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Primeras planas

Retratos del principal culpable del proceso

Casi nadie habla bien de Artur Mas, el hombre que sembró la fractura social y ha acabado con su propio partido. Rato, otro que tal

10.01.2018 09:56 h.
6 min

Se fue el caimán, el gafe, el tipo que lo tuvo todo y arrasó con todo. Artur Mas ha dejado la presidencia del PDeCAT a toda prisa, como el capitán Schettino que embarrancó el Costa Concordia y fue el primero en abandonar el barco. Salta del bajel a Ítaca tras haber desencadenado un proceso cuyo balance de daños es mucho mayor que el embargo de un piso y una inhabilitación de dos años. Fractura social, empobrecimiento económico, inestabilidad institucional, ridículo mundial. Terrorífico legado de un político obtuso, opaco, inepto y siniestro.

Mas, aquel gestor gris al que Pujol entregó el partido y Cataluña, es el principal responsable de la deriva que ha dejado el país convertido en un erial y abocado a un crisis de largo alcance. Sólo le llora Pilar Rahola, pero poco. En el plano estrictamente político, Mas se cargó Unió, enterró Convergència, no acertó ni una predicción electoral y para acabar, se pira del PDeCAT dos minutos antes de que ese engendro posconvergente se diluya en la nada. 

Artur Mas en portada de 'La Razón' del 10 de enero de 2018 / CGEn La Razón, Toni Bolaño traza un retrato inclemente del nefasto y la verdadera razón de la espantada: "Artur Mas ocultó el principal motivo de su dimisión. La corrupción de CDC que tendrá sentencia el próximo lunes en el «caso Palau». Un motivo esgrimido por la dirección de su partido, el PDeCAT, que le comunicó su voluntad de que dimitiera porque no quería «implicar al PDeCAT en la corrupción de CDC». En el PDeCAT se esperaba esta decisión hace meses pero «nunca llegaba». Mas no era más que un jarrón chino en el PDeCAT porque no influía en Puigdemont, perdió el congreso, no consiguió imponer a su candidato, Jordi Turull, ni tan siquiera pudo imponer el nombre a la nueva formación y no contaba en los planes de futuro. Al final, a pesar de la resistencia, Artur Mas vuelve, por segunda vez en dos años, a «la papelera de la historia»".

La versión de Sostres en el ABC abunda en la capacidad destructiva del marinero de agua dulce: "Desposeído de la Presidencia de la Generalitat y colapsado de resentimiento, se dedicó a la refundación de Convergència. Y lo que no habían conseguido los socialistas ni en sus mejores momentos, lo consiguió Artur Mas en un par de tardes: acabó con Convergència, la marca política de más éxito de la historia de Cataluña, para fundar el PDeCat un engendro sin ninguna posibilidad de nada hasta que Junts per Cataluña materialmente lo sustituyó".

En La Vanguardia, Antoni Puigverd describe a un sujeto envarado, engreído y ensoberbecido por los cuatro pelotas incompetentes de su círculo de confianza: "Ha sido un político soberbio. Despreció a Maragall (que con los años se revela como el gran político catalán contemporáneo; el único que ha dejado un legado honesto y muy positivo: el triunfo mundial de Barcelona). Pero sobre todo despreció la realidad. Cuando, en el 2012, después de la primera de las grandes manifestaciones del 11 de septiembre, decidió anticipar elecciones, cometió un acto de soberbia, que ha determinado toda su etapa final, la independentista. No conocía bien el país; y no se asesoró. Es sabido que Mas tenía un entorno de confianza muy reducido. Le faltaba información, contraste, conversaciones, pisaba poco el territorio. Conversaba poco, escuchaba menos".

Ciego y sordo, ni siquiera sus correligionarios tienen una palabra amable para el tío que se creyó Ghandi y Luther King, un chuleta como pocos se han visto. Puigdemont celebró la noticia con una cena íntima con Marta Rovira. Entre manteles decidieron que habrá mesa indepe en el Parlament. ERC acepta que un holograma intente ser presidente por Skype contra lo que dijo el bocachancla de Rufián. A cambio, el huido desiste de bloquear el Parlament. La vida sigue sin Mas, un factor amortizado y cuya desaparición del plano político sólo puede tener benéficas consecuencias. Hala, a redactar las memorias, amiguete.

Otro que tal es Rodrigo Rato, ejemplo esférico de la ley de la gravedad agudizada por la altanería de quien todo lo fue y se ha quedado en nada, una nada que salpica invectivas contra Guindos y contra todo lo que se mueve, según la crónica de Carlos Segovia en El Mundo.

10 de enero, santoral: Agatón, Domiciano, Marciano presbítero, Melquiades papa, Petronio y Valerio

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