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Antropología del soberanismo

8 min

El auge desbordante del soberanismo ha propiciado, a lo largo de los últimos meses, todo tipo de análisis sobre sus causas y evolución. El nacionalismo catalán ha ligado la eclosión independentista a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto y a un supuesto maltrato sostenido del Estado hacia Cataluña. De acuerdo a este relato, el soberanismo es un movimiento que proviene de la sociedad civil y goza de una inmensa transversalidad. Desde otras perspectivas, se ha interpretado el fenómeno de masas que vive Cataluña como una forma sofisticada de populismo, como una estrategia política cínica o como el resultado de una gran campaña de propaganda. Recomiendo, en este sentido, la lectura del capítulo con el que Juan Arza y Pau Mari-Klose abren el libro Cataluña. Los mitos de la secesión (Almuzara, 2014).

Un fenómeno que puede ser leído como respuesta idealista a la primera crisis económica de la posmodernidad

Pero me gustaría dejar de lado el ángulo habitual de análisis para esbozar una interpretación del soberanismo como fenómeno y síntoma sociocultural. Un fenómeno que puede ser leído como respuesta idealista a la primera crisis económica de la posmodernidad. En este contexto, la independencia se presenta como la oportunidad de construir un país nuevo y de dibujar un futuro renovado. La independencia permite así un nuevo comienzo. Sería la solución drástica a la quiebra del sistema. La independencia ofrece, al fin y al cabo, un horizonte de esperanza para mucha gente. Este es el logos más profundo del movimiento que hay en Cataluña. El Proceso soberanista es, en el fondo, la cristalización y la respuesta a un malestar social, político y antropológico de gran calado, que va más allá de la confrontación política.

El éxito soberanista radica en su capacidad de generar ilusión en un mundo desencantado. La posmodernidad nos ha dejado a la intemperie. Los grandes relatos que han guiado a Occidente durante siglos están, para muchos, caducados. Aunque no me cuento entre ellos, un número significativo de contemporáneos considera que las bases de civilización greco-romanas, la cosmovisión cristiana y el paradigma liberal-ilustrado ya no pueden guiar nuestra trayectoria personal y colectiva. Las trascendencias han sido denunciadas; las grandes narrativas, deconstruídas; las teleologías, anuladas. En consecuencia, la existencia personal ha quedado sin finalidad y sin sentido. El resultado es la angustia vital que describieron los existencialistas. Pero para vivir en el nihilismo hay que tener el carácter trágico y noble de Nietzsche. Y a nuestra sociedad del bienestar solo le gustan un tipo de tragedias: las ajenas.

Ante esta situación cultural, ante este frío antropológico, ¿qué ha ofrecido el soberanismo? Ante todo y sobre todo, sentido. La quiebra de las grandes narrativas nos ha dejado huérfanos. Ante ello, el independentismo ha vuelto a dar razón a la vida y al trabajo de muchas personas. Se levantan, se encuentran y se manifiestan para hacer realidad un sueño. Como ha explicado Roger Griffin, la nación se ha configurado en el mundo contemporáneo como un espacio de transcendencia inmanente y secular. Es un gran objetivo por el que vivir, luchar y hasta morir. En esta línea, la independencia se ha erigido en el punto de fuga que da sentido a la vida de mucha gente. En un mundo sin teleologías ni finalidades densas, la independencia es la clave que da unidad y sentido a las notas dispersas y fragmentadas de muchas biografías.

El independentismo ha ofrecido, también, un gran ámbito de religación y de cohesión social. La posmodernidad se caracteriza por la atomización y la fragmentación de los itinerarios vitales. Por la soledad en medio del barullo urbano. Frente a la soledad existencial, el populismo independentista integra a los ciudadanos en una gran comunidad, que se encuentra, se celebra y lucha junta. Los independentistas han podido saborear en varias ocasiones la experiencia embriagadora de la colectividad en marcha. La sequedad de las relaciones contractuales es sustituida por el calor de la comunidad vibrante. Estamos ante un nuevo intento de superar el individualismo posmoderno acudiendo a la nación como nueva ecclesia. Las marchas ofrecen al sujeto la posibilidad de sentirse rescatado de la soledad y la gratificación de pertenecer a una comunidad que trasciende los propios límites temporales y sociales.

Finalmente, el soberanismo ha logrado despertar la esperanza en muchas intimidades alicaídas. Ortega explicaba que el ser humano vive orientado hacia el futuro. Cuando los proyectos y las ilusiones languidecen, se agosta la vida. Al contrario, cuando hay horizonte de futuro, todo rejuvenece y se revitaliza. Vale la pena analizar los anuncios de la ANC, donde se recogen las esperanzas que los ciudadanos han volcado en el nuevo Estado. El proceso soberanista tiene la garra de los movimientos palingenésicos. Contiene la fuerza de los periodos de nueva creación. Los discursos de sus líderes recuerdan a los que hacían los republicanos a principios de los años 30, cuando la República se presentaba como promesa de “redención” para toda España. También la República fue una metáfora de la esperanza.

El éxito soberanista radica en su capacidad de generar ilusión en un mundo desencantado

¿A qué nos lleva todo lo expuesto? A nivel político, estas reflexiones nos conducen a la conclusión de que, a largo plazo, solo superaremos el soberanismo si logramos que España vuelva a ser un proyecto que ilusione. Tenemos el deber moral y político de repensar nuestro país para proponerlo como relato apasionante y creativo, capaz de generar compromiso. Necesitamos rediseñar el proyecto histórico español y contarlo con una nueva narrativa. En este sentido, me parece muy valiosa la aportación que realiza Juan Milián en su reciente libro El acuerdo del seny. Superar al nacionalismo desde la libertad (Unión Editorial, 2014). Se trata de una lúcida denuncia del bucle discursivo nacionalista, pero, más aún, de una sugerente propuesta para rehacer el proyecto español desde los valores de la tradición liberal más genuina.

Más allá de la valoración política, el movimiento soberanista subraya también un hecho cultural cada vez más patente. Vivimos en una sociedad que tiene hambre de esperanzas. Quien sepa acercarlas se impondrá en la esfera pública. Por encima de nuestras banderas tenemos el reto común de redescubrir fuentes de Esperanza y horizontes de Sentido. Esta vez, escritas con mayúscula, porque todas las esperanzas que empiezan con minúscula acaban como terminará el proceso independentista: disolviéndose en su propio límite.

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¿Quién es... Fernando Sánchez Costa?
Fernando Sánchez

Es licenciado en Humanidades y Periodismo y doctor en Historia. Ha sido profesor de Filosofía e Historia en la Universitat Internacional de Catalunya (UIC). Es autor de diversos libros, entre los que se encuentra 'A l'ombra del 1714. Memòria pública i debat polític a la Barcelona republicana'. Actualmente es diputado autonómico del PP.

Comentar
JoaquinM 25/08/2015 - 11:22h
Excelente artículo. La solución del "problema catalán" (separatismo, angostamiento, provincianismo, falseamiento de la Historia, fijación de castas y categorías de ciudadanos) es precisamente España. Obviamente, habrá de ser la mejor España que podamos pensar los españoles, no el engendro austrohúngaro que nos quieren colar ya algunos para tirar unos años más.
Olegario 25/08/2015 - 11:22h
(1) Las sociedades necesitan proyectos de largo recorrido. Desde el siglo XIX, lo ha sido el socialismo en sus diversas formulaciones. El nacionalismo-secesionismo cuenta con ideólogos propagandistas dedicados "full time" y se ha apoderado de una trama mediática de primerísimo orden. Pero su sustancia, al mirarla con lupa, es de una miseria ética profunda: halagar el ello profundo, el sentimiento de superioridad y el egoísmo más ramplón. Otros horizontes utópicos del pasado han tenido mejores mimbres, aunque la aplicación real haya derivado en resultados históricos discutibles. El propio socialismo o el cristianismo serían ejemplos fehacientes. El nacional-socialismo no necesita desprestigiarse, la historia ya lo ha hecho. El nacionalismo alemán del siglo XX nos enseñó lo monstruoso de sus esencias. En Cataluña, las clases dominantes que se escudan tras la "buena nueva" ya nos han mostrado su "capacidad" para administrar lo público. Nos prometieron al inicio...
Olegario 25/08/2015 - 11:22h
(2) ... de la España autonómica que la Generalitat sería un modelo de buen hacer, que "podrían meter la pata", pero nunca la mano. ¿Hay en el mundo algún "aparato administrativo-político" más nauseabundo que el catalán?. Es difícil responder, pero amparado en la doble coartada de la democracia formal y del discurso épico nacional, sería raro de encontrar. Creo que hay materiales suficientes para mirar hacia delante con proyectos y con optimismo. En primer lugar la gran tarea de adecentar las estructuras del Estado y potenciar la democracia avanzada para la realización de las personas. Apostar porque la política pueda controlar y reglamentar la realidad económica y financiera; ello hace imprescindible la construcción de Europa como realidad política unificada. Y si queremos afrontar el futura a más largo plazo, la construcción de una economía al servicio del hombre y respetando en profundidad los recursos del planeta, es una necesidad ineludible.
VictorFrancisco 25/08/2015 - 11:22h
Me ha gustado el artículo. Quiero sin embargo señalar que hay un problema mayor para conseguir que el proyecto español ilusione más que el separatista. El separatista hace creer a los suyos que son superiores (los otros son rancios y fachas, vagos, improductivos y obtusos, etc) y es muy difícil luchar contra ese prejuicio y muy miserable responder con el mismo prejuicio pero al revés. El separatismo es populismo y manipulación del ego. Yo he escuchado a gente que no ha dado un palo al agua en su vida decir que los andaluces "viven muy bien" y que "aquí trabajamos". Es muy difícil enfrentarse al ego. Lo normal es que éste algún día se estampe contra la realidad y sólo entonces, tras su derrota abra la gente los ojos.
jbm1966 25/08/2015 - 11:22h
La búsqueda de sentido... Más ilusionante que fue el nacimiento de la democracia en España y, sin embargo, ETA siguió matando y el nacionalismo catalán diseñó la inmersión lingüistica. No sé yo si un proyecto ilusionante podría ser la solución. También decía Ortega: el problema catalán solo se puede conllevar.
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