La maraña socialista

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La Conferencia Política que el PSOE ha celebrado este fin de semana en Madrid ha arrojado, a falta de decisiones trascendentes, un sinfín de discursos llenos de follaje. Se comprende. Cuando uno sabe que nada importante va a resolverse en el cónclave al que ha sido invitado -y lo único importante en estos momentos, en el seno del socialismo español, es la lucha por el poder, o sea, la convocatoria de primarias, urgida por muchos y dilatada por los que mandan- trata por lo menos de marcar territorio con la palabra. De ahí ese discurso de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, reclamando "un partido que [defienda] a España y [defienda] su unidad". O la intervención de la vicesecretaria Valenciano pidiendo también unidad -aunque, eso sí, dentro de la diversidad o, lo que es lo mismo, federalismo mediante-. O esa respuesta del catalán Pere Navarro al ofrecimiento de "cariño", "comprensión" y "apoyo desde la discrepancia" que le había hecho Díaz: "La mano tendida es mutua". O, aún, lo dicho por el propio secretario general Pérez Rubalcaba en la clausura: que el PSOE salía de la conferencia "imparable, fuerte, unido y con las ideas claras". La escenificación, en síntesis, de una suerte de pax hispanica, no en el plano exterior, como en tiempos de Felipe III y el Duque de Lerma, sino en el estrictamente partidista. O sea, en el más interior y corporativo de cuantos puedan imaginarse.

Según Soler, pues, la unión se sustentaría en una especie de do ut des. Nada de principios doctrinales, de ideologías centenarias compartidas: un mero juego de intereses

Pero escenificación al cabo. Porque es evidente que no existe en este momento pax alguna entre los socialistas españoles. Ni en lo tocante a los tiempos más aconsejables para elegir candidato ni, por supuesto, en lo que respecta a la cuestión catalana -a no ser que uno quiera creer en el mantra federalista y en una no menos quimérica reforma constitucional­-. Ayer mismo, sin ir más lejos, teníamos noticia de unas declaraciones de un dirigente del PSC, por un lado, y de una encuesta realizada entre la militancia, por otro, que vienen a desmentir cualquier atisbo de fortaleza en la familia socialista. Albert Soler, flamante coordinador de la escuadra catalana en el Congreso tras la caída en barrena de José Zaragoza y el consiguiente corrimiento de piezas, afirmaba en El Mundo que la ruptura entre PSC y PSOE es imposible, "porque la única posibilidad real de que el PSOE vuelva a gobernar España es que no rompa con el PSC" y la única posibilidad de que un Gobierno español permita una consulta sobre el manido derecho a decidir, o sea, lo que el PSC aspira a lograr, es que lo presida alguien del PSOE. Según Soler, pues, la unión -o, mejor dicho, la no ruptura-­ se sustentaría en una especie de do ut des. Nada de principios doctrinales, de ideologías centenarias compartidas: un mero juego de intereses. Pero resulta que de una encuesta entre la militancia socialista encargada por La Razón se desprende que un 50% desearía que el PSOE recuperara sus siglas en Cataluña o, lo que es lo mismo, que el PSC se partiera en dos -o en cuatro o en veinticuatro, vaya usted a saber-. Por supuesto, lo que piense la militancia no tiene por qué afectar a las decisiones que tomen los dirigentes del partido. Pero no deja de ser un síntoma de por dónde van o pueden ir los tiros.

Porque tiros habrá. Los sondeos hablan de un descenso considerable de los socialistas catalanes en unas hipotéticas elecciones generales: de los 14 diputados actuales a 9 u 8. Y eso, sin ruptura. De darse esta y de presentar el PSOE su propia candidatura en Cataluña, la sangría podría llegar a ser incluso mucho mayor, aunque sólo sea porque, en caso de fractura, la suma de los factores no acostumbra a sumar como sumaba antes. Claro que lo más triste de la maraña en que andan enredados los socialistas hispánicos es que esa "única posibilidad real de que el PSOE vuelva a gobernar España" que el diputado Soler vincula al mantenimiento del pacto con el PSC no es ni siquiera, a estas alturas, una posibilidad, por más que en la trastienda socialista el ocioso Caldera vaya sacando encuestas que apuntan a una clamorosa victoria electoral de los biznietos o tataranietos de Pablo Iglesias.

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¿Quién es... Xavier Pericay?
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Escritor y filólogo. Ha impartido clases en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Ramon Llull. Está considerado uno de los mejores especialistas en la vida y la obra de Josep Pla. Trabajó en el Diari de Barcelona y colabora en Abc.
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Olegario 25/08/2015 - 11:35h
El PSC,y lo que representa, es la piedra atada al cuello del PSOE. Un PSOE que se está hundiendo solo, pero el PSC hace más seguro y más rápido dicho hundimiento.
Juan Pérez 25/08/2015 - 11:35h
S'ha de negar la major, perquè no està escrit enlloc que el PSOE sense el PSC no pugui governar Espanya. Allò que perdria per un cantó el guanyaria per un altre, tot i que si canvia la llei electoral, la qual cosa és una necessitat, més que no pas un desig, tots dos, PP i PSOE tindrien les mateixes dificultats per formar govern. Penso que convé que els partits petits guanyin molts vots per posar-li preui al futur govern: constituir-se per canviar la llei electora, dissoldre's després i celebrar noves eleccions a les quals el principi democràtic bàsic, una persona, un vot, sigui realitat. I després d'això "a quien dios se la dé,que san Pedro se la bendiga".
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