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La revolución el sentido común

por Robert Albiol

28.08.2015
4 min

A falta de un mes para las terceras elecciones autonómicas celebradas en cinco años en Cataluña, en la mente de la mayoría de catalanes se mezcla un sentimiento de cansancio y esperanza; cansancio, puesto que llevamos cinco años de campaña electoral constante, impulsada desde todo el órdago independentista, que desplaza aquellos problemas reales que los ciudadanos de Cataluña deseamos que sean resueltos por nuestros políticos. Y esperanza, porque tenemos en nuestras manos una oportunidad histórica para botar a los secesionistas de nuestras instituciones.

En todos estos años hemos podido vislumbrar un cambio trascendental en la política catalana; por un lado, la reducción a una simple nomenclatura de un partido que decía ser de izquierdas, por otro, como un proyecto que propugnaba romper con España ha roto, paradójicamente, a su principal impulsor; todo ello edulcorado por plataformas subvencionadas cuyo único objetivo es crear fractura social y separar en buenos y malos a los habitantes de Cataluña.

Para cambiar la realidad política catalana es necesario que exista una revolución; la del sentido común, que inunde tanto plataformas ciudadanas como partidos políticos constitucionalistas

Como es lógico, toda acción tiene una reacción; podríamos decir que todos aquellos catalanes que mirábamos con recelo a los que anunciaban a los cuatro vientos que la tierra era plana, y que perteneciendo a España nuestra región se veía condenada al abismo, despertamos de un largo letargo para defender la pluralidad, la igualdad entre ciudadanos y el europeísmo de una región surgida de dichos valores.

A día de hoy, esta mayoría social puede convertirse en mayoría política en la próxima legislatura, pudiendo constituirse un gobierno que se preocupe de una vez por todas de los problemas reales de los catalanes (el paro y la precariedad laboral).

Pero cabe advertir que para cambiar la realidad política catalana es necesario que exista una revolución; la del sentido común, que inunde tanto plataformas ciudadanas como partidos políticos constitucionalistas. Venimos de un periodo donde era impensable que izquierdas y derechas formaran mayorías que desplazaran a secesionistas de espacios públicos, un graso error de la política española. No obstante, esta etapa se ha cerrado de un portazo para dar lugar a un escenario donde no es extraño ver a fuerzas de distinta índole impulsando acuerdos que sirvan para mejorar el país; para hacer llegar la política a los ciudadanos y para hacer, en definitiva, política en mayúsculas. Porque tan importante es defender unos ideales con firmeza como saber llegar a acuerdos en puntos fundamentales con gente de ideología antitética a la tuya por el bien del país; y esto, desde mi punto de vista, es lo que diferencia a los políticos de estado de los políticos de partido.

Es en esta dirección en la que los jóvenes tenemos que remar; hay que aprender de los errores del pasado, hay que detectar los problemas del presente y hay que diseñar, entre todos, un proyecto de España que ilusione y consiga que los ciudadanos vayamos de la mano, sin tener en cuenta el color político de cada uno, por un futuro mejor.

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