más de una vez ha conducido a la instauración de un régimen antidemocrático con el aplauso del pueblo desencantado de su propio poder. El poder del pueblo es poder, pero desprovisto del constreñimiento de la ley, no necesariamente es un poder sensato".

*Luri, Gregorio: '¿Matar a Sócrates? El filósofo que desafía a la ciudad'. Ariel. Barcelona, 2015.

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¿Quién es... Juan Pérez?
Juan Pérez

Catedrático de Instituto jubilado y crítico de cine en CRÓNICA GLOBAL. Es autor del blog 'Provincia mayor que el mundo eres...'.

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Marino 25/08/2015 - 11:10h
Desgraciadamente la Filosofía Política no interesa. Los principios han sido traicionados por intereses pero como resulta mezquino decir que lo que se defienden son intereses se invocan principios elevados manipulando el lenguaje: "derecho a decidir, democracia, asamblea, progresismo..." Es el envilecimiento del otro al que aludió Pujol cuando denunció la política de Franco en su visita a Barcelona y que denunció Antonio Robles en un artículo diciendo que el cortijo nacionalista había corrompido a la sociedad, es decir, al crear una corte de agradecidos la había envilecido. Y el envilecido ya no es libre. Sócrates es el ejemplo supremo del hombre íntegro, el opuesto al corrupto o carente de principios, o que cree tener principios que (qué casualidad) coinciden con sus intereses materiales.
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