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El Cuarto Reich

por Juan Carlos Segura

17.03.2015
7 min

La Unión Europea constituye un gran proyecto, en el que países con culturas y lenguas muy diversas, han decido que son más las cosas que los unen, que las que los separan, y la posibilidad de establecer políticas comunes, para conseguir objetivos también comunes. El reto es tremendamente sugestivo y ha sido único en la historia de las naciones. Esta unión ha generado grandes éxitos, como el propio Parlamento europeo, los fondos compartidos para la mejora de estructuras, el Banco Central Europeo, el Euro... Pero también se han evidenciado grandes fracasos, como la fallida Constitución europea, el fracaso de la unidad fiscal, el inexistente euroejército, la incapacidad de resolver conflictos bélicos continentales, como el de la antigua Yugoeslavia o el de Ucrania.

Quizá el mayor fracaso de la Unión Europea, sea el que en vez de constituirse como un centro de decisiones compartidas, se ha convertido en un elemento de decisiones unilaterales

La vieja Europa ha sufrido en sus campos dos horribles guerras mundiales, que han dejado un balance injustificado de víctimas. El origen de ambas contiendas era contrarrestar el poder alemán, que pretendía dominar Europa, tanto militarmente como económicamente. Los jóvenes franceses, ingleses, belgas, holandeses, rusos, polacos, y de otras nacionalidades, que dejaron sus vidas en el Somme, en el Marne, en las Ardenas, en Dunquerque o en Stalingrado, nunca sospecharon que en un futuro no muy lejano, una Cancillera alemana, sería la persona con más poder decisorio en Europa. Tampoco Stalin habría sido capaz de imaginar en 1945, cuando Berlín caía bajo los tanques del Ejército Rojo, que setenta años después, una Cancillera alemana se esgrimiese como árbitro en una guerra entre rusos y ucranianos. Ni tampoco Churchill hubiera sospechado jamás, que después de que los británicos liberasen Grecia, una Cancillera de Alemania iba a amenazar al gobierno heleno, con expulsarle de la nueva Europa, encarnada en la Unión Europea.

Desde la época de Barbarroja y del Sacro Imperio Romano Germánico, hasta nuestro Carlos V, Bismarck y Hitler, Germania ha tenido vocación de dominio europeo, A veces ese dominio fue intencionado e imperialista, pero en la actualidad ese poder es meramente determinista, en el sentido de que la nación europea que cuenta con una economía más sólida, se siente legitimada para imponer sus criterios, y ejercer una hegemonía que le confiere su propio poder económico. De hecho una circunstancia muy parecida se produjo en los inicios del siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial, cuando el poder económico alemán era incomensurable. Numerosos historiadores opinan, que si no se hubiese iniciado la Gran Guerra en 1914, Alemania habría conseguido los objetivos prefijados, sin haber disparado un sólo tiro.

Quizá el mayor fracaso de la Unión Europea, sea el que en vez de constituirse como un centro de decisiones compartidas, se ha convertido en un elemento de decisiones unilaterales, en el que el gobierno alemán y su comparsa, el gobierno francés, imponen sus propias políticas, disfrazándolas de políticas europeas. En otras palabras: unos van a Bruselas a dar instrucciones, y otros van a que se les diga lo que tienen que hacer.

La historia nos ha enseñado que cuando el fuerte se impone sobre los débiles, estos siempre manifiestan una tendencia innata para unirse, y contrarrestar el poder del omnipotente. Este fenómeno, tan humano como universal, ha desencadenado revoluciones de obreros y de campesinos contra sus patronos, pero también de nobles contra reyes, y de cardenales contra papas. Tradicionalmente en Europa, cuando un país o un imperio ha ejercido una preponderancia exultante, ha generado una reacción inversa de reinos y de naciones, que se han unido para contrarrestar esa hegemonía. Naciones como Francia, España o Alemania conocen sobradamente este fenómeno.

Estamos siendo testigos de la irrupción en las instituciones europeas, de políticos euroescépticos, populistas, ecologistas, xenófobos, de extrema derecha y de extrema izquierda

La Unión Europea desde su constitución como Mercado Común mediante el Tratado de Roma, se ha configurado como un organismo plurinacional, integrado por un conjunto de eurorepresentantes, socialdemócratas, liberales o conservadores. El motor europeo tradicionalmente se ha lubricado con este tipo de aceite ideológico, Sin embargo estamos siendo testigos de la irrupción en las instituciones europeas, de políticos euroescépticos, populistas, ecologistas, xenófobos, de extrema derecha y de extrema izquierda, que en vez de actuar como aceite lubrificador, se convierten en tierra que se introduce en el euromotor de las instituciones europeas.

Recientemente el partido de extrema izquierda Syriza, ha conformado gobierno en Grecia, y pese a los temores iniciales, parece que está obedeciendo los dictados euroalemanes. De momento, Syriza como gobierno de un país europeo, está sóla en su oposición. La soledad implica debilidad, y por tanto no le queda otra opción que "pasar por el tubo", o dejar la eurozona. No obstante la reflexión que estamos obligados a realizar, es la de si el Sr. Tsipras y su homónimo Varufakis, serían tan dóciles con Bruselas y con Berlin, si otros partidos políticos de su misma ideología, gobernasen en otros países de Europa, dándoles su apoyo, conformando un frente común.

Dos nubes grises se ciernen sobre el cielo europeo: la negativa desafiante de algunos países a seguir la directrices, que les impone los órganos directivos de la Unión, y otra si cabe mucho más preocupante, que significaría la propia fragmentación de la Unión Europea, a partir del momento en el que partidos políticos euroescépticos, insten a sus respectivos países a abandonar la Unión Europea, o procedan a conformar mayorías antieuropeas en el propio parlamento de Estrasburgo.

En un futuro no muy lejano, es posible que veamos una nueva Unión Europea, más democrática y participativa, en la que la toma de decisiones sea tomada conjuntamente, y no sea cosa de uno o de dos. Si eso no se produce, la Europa que conocemos, podría quedar reducida a unos pocos países orbitando alrededor del eje franco-alemán.

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