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La Cataluña independiente de Jardiel Poncela

por Roberto Giménez

21.08.2015
Roberto Giménez
5 min

Imaginemos algo que no ocurrirá pero que es el sueño de los independentistas. Una representación del teatro del absurdo que en nuestro país popularizó el director teatral Enrique Jardiel Poncela, miembro de la otra generación de 27.

Me gustaría que ocurriera un imposible, ya puestos en el absurdo: que todos viéramos los efectos reales de una Declaración Unilateral de Independencia. Pero verlo en estéreo en una pantalla en tres dimensiones de IMAX, como los que se extinguieron en el Port Vell.

Una DUI sería lo más parecido a lo que temía Josep Tarradellas: en política está permitido todo, salvo hacer el ridículo

Una sesión sintética de dos horas y, luego, al salir a la calle ver que aquello simplemente había sido un sueño-pesadilla en la que por una vez estaríamos todos de acuerdo, separatistas y no separatistas.

Quiero creer que todos queremos lo mejor para nuestros hijos, que no puede ser otra cosa que lo mejor para Cataluña.

Este es el guión: imaginemos que el 27S el comportamiento electoral sea el habitual en unas elecciones autonómicas, de una participación del 60%. Cuanto menos participación, más aumenta las probabilidades que la SL de intereses mutuos, formada por Artur y Oriol, obtenga una mayoría de escaños para declarar la DUI. Suena a anticonceptivo.

Como se trata de una Declaración Unilateral y, en consecuencia, no pactada con el Estado, no sería reconocida oficialmente. Por lo tanto, una declaración así sería lo más parecido a lo que temía Josep Tarradellas: en política está permitido todo, salvo hacer el ridículo.

El president Artur Mas, en el caso de que Raúl Romeva haya sido tan generoso de cederle el sitial, ha defendido una y cien veces, para que los pensionistas y los parados no teman, que el gobierno español les pagará las pensiones y las nóminas porque ese dinero es suyo. El dinero es de los ciudadanos. El Estado sólo tiene la caja y la llave, que no es poco cuando se trata de pagar a extranjeros ex novo...

No es que Mas sea un ingenuo, pero tenía que decirlo en esa huida hacia delante de los tres últimos años, para continuar en el machito y evitar que los pura sangre le avanzaran. Sus juegos artificiales eran de simple táctica, ganar la batalla que le importa: mantener el poder. No ser superado por sus enemigos íntimos, hoy socios transitorios... Porque la estrategia, que es ganar la guerra, no tiene fuerza suficiente para conseguirla.

El Estado no le transferirá el 20% de la caja de la Tesorería de la Seguridad Social, que corresponde al PIB catalán, porque es el espinazo de la integridad nacional.

Llegaría el final de mes y no sólo es que los pensionistas, el día 25, o los parados, el día 10, no cobrarían, sino tampoco los funcionarios el día 30, porque no puede dar quien no tiene...

Si el 6 de octubre de 1934 el Gobierno de la República movilizó al Ejército, que en doce horas restableció la legalidad, ochenta y un años después no hace falta ensuciarse enviando al carnero de la Legión para restablecer la normalidad, sino que se encargaría la gente, la verdadera sociedad civil...

Artur Mas saldría por TV3 declamando, como Lluis Companys, que la culpa de la asfixia era de España, pero a esa misma hora los 'idiotas' (Ver el artículo del 12 de agosto: 'Artur Mas necesita para ganar 750 mil idiotas') que se habían abstenido el 27S y propiciado la victoria de los independentistas, despertarían de su letargo invernal, porque con las cosas de comer nadie juega.

Y de la alegría de unas horas nocturnas de cava, soflamas y petardos de una noche de ensueño, la sociedad provisional de intereses mutuos pasaría a la pesadilla de ver que la turbamulta saldría enardecida a la calle, reclamando las falsas promesas de ese milhombres de la plaza de Sant Jaume.

No vamos a entrematarnos, porque en España no existe la simiente del odio, pero el ridículo de estos minundis sería horroroso. Y posiblemente la advertencia de Raül Romeva se cumpliría. Pero la venganza democrática no sería contra Cataluña, sino contra los que la han puesto en el disparadero. Más de la mitad de los catalanes lo celebraríamos con cava.

Repito, no quiero verlo, porque amo demasiado a Cataluña. Prefiero visionarlo en un cine IMAX abierto expresamente para ver este fin del cuento de la lechera. Un guión que podía haber escrito Jardiel Poncela.

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