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¡Viva la Constitución!

6 min

España es el único país democrático donde la celebración de la Constitución se convierte en un acto revolucionario. Un hecho que todavía se agrava más en Cataluña, donde defender la Carta Magna te convierte en un legalista retrógrado que impide la libertad de un pueblo oprimido. Sin duda, los esfuerzos de más de 30 años de nacionalismo en mi Comunidad Autónoma han contribuido a que Cataluña haya pasado de ser uno de los territorios que más apoyaron el referéndum constitucional de 1978, con un 90,46% de ciudadanos a favor, -por encima de la Comunidad de Madrid y las Castillas, por cierto- a que en el Parlamento autonómico se vote en contra de una moción que defiende la barbaridad de que la soberanía nacional reside en el pueblo español.

Cuando en un parlamento sus gobernantes están en contra del primer artículo de la Constitución de su país y cuentan con la abstención de un partido que ha gobernado España, el PSC, debemos reflexionar sobre la calidad e integridad de nuestros representantes públicos, pero también hacer autocrítica y ver en qué hemos fallado los ciudadanos, porque el avance del nacionalismo catalán tiene que ver con la debilidad de las instituciones democráticas y políticas, pero también con la falta de valores democráticos de nuestra generación. Y es precisamente esta generación, la nuestra, la que tiene la llave para recuperar la Constitución como una herramienta de unión y pluralidad.

La última moda en el elenco de descalificativos del manual separatista es ser un "legalista". Si, según ellos, ser legalista consiste en cumplir la Constitución tienen entonces ante ustedes al padre del legalismo

El pasado 6 de diciembre, entre toda esa gente que acudimos a la Plaza de San Jaime de Barcelona, me sorprendió ver a tantos jóvenes. Jóvenes que hemos sido educados por la maquinaria nacionalista, pero que entendemos que, por mucho que se empeñen en resucitar a las dos Españas, nosotros no tenemos mochilas del pasado, no hemos empuñado armas, sino todo lo contrario, nacimos con la Constitución y no conocemos nada fuera de ella. Y, por cierto, no la votamos, como tampoco votamos el Código Civil o la Carta de Derechos Humanos. Tampoco los americanos votaron la suya escrita en 1787. En todo caso, la han reformado, la han adaptado a los retos del presente y las necesidades de los ciudadanos, pero no han pasado por encima, ni la han maltratado, sino que han respetado sus reglas y sus sistemas de mayorías.

La utilización del diccionario como arma arrojadiza ha contribuido a la sofisticación del insulto desplazando clásicos como el eterno "facha" a un segundo plano. Ya me dirán ustedes qué puede tener de facha alguien que ha nacido en 1987, que vive en un mundo globalizado, que ha estudiado en varias partes del mundo y no ha vivido en otro régimen que en el democrático. Sin embargo, la última moda en el elenco de descalificativos del manual separatista es ser un "legalista". La primera vez que me lo chillaron al salir de un debate televisivo no le di más importancia, al fin y al cabo, los que nos hemos licenciado en Derecho debemos serlo, ya que este insulto según la Real Academia Española no es más que: "Aquel que antepone a toda otra consideración la aplicación literal de las leyes".

En cualquier caso, yo nunca me consideré un legalista, simplemente, porque mi generación de juristas no lo somos, ya no sólo por convicción, sino por la forma en la que hemos aprendido la disciplina del derecho, desde la flexibilidad, la casuística y la influencia del common law. Tan sólo hace falta charlar cinco minutos con aquellos que tenemos juristas entre nuestros progenitores para darte cuenta de cómo se ha ido maleando la disciplina en comparación con otras épocas. Pero el problema en este asunto es que se ha utilizado el legalismo para dar legitimidad a los que pretenden saltarse a la torera las reglas. Una cosa es reconocer que la Constitución debe adaptarse y puede ser cambiada para su mejora, y otra es tildar de legalistas a los que no estamos dispuestos a romperla. Si, según ellos, ser legalista consiste en cumplir la Constitución tienen entonces ante ustedes al padre del legalismo.

Con actitudes como estas empiezo a sospechar que el nacionalismo no se sacia y que sus ambiciones no se coparán nunca, porque su intención no ha sido nunca apostar por un país mejor, sino por destruir otro a base de odio. Por eso, los primeros responsables de que celebrar la Constitución no sea un acto revolucionario somos los ciudadanos que muchas veces no hemos sabido sacar pecho de ser un país constitucionalista y nos hemos preocupado más por las deficiencias de nuestro texto que por sus virtudes. Solo han pasado 35 años desde que España se convirtiera en un país democrático y está en nuestras manos, y no en las de unos pocos que pretenden decidir lo de todos, que el contador siga sumando años a favor de la democracia y de las libertades.

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Fernando de Páramo Gómez

Abogado, periodista, MBA en Gestión de Empresas de Comunicación y Doctorando. Secretario de Comunicación de Ciudadanos (C's). Diputado y Portavoz Adjunto en el Parlamento de Cataluña. Colabora habitualmente en televisión, radio y prensa. Ha sido profesor universitario de comunicación y marketing y fue uno de los directores de programas de televisión y radio más joven de Cataluña.

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m.a. 25/08/2015 - 11:33h
¡Naturalmente que el nazionalismos es insaciable!. Así como los primos alemanes intentaron anexionarse incluso la URSS, los de aquí extienden sus tentáculos por Valencia, Baleares, Sudeste francés, no sólo en el área "cultural" sino también en la política, subvencionando filiales de sus partidos y/u otros interpuestos. Su ambición: la Gran Cataluña, la del genocida Jaime l, que pasó a cuchillo a medio Mallorca.
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