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Derecho a una muerte digna

11.10.2015 01:11 h.
16 min

La muerte de Andrea, la pequeña cuyos padres han tenido que litigar para permitirle una muerte digna y sin sufrimiento, nos ha devuelto a la terrible realidad de cómo enfrentarnos a la muerte.

Hoy ya no tememos a la muerte tanto como a permanecer indefinidamente muertos en vida, carcomidos por el dolor o encadenados a un cuerpo incapaz de garantizar la más mínima dignidad a esa vida que otrora latió y soñó

A menudo nos enzarzamos en disputas con temas que en el calor de la contienda los creemos definitivos para nuestras vidas. Y ninguno de ellos lo es absolutamente. No es que erremos; en la vida diaria millones de personas hacen lo mismo ensimismados por los problemas cotidianos. Ninguno de ellos lo es. Sólo nos damos cuenta de su futilidad cuando el revés de una enfermedad irreversible o un accidente mortal, nos enfrenta con la muerte. Sólo entonces comprendemos de golpe que todos nuestros afanes diarios dejan de tener sentido o dejan de ser tan importantes como creíamos que eran.

Pretendo recordarles la finitud de nuestras vidas y lo poco preparados que estamos ante ese momento irreversible. La muerte, nuestra muerte o la de nuestros seres queridos, aparece así como nuestro peor destino. Al menos así ha sido a lo largo de la historia.

No es, sin embargo hoy, lo peor que nos puede pasar. La muerte ya no es nuestra peor tragedia. Durante siglos, la fragilidad humana ha estado expuesta a innumerables enfermedades y calamidades naturales, pero la ciencia ha logrado librarnos de casi todas, incluso nos ha alargado la vida más allá de lo conveniente. Y esto puede ser aún peor que la propia muerte.

Hoy ya no tememos a la muerte tanto como a permanecer indefinidamente muertos en vida, carcomidos por el dolor o encadenados a un cuerpo incapaz de garantizar la más mínima dignidad a esa vida que otrora latió y soñó, y que ahora, en estado vegetal, sólo sostiene la ciencia por medios artificiales.

Este es nuestro destino a principios del S.XXI. La ayuda de la ciencia alarga la vida, pero el precio de esa mayor longevidad es el deterioro del cuerpo y del espíritu. A veces, hasta la crueldad. Cada vez hay mayor número de personas, en su mayor parte ancianas, con cada vez menos calidad de vida, torturadas en sus últimos días por un falso sentido del amor. En lugar de un tránsito digno a la muerte, los tabúes morales, los imperativos médicos o el Estado deciden retener, retrasar contra su libertad a muchas personas que hubieran preferido morir dignamente, satisfechas de haber vivido o asqueadas de una agonía sin esperanza. Ante ello, un Estado Laico y una sociedad humanista, como son los nuestros, habrían de adaptar las leyes al derecho a morir con dignidad.

“Vivir o no vivir es algo contingente y gratuito, no depende de nosotros, -nos dice Victoria Camps en 'La voluntad de vivir'- pero la continuidad de la vida sí que depende de nosotros y está en nuestras manos. No parece justo que la vida sea vista como un valor en sí mismo, independientemente de la voluntad del sujeto que la vive”.

El verdadero respeto a la dignidad humana implica el respeto a la voluntad humana, incluida la de alcanzar la muerte cuando ya nada se puede hacer por devolver a la vida la calidad a la que todo ser humano tiene derecho

La mayoría de las personas desean tener una muerte rápida, pacífica y sin sufrimientos. Hoy en día, este deseo puede verse amenazado por la existencia de técnicas y medios clínicos que nos alargan la vida más allá de lo razonable hasta degradar la propia vida que dicen quieren salvar.

Muchas personas, nos dice la Asociación por el Derecho a morir Dignamente, sienten que la degeneración biológica, los sufrimientos físicos y psíquicos les han conducido a una situación que consideran indigna. En tales circunstancias, pueden llegar a ver en la muerte un mal menor, el fin de su agonía y de sus penalidades. Para ello, necesitan, normalmente, la ayuda de otras personas. Y, sobre todo, el respeto a su voluntad, expresada de forma libre e inequívoca.

El verdadero respeto a la dignidad humana implica el respeto a la voluntad humana, incluida la de alcanzar la muerte cuando ya nada se puede hacer por devolver a la vida la calidad a la que todo ser humano tiene derecho.

Desear, alcanzar y poder disponer de la propia vida para morir con dignidad sólo es patrimonio del sujeto libre que lo escoge. Nunca, en ningún caso, ha de ser el Estado a través del ordenamiento jurídico o de la institución médica, quienes se entrometan o decidan lo que es patrimonio de la libertad individual de todo ser humano.

La propia Constitución, en su artículo 15 protege la vida humana como realidad puramente biológica y, por tanto, ajena a cualquier tipo de consideraciones subjetivas de naturaleza cualitativa por parte de su titular (Gonzalo Arruego, de la universidad de Zaragoza) y, por lo mismo, nada dice si una persona puede renunciar a ella. No hay por tanto legislación definitiva sobre esta materia, y es algo que la sociedad necesita.

Desear, alcanzar y poder disponer de la propia vida para morir con dignidad sólo es patrimonio del sujeto libre que lo escoge

La Ley General de Sanidad de 1986 ya inició un proceso de concreción de los derechos fundamentales de las personas en el ámbito sanitario y, en especial, del derecho a tomar decisiones sobre la propia salud.

Desde entonces, este proceso ha venido desarrollándose paulatinamente mediante la introducción de la exigencia del consentimiento informado con la aceptación de que las personas competentes pueden ejercer su derecho a rechazar cualquier tratamiento o actuación sanitaria incluyendo los llamados tratamientos de soporte vital, y a través de la promulgación de normas que regulan los Documentos de voluntades anticipadas.

La Ley 41/2002 Reguladora de la Autonomía del Paciente y de Derechos y Obligaciones en Materia de Información y Documentación Sanitaria, reglamenta cuestiones que la Ley General de Sanidad de 1986 trataba de forma insuficiente, como el derecho a la información sanitaria, el consentimiento informado, la documentación sanitaria, la historia clínica y demás información clínica. Asimismo, clasifica las formas de limitación de la capacidad y atribuye a los médicos la competencia de evaluarla.

La Ley Catalana 21/2000 de 29 de diciembre recoge las Voluntades Anticipadas/Testamento Vital. En él la persona expresa su voluntad sobre las atenciones médicas que desea o no desea recibir caso de padecer una enfermedad irreversible o terminal que le haya llevado a un estado que le impida expresarse por sí mismo. La persona puede realizar su propio documento con las indicaciones y razonamientos que considere pertinentes.

Cataluña fue la primera Comunidad Autónoma en regular este derecho a través de esta Ley 21/2000 de 29 de diciembre. Todas las Autonomías tienen regulada por ley este documento que se denomina instrucciones previas, voluntades anticipadas y manifestaciones anticipadas de voluntad. En todas las Comunidades Autónomas existe un Registro oficial de testamentos vitales. El documento privado de testamento vital puede firmarse ante notario o ante tres testigos. Dos de ellos no pueden ser familiares en segundo grado ni estar vinculados por relación patrimonial con el otorgante. Los 3 apartados que recoge el Testamento Vital privado de la AFDMD recogen las voluntades anticipadas para asegurar una muerte digna:

1. Deseo finalizar mi vida con una limitación del esfuerzo terapéutico, evitando todos los medios artificiales, tales como técnicas de soporte vital, fluidos intravenosos, fármacos (incluidos los antibióticos), alimentación artificial (sonda nasogástrica) o cualquier otro tratamiento que pueda prolongar mi supervivencia.

2. Deseo unos cuidados paliativos adecuados al final de la vida, que se me administren los fármacos que palien mi sufrimiento y aquellos cuidados que me ayuden a morir en paz, especialmente –aún en el caso de que pueda acortar mi vida- la sedación terminal.

3. Si para entonces la legislación regula el derecho a morir con dignidad mediante eutanasia activa, es mi voluntad morir de forma rápida e indolora de acuerdo con la lex artis ad hoc.

REPRESENTANTES: En este impreso se incluye la posibilidad de nombrar a un representante. Conviene que la persona elegida como tal sea alguien que comprenda lo mejor posible los deseos, valores y motivos que sustentan sus decisiones sobre el final de su vida para cuando el firmante no pueda expresarse por sí mismo. Además, ha de ser una persona dispuesta a luchar para que se cumplan las instrucciones que usted deja en su documento en caso de incumplimiento por parte de sus médicos o allegados. Tiene también la posibilidad de nombrar un segundo representante –un sustituto-, por si el primero se encontrase ausente, hubiese fallecido o por alguna otra razón no pudiese cumplir su cometido.

ANULACIÓN: El documento de Voluntades Anticipadas-Testamento Vital se puede anular en cualquier momento.

El Parlamento español aprobó un nuevo Código Penal el 8 de noviembre de 1995 donde se rebajan las penas a quien ayude a otra persona a morir. Se rebajan, pero no desaparecen, lo cual hace que se siga penalizando lo que debería ser un derecho. Bien es verdad, que en la actualidad, sólo la eutanasia voluntaria activa y el suicidio asistido están penalizados. Todos los supuestos recogidos en el Testamento vital, como la eutanasia pasiva con medios paliativos o la eutanasia activa indirecta no están penalizados.

Es preciso instar al Congreso de los Diputados las reformas legales necesarias, fundamentalmente del código penal para despenalizar la eutanasia activa y el suicidio voluntario

Es preciso instar al Congreso de los Diputados las reformas legales necesarias, fundamentalmente del código penal para despenalizar la eutanasia activa y el suicidio voluntario. Entiendo que la palabra eutanasia sacude como un látigo los códigos morales de muchos creyentes. Es normal. Son muchos siglos dominados por convicciones morales generadas en un tiempo y aplicadas a un contexto donde la naturaleza impedía el sufrimiento de la agonía sin fin, ocasionada por los adelantos científicos de hoy día. Pero eutanasia etimológicamente significa “buena muerte” y se entiende como “la acción u omisión destinada a provocar la muerte de un enfermo, debidamente informado de su estado y pronóstico, a petición libre y voluntaria de éste, y con el fin de evitarle sufrimientos que le resulten insoportables”.

El ejemplo de Ramón Sampedro, el marinero gallego tetrapléjico que luchó por morir sin que las leyes se lo permitieran y hubo de recurrir a terceros para conseguir su fin a través del suicidio asistido (actualmente penado), nos debería hacer reflexionar. Es un ejemplo sin trampas, ni siquiera era un guiñapo o un vegetal tirado en una cama, al contrario, tenía la mente lúcida y era querido y estaba bien atendido en su propia casa. Pero quería morir, era su vida. ¿Cómo es posible que el derecho a disponer de lo más propio del ser humano, como es su propia vida, esté enajenada por creencias religiosas insertadas en las leyes de un Estado laico?

Los versos religiosos y enamorados de la vida eterna de Santa Teresa de Jesús, podrían valer también hoy para anunciar la angustia de muchos miles de seres cuya única esperanza que le resta en la vida, es morir:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero, porque no muero.

P.D.: Estas reflexiones fueron presentadas en el Parlamento de Cataluña el 20 de mayo de 2009 en nombre del Grupo parlamentario de C’s, como “Interpel.lació al Govern sobre l’adopció de mesures per a regular el dret a la interrupción del tractament del suport vital”. Por primera vez, el Parlamento de Cataluña en pleno apoyaba una interpelación del Grup Mixt de C’s.

Después de negociar con todos los grupos, se acordó elevar la petición al Congreso de los Diputados para que se regulase. Hasta hoy. Sin embargo, un año después (2010), Andalucía aprobaba la “Ley de Derechos y Garantías de la Dignidad de la Persona en el proceso de una Muerte Digna”. En otras muchas Comunidades se ha avanzado en este reconocimiento, pero aún no tenemos una ley que regule el derecho a una muerte digna. Pedro Sánchez, a rebufo de las dificultades soportadas por la pequeña Andrea y sus padres para morir dignamente, ha prometido que si llega a la presidencia del gobierno, la aprobará. Le tomamos la palabra.

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Marino 13/10/2015 - 16:16h
Yo creo que la actitud ante la muerte ha partido siempre de un sentido trascendente del hombre respecto a las demás especies, tal y como Olegario sostiene. Otra cosa es que eso sea positivo o no. Yo creo que ha sido y es positivo porque si los hombres hubiésemos pensado siempre, o pensásemos hoy, que somos una especie mas por aquello del parecido con el chimpancé, corremos el riesgo de valorar nuestra vida como la de las demás especies, es decir subordinada al interés de la sociedad. Lo grande de las religiones ha sido esa inmortalidad del hombre, que hoy sabemos poco probable, pero que nos es imprescindible, no ella, pero sí las ideas derivadas del concepto, para sobrevivir como sociedad y como seres humanos diferenciados.
Antonio 13/10/2015 - 16:16h
Sr. mimartin, la dignidad es un valor que conlleva el rechazo de la humillación. Y existen procesos de muerte terriblemente humillantes. Podemos, y creo que debemos, desear una muerte que no nos humille ni nos nos degrade cuando la decadencia de la enfermedad ha emborronado irremisiblemente lo que fuimos. Esto no tiene nada que ver con las creencias de cada cual, sino con la dignidad, con el deseo de pasar el trance sin sufrir más allá de lo inevitable, cuando el momento es irreversible. Hablamos de algo muy serio, definitivo: nuestra muerte, la única verdad inevitable a la que se enfrenta el ser humano, todo ser humano. Y no siempre esa verdad se presenta rápida, limpia y sin ensañarse. Nadie se puede poner en el lugar del otro, pero puede ayudarle a ser él, cuando él ya no puede ser él, ni disponer de él. Por eso el testamento vital y sus cláusulas de seguridad. De ahí la humanidad para ayudar a partir a un ser querido.
Antonio 13/10/2015 - 16:16h
Sr. Marino, entiendo que los creyentes, no importa en qué religión, pongan reparos. Pero sus creencias no pueden obligar a toda la humanidad. Como el deseo de una muerte digna no puede imponerse a nadie, desde ninguna esfera oficial, o privada. Pero el Estado, al menos, debe permitir que quienes quieran disponer de su vida, puedan hacerlo con todas las garantías.
Marino 13/10/2015 - 16:16h
Antonio no tengo nada que objetar a todo lo que Vd. expone. Lo que ocurre es que a veces tengo la impresión de que, por haber vivido sometidos y aun humillados por el nacional catolicismo cuando, no directamente por la Iglesia Católica, relacionamos algunos temas complicados con las creencias de cada cual. El hombre es un ser cultural, algo mucho mas importante que el ADN de su especie, a la que alude Olegario. Y en su culturalismo ha practicado todo tipo de crueldades con los de su misma especie pero también ha elevado al hombre a rasgos trascendentales que han antepuesto la vida a cualquier otra consideración. Vd. sabe lo inhumano que es, y por eso defiende el derecho a una muerte digna, prolongar la vida en determinadas condiciones. Yo solo quiero manifestar el peligro que supone abrir puertas. Vd., como filósofo, lo sabe mejor que nadie. Los límites deben ser estrictos. Estoy demasiado acostumbrado a ver cómo un buen objetivo, excepcional en muchos casos, se convierte en una
Marino 13/10/2015 - 16:16h
Sigo: actuación perversa de tipo general. El testamento vital me parece irreprochable pero no me fío. Hay personas, al menos yo las he conocido, que ante una lesión grave pero no vital, estarían dispuestas a hacer un testamento vital pidiendo que su vida sea suprimida. Recuerdo a un joven que hace cuarenta años tuvo un accidente. Dijo: Menos mal que no me pasó nada. Si llegó a verme cojo, al próximo que pase le pongo la cabeza... No habría tenido valor para hacerlo pero ¿Lo habría firmado en un testamento vital? Solo quiero llamar la atención sobre el extremo cuidado que debemos tener con estas cosas.
Antonio 13/10/2015 - 16:16h
Coincido en las prevenciones. De ahí que el articulado de los diferentes testamentos vitales hagan especial hincapié en neutralizar cualquier manipulación interesada. Aún así, estoy convencido, que habrá casos donde alguien se beneficiará impúdicamente de alterar lo que en principio está firmado con buena fe y garantías sobradas. La naturaleza humana siempre te la acaba dando. En esto y en todo. Nada tengo para rebatir esa evidencia.
mimartin 13/10/2015 - 16:16h
Cuenta Marco Aurelio que Epicteto decía: "es como cuando dices: -hay humo en la habitación, me salgo, no lo aguanto". Quitarse la vida es la única libertad ante la muerte.Pero no debería hacerse propaganda de ese derecho apelando a la "dignidad". ¿Es que el que decide no quitarse la vida es indigno? ¿Es que sufrir dolores o incapacidad, que es un proceso natural, es indigno además de insoportable? La dignidad depende de nuestra actitud: uno es digno de su cargo si cumple con su deber, uno es indigno en un bote del Titanic si empuja al agua a un niño para salvarse, etc. Nadie es indigno por el hecho de sufrir penalidades biológica; si se quiere quitar de enmedio es porque no quiere sufrir y punto. Dejarse , por favor de retóricas de la dignidad, que ya las conocemos de la "dignitat de un poble" de Artur Mas.
Marino 13/10/2015 - 16:16h
Buen artículo y buen comentario. Recuerdo una afirmación de Amando de Miguel que me hizo reflexionar. Siendo sociólogo y manejando como nadie las estadísticas dijo: Si Vd. tiene menos de 40, hoy serían 60, es de izquierdas y no creyente Vd. es partidario de la eutanasia. Y yo me pregunté ¿Por qué menor de 40 años? Gallardón habló de que la muerte propia no es algo que uno pueda decidir, que el desafío o duelo entre dos personas libres para decidir morir, antes no estaba penalizado y ahora sí, porque podía encubrir el asesinato. Comprendí que era un tema muy difícil. ¿Cómo se aferra uno a la vida con mas de 60 años? ¿Qué intereses se pueden ocultar tras el "amor" de un familiar? ¿Se puede tratar de un asesinato encubierto? Creo que es muy difícil decidir sobre esto. Uno hace su Testamento Vital pero se arriesga a que, llegado el momento, su situación no sea tan irreversible como parece pues se han visto recuperaciones y curas sorprendentes.
Olegario 13/10/2015 - 16:16h
(1) Es valiente y oportuno pensar y hablar de la muerte. Es un hecho inevitable. Sin embargo, las cuestiones aquí tratadas se refieren e regulaciones legales y valoraciones asociadas. Oportunas y traídas a la actualidad por hechos concretos que nos las ponen ante nuestras conciencias. Creo que hay otros asuntos relacionados con la muerte, menos coyunturales y más ausentes del debate, aunque obligatoriamente deberían ser previos. Son los relacionados con la concepción misma de la concepción de nuestra naturaleza. Nuestro acervo cultural se nutre de una concepción transcendente en la naturaleza humana, sin embargo, cuanto más avanza el conocimiento, menos se sostiene esa condición.
Olegario 13/10/2015 - 16:16h
(2) La afirmación de que el hombre es inmortal y que los animales son mortales se tambalea cuando descubrimos que hay menor diferencia entre un chimpancé y un humano que entre un chimpancé y un orangután; sin embargo, dicho acervo, no sólo sitúa en el mismo nivel a chimpancé y orangután, sino que los pone en el mismo saco que una cabra, una serpiente, un caracol o una gamba, cuyas distancias en la evolución son siderales. Mientras que estas cuestiones, y las reflexiones que nos puede inducir la misma muerte, no entren en los contenidos escolares y en las conversaciones de la vida cotidiana, sin retorcer la lógica de la evidencia y sin que aparezca la ansiedad o la negativa a seguir con el asunto, difícilmente resolveremos la legislación y las normativas relacionadas con el mismo.
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