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"La Constitución de 1978 fue, y sigue siendo, la máxima y genuina expresión de esa tercera vía que algunos buscan hoy"

08.12.2014 09:51 h.
4 min
Redacción

Cayetana Alvarez de Toledo, Félix de Azúa, Nicolás Redondo Terreros, Fernando Savater, Andrés Trapiello y Mario Vargas Llosa, fundadores de Libres e Iguales, en un artículo publicado este domingo en El País:

"Es un plácido lugar común el afirmar que la Constitución de 1978 fue el resultado de un pacto entre distintos. Más o menos subrepticiamente se añade que sus problemas arrancan de que el pacto se fraguó entre el tiempo viejo y el nuevo, es decir, entre el franquismo y la democracia.

[...] Pero esto es una grave falsedad histórica y moral. La Constitución de 1978 fue resultado de un pacto entre demócratas, perfectamente legitimados por las elecciones del 15 de junio de 1977. Unos demócratas que respecto a la cuestión territorial actuaron entre dos extremos: el centralismo y el independentismo. Y que mientras reafirmaban, al estilo de Francia, Italia, Alemania y la abrumadora mayoría de democracias, la indisolubilidad del Estado siempre y cuando esta Constitución rigiera y establecían un sujeto de soberanía formado por el conjunto de los españoles, también diseñaban una descentralización del poder que por su amplitud y profundidad tenía pocos precedentes.

La Constitución de 1978 fue, y sigue siendo, la máxima y genuina expresión de esa tercera vía que algunos buscan hoy con la ofuscación de los que buscaban la carta en el célebre relato de Poe. Una tercera vía que para algunos de nosotros incluía privilegios y ceremonias étnicas difíciles de tragar, como todo lo referente a los supuestos derechos históricos de algunas regiones y sus consecuencias, fundamentalmente económicas, pero que cabía inscribir en la lógica de satisfacción insatisfecha de todo pacto y en la perentoria necesidad de la paz civil entre españoles distintos. Y que, en cualquier caso, establecía y protegía lo esencial: la consideración de que la identidad democrática (el demos) no tiene más tierra de arraigo que la Constitución, es decir, la ley compartida.

[...] La reforma de la Constitución es un objetivo político legítimo. Pero conviene meditar de qué se habla cuando se habla de ella y en nombre de quién se habla.

[...] Es difícil desmentir, en base tercerista, que la Constitución de 1978 es el ejemplo más consistente y realizado de la tercera España con la que soñaron los mejores políticos e intelectuales de los años treinta silenciados, cuando no aplastados, por la Guerra Civil. La reforma constitucional puede invocarla así la eterna y malcriada adolescencia política española. Y desde luego el secesionismo, mucho más interesado en la fragmentación de la soberanía que en la propia materialización de la independencia.

Y pueden invocarla, finalmente, los llamados federales, armados de sus blindajes. Pero siempre que asuman la responsabilidad de lo que eso significa. Blindar las reivindicaciones identitarias, sean la lengua común, la educación o los símbolos nacionales compartidos, supone fragmentar el demos común en beneficio de los etnos excluyentes. Y proponer una reforma de la Constitución de estas características supone asumir la práctica desaparición del Estado de algunas regiones españolas. El resultado es conceder a los secesionistas buena parte de lo que piden, con la única contrapartida de que no le llamen independencia.

Frente a la España constituyente, o reconstituyente, de la pócima y hasta del elixir, los ciudadanos españoles deben reivindicar la razón de la España constituida. Es decir, ese lugar donde todas las discusiones políticas parten del apriorismo de la libertad y de la igualdad que nuestra Constitución establece".

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