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Pese a ser una ciudadana pacífica, he tenido dos experiencias muy desagradables con la policía autonómica catalana, ambas en 2012. La primera fue el 29 de febrero, en una manifestación de estudiantes, profesores y PAS de las universidades catalanas a la que también se sumaron los alumnos de secundaria.

Era una manifestación tranquila, aunque, al pasar por la Bolsa, sobre la una del mediodía, unos cuantos energúmenos lanzaron piedras y pinturas contra el edificio. Pocos, muy pocos, entre miles de personas.

De repente, llegaron los Mossos d'Esquadra e intentaron disolver una sentada pacífica de los estudiantes entrando con las furgonetas sin ningún tipo de miramiento

Pasadas las dos de la tarde, en una apacible Enrique Granados con Diputación, cuando ya dábamos la manifestación por acabada, nos sentamos a tomar algo. De repente, llegaron los Mossos d'Esquadra e intentaron disolver una sentada pacífica de los estudiantes entrando con las furgonetas sin ningún tipo de miramiento. Y empezaron a cargar. Carreras, miedo, sangre, adolescentes con ataques de nervios. Y mucha rabia e indignación. Porque no estábamos haciendo nada. Como ya he dicho, nosotros habíamos participado de la protesta, pero es que había muchas personas en aquellas terrazas que estaban allí comiendo sin más. Yo acabé refugiada en un bar, sin saber qué había sido de mis colegas y con mucho miedo, sobre todo, por los menores de edad. A mí no me alcanzaron las porras, pero estaba aterrorizada. Al día siguiente supe que uno de mis alumnos acabó con la pierna vendada por los golpes.

Al llegar a casa, con el corazón todavía acelerado, puse la televisión pública, primero la catalana y luego la española. Según ambos noticiarios, las cargas policiales tenían que ver con los ataques a la Bolsa. Pero no, ambos sucesos estaban separados en el tiempo (una hora) y en el espacio (cerca de un kilómetro). En la calle en la que yo estaba no se había quemado ningún contenedor, ni nada por el estilo, otro de los argumentos que se dieron para justificar las cargas. Los Mossos pegaron, pegaron mucho y no había ningún motivo para ello. Doy fe porque estaba allí.

Justo un mes después, en otra manifestación universitaria, los Mossos d'Esquadra capturaron a dos universitarios que estuvieron varias semanas privados de libertad bajo la acusación de violencia callejera y desórdenes públicos. Estaban en prisión preventiva por pertenecer a un supuesto grupo organizado responsable de los frecuentes alborotos que se producen en la ciudad de Barcelona (casualmente, esos alborotadores siempre se quedan en su casa el 11 de septiembre). Su entorno negaba rotundamente ese hecho y, además, se trataba de alumnos brillantes.

El 2 de abril, se celebró una concentración en la Plaza de Universidad para pedir la libertad de los dos detenidos que se convirtió en una manifestación hasta la cárcel Modelo. Allí, los Mossos, con unos chalecos que ocultaban el número de identificación, los cascos puestos y una bufanda que les tapaba media cara, custodiaban el edificio porras en mano.

Se trataba de una manifestación pacífica y bastante numerosa en la que no se había producido ningún disturbio pero, de repente, vimos a dos jóvenes muy nerviosas que empujaban una silla de ruedas vacía. Habían detenido a su dueño y la habían dejado allí esperando que alguien se hiciera cargo de ella. En la silla estaba toda la documentación del detenido, José Miguel Esteban que, en un auténtico acto de guerrilla urbana, había pretendido ir por la acera. Difícil es explicar la rabia e indignación que sentimos.

A uno de los periodistas le pegaron con la porra mientras intentaba grabar dicha detención pese a que iba bien identificado con un chaleco naranja en el que ponía "prensa"

Unas personas se hicieron cargo de la silla; otras, llamaron a un abogado; otras, hicimos fotos para difundirlas en las redes sociales y hablamos con los medios de comunicación que empezaban a llegar a la zona. A uno de los periodistas, por cierto, le pegaron con la porra mientras intentaba grabar dicha detención pese a que iba bien identificado con un chaleco naranja en el que ponía "prensa". Y, por supuesto, todo el mundo estaba muy preocupado por esa persona que no podía desplazarse si no era con su silla y a la que, lo supimos después, habían lesionado al levantar de forma violenta para meterlo en la furgoneta.

Ambos hechos resultan terribles e inaceptables en una democracia, pero se quedan en nada si lo comparamos con la pérdida del ojo de Ester Quintana o la muerte del empresario Juan Andrés Benítez. En el caso de la primera, a medida que han ido apareciendo pruebas que confirman la versión que siempre ha dado la víctima -y cualquiera que vea el vídeo no puede tener dudas de que dice la verdad-, los diferentes responsables han ido cambiando sus afirmaciones. Es evidente, pues, que han mentido varias veces. Por si todo eso fuera poco, han demostrado una falta de empatía con ella que roza lo inhumano.

En el caso del segundo, vamos por el mismo camino. El vídeo es bastante explícito: cuatro mossos golpean repetidamente a alguien que está en el suelo mientras otros alejan a los transeúntes con la porra. El comisario Josep Lluís Trapero afirma que los golpes han sido en el tronco aunque la autopsia revela que murió por múltiples traumatismos en la región cráneo-facial. Las imágenes y los testimonios parecen corroborar el informe de la Policía Nacional que Ramon Espadaler, consejero de Interior de la Generalidad, niega rotundamente. También niega que se haya requerido a los vecinos posibles vídeos pese a que un testimonio ha declarado ante la juez Eva Moltó que dos policías de uniforme y otro de paisano llamaron a su puerta para preguntar si tenían alguna grabación y, en caso afirmativo, exigir su entrega. Y parece ser que no es el único que lo afirma.

No deja de ser sorprendente que CiU y ERC, esos dos partidos que se dedican a dar lecciones de democracia a todo aquel que no piense como ellos, mantengan en su cargo a Manel Prat, director de los Mossos d'Esquadra o que defiendan a ese cuerpo a capa y espada cuando las evidencias en su contra son tantas. Como ejemplo, recordar que Pep Figueras, secretario de Organización Ejecutiva Regional del Penedés de ERC, mientras todos nos estremecíamos con los gritos de Benítez audibles en el vídeo, escribía en su cuenta de Twitter: "Que alguien explique cómo se detiene a un malparido que se resiste sin utilizar un mínimo de violencia. Buen trabajo, Mossos". Debe de ser lo que ellos entienden por democracia radical.

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¿Quién es... Sonia Sierra?
Sonia Sierra
Doctora en Filología española y profesora de Lengua y Literatura españolas en Barcelona. Miembro del colectivo Puerta de Brandemburgo. Concejal de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona.
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m.a. 25/08/2015 - 11:35h
Las palabras del Sr. Pep Figueras son propias de una persona que carece de un mínimo sentido de humanidad, cuando está haciendo referencia a un suceso que acabó con la muerte de forma brutal de un ciudadano en el momento de su detención. ¿Esta es la línea de la nueva Catalunya?
Olegario 25/08/2015 - 11:35h
Quizá sea oportuno recordar que, cuando se redactó el primer Estatut, se desechó contar con una policía autonómica catalana. Roca argumentó que no estaba justificado, ya que, a diferencia del País Vasco, en Cataluña no había terrorismo. Posteriormente empezó la creación de estructuras de estado, para lo cual siempre hay excusa, aunque la única razón sea que La Administración Pública ha sido el gran descubrimiento de "las 400 familias". En efecto, jamás han tenido más dinero, medios y empleos a su alcance para ocupar a su inacabable trama de intereses. Ello sin contar con las conexiones y tramas de negocios, legales, ilegales o alegales, que alrededor de La Administración se generan. Luego viene lo de los costes de los servicios públicos y las comparativas entre retribuciones y mantenimiento de los distintos cuerpos de seguridad. Baste recordar que un dirigente nacionalista afirmó que a su policía les podían comprar porras Loewe.
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