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Sudor en Shanghai

28.11.2015 00:00 h.
3 min

Uno de los momentos que recuerdo con mas hilaridad de mis andanzas por esos lugares del mundo fue una noche de verano a 40 grados, en Shanghai, en un antro de mala muerte donde nos habían dicho que servían cubos de deliciosos cangrejos blancos fritos.

Al entrar en el local, lleno a rebosar de gente devorando cangrejos con las manos, con la tele a tope, sin aire acondicionado, nos sentaron en un rincón donde, tras unos veinte minutos, un camarero muy serio, completamente empapado en sudor se acercó a nuestra mesa y, sin mediar palabra antes de que pudiéramos pedirle nada, empezó a sacar las servilletas del servilletero, a secarse con ellas las cataratas de sudor que le caían desde la coronilla y a tirarlas sin inmutarse, sobre nuestra mesa y hasta sobre nosotros.

En nuestro caso, nos pudieron la risa y la gula y acabamos comiendo cangrejos, que estaban de muerte, y tirándole al camarero servilletas empapadas con nuestro propio sudor

Es de esos momentos en que las personas nos sentimos divididas entre la gula y el asco y la risa floja. En nuestro caso, nos pudieron la risa y la gula y acabamos comiendo cangrejos, que estaban de muerte, y tirándole al camarero servilletas empapadas con nuestro propio sudor.

Pero no todos los camareros en Shanghai son así. En el otro extremo del espectro me invitaron a un restaurante de alto copete, situado en una de las zonas más residenciales de la ciudad, donde, antes de sentarte en la mesa, unos camareros de aire ceremonioso, impecablemente vestidos con batas blancas de médico, te tomaban el pulso y te miraban el iris y apuntaban los resultados en un cuadernillo que pasaban a la cocina, donde no menos pulcras cocineras elaboraban un menú individual según el estado que la medición del pulso y el iris indicaban.

Recuerdo una sopa con raviolis al vapor que sabía mucho a vinagre que se suponía iba a arreglarme la vesícula, y un té amargo que me iba a dejar el hígado como nuevo. Pero reconozco que tanto plato salutífero me hizo echar de menos los cubos de plástico llenos de cangrejos fritos y hasta las servilletas del camarero sudoroso.

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tobermory 29/11/2015 - 12:01h
Encantado de leer sus andanzas culinarias en Crónica Global. Hablando de fritos, según me cuenta un amigo malagueño que vive allí, que en plena temporada de verano, si a uno le da el bajonazo se puede comer unos boquerones adobados ídem en algún chiringuito-playa tan chuchurríos que te da por pensar si las cataratas se las enjugaran con servilletas en la cocina o irán a parar directamente al adobo. Y todo por el módico precio de 2 euros la unidad. Sangre, sudor... y lágrimas. Chungo y caro. La síntesis perfecta entre los dos extremos de locales donde pasar un estimulante día de playa con los amigos. Un cordial saludo.
tobermory 29/11/2015 - 12:01h
Su experiencia en el restaurante de alto copete en Shanghai me ha recordado algo parecido que le ocurrió a un amigo en uno de esos restaurantes más campechanos que místicos de por aquí. Los camareros nos tomaron la comanda y una muestra de pelo, Un pica-pica y de plat de resistence un rodaballo "salvaje" que los cocineros habían cabreado previamente en la cocina. Al final vino el dueño, miró fijamente al iris del presunto paganini y anotó a ojo de buen cubero el total de la cuenta en un cuadernillo. Luego le tomó el pulso y la tarjeta y nos invitó a unos chupitos vasodilatadores a todos.
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