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Los españoles no se dejarán amputar el nordeste de su corazón

por Roberto Giménez

27.11.2015
Roberto Giménez
4 min

El artículo del amigo Juan Carlos Segura titulado 'El adoctrinamiento de la escuela catalana' fue un pelotazo pero, yendo a la metáfora de una corrida de toros, le falló no la espada, sino el puntillazo final, porque hasta ese lance su discurso era implacable. Lo podía haber firmado José Tomás, dando tres ejemplos vividos del trabajo que hacen en la escuela para moldear el espíritu nacional de los alumnos catalanes.

Si cuarenta años de franquismo no consiguieron erradicar la conciencia catalana, tampoco lo van a conseguir estos otros nacionalistas

El puntillazo, a modo de corolario, era que en unos años habrá en Cataluña una mayoría social seducida o abocada al separatismo, por esa zapa manipulada que se hace desde la escuela, siguiendo el plan de formación del espíritu nacional trazado en 1990 por los ideólogos convergentes, como expliqué en 'Doce coincidencias entre CDC y el Mein Kampf'.

En ese artículo acababa diciendo que, si se cambiaba el nombre de Cataluña por el de España, el programa escolar no divergía del franquista más puro del III Año Triunfal en cuanto a grabar en la mente de los niños esa conciencia nacional catalana. A quien le parezca una exageración le remito al citado artículo que podrán leer con un simple clic.

Pero no estoy de acuerdo con Juan Carlos Segura, y estoy seguro de que mi colega quisiera que pasara el por qué no estoy de acuerdo. Si cuarenta años de franquismo no consiguieron erradicar la conciencia catalana, tampoco lo van a conseguir estos otros nacionalistas. No sólo porque hoy el mundo está mucho más interconectado que entonces, sino porque España no es un invento del franquismo como ya creen muchos escolares de la ESO, sino una realidad cuyas raíces se hunden en la Historia.

Sobre este asunto tengo preparados otros artículos que iré desgranando, pero hoy sólo me centraré en por qué España no va a desaparecer. La razón básica es que la pretendida separación de Cataluña sería la muerte de España. Sin más.

Hay decenas de millones de españoles, no sólo dos millones de separatistas, que no van a dejar de amputarse el corazón

No por una cuestión de viabilidad económica como alegan los separatas en su discurso del cuento de la lechera de que una Cataluña independiente sería la Holanda del Mediterráneo con una renta per capita dos veces superior a la de Qatar, como explica Josep Borrell, en su último libro, sino porque España sin Cataluña, sería como una España sin Castilla, o sin el País Vasco, o sin Andalucía... Sería otra cosa. Algo así como Expaña.

Los separatistas no son capaces de entenderlo porque les falta empatía, ese no saber entender lo que piensa el otro. La mayoría de los españoles sienten Cataluña como una parte más de su nación. Como yo, catalán de nacimiento, siento a Valencia, Baleares, Aragón o Extremadura.

Cataluña, para un buen español, es el nordeste de su corazón, en frase feliz de Antonio Gala (ya quisiera que fuera mía), como la Torre de Hércules está en el noroeste, y hay decenas de millones de españoles, no sólo dos millones de separatistas, que no van a dejar de amputarse el corazón.

Si la banda de Forcadell tuviera una miaja de empatía, lo entendería.

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Marino 27/11/2015 - 11:23h
Muy bueno señor Giménez Gracia. Por mucho que quieran no conseguirán que dentro de veinte años todos los habitantes de Cataluña sean independentistas. Si la dictadura silenciando no lo consiguió, en democracia sonriendo y argumentando con los pies lo conseguirán menos. Hasta ahora podían amedrentar a la población o silenciarla mediante utilización perversa del poder y alianzas políticas incomprensibles. Ahora no pueden porque los ciudadanos hablamos en los foros y ahí su discurso no sirve pues las mentiras se desmontan fácilmente y las verdades se repiten constantemente. Ninguna mentira política ha sobrevivido en el mundo si la población se ha podido expresar y ha repetido sus verdades. Afortunadamente ahora podemos hacerlo. Además no pueden subvencionar a todos y al final el periodismo libre se impone.
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