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Josep Lluís Vilaseca / EFE

Vilaseca, el hombre que ganó de derrota en derrota a la sombra de Prat de la Riba

Estuvo al frente de la nave en los Juegos Olímpicos, siempre al servicio del deporte y leal en las colaboraciones con las diferentes instituciones

12 min

“No me den disgustos, explíquenme el por qué”. “Para ir por el mundo hay que saber contabilidad, si no quieres que te engañen”. Estos dos acertijos podrían resumir la vida de Josep Lluís Vilaseca, el letrado y archiconocido directivo del mundo del deporte, que falleció el pasado sábado a los 90 años. Vilaseca era sencillo y clarividente. Convertía lo difícil en fácil; cogía una ensalada de ideas y trazaba en ella el camino más recto, como le enseñaron en el Bufete Plasencia, su primera experiencia profesional. Vinculó deporte y cultura siguiendo la estela de la Mancomunitat de Prat de la Riba. Se unió, como profesor, a la Pompeu Fabra y desplegó su influencia silente en los entornos deportivos del país entero; cuando después del 1992 la economía entró en barrena, hizo suya la sumisión de Atenas a Bizancio y participó en la formación de cuadros en la Carlos III de Madrid, sin renunciar a sus principios y a su militancia en CDC. En política, supo distribuir su tiempo entre el escaparate y el laboratorio. Al comienzo de la Transición, participó en la fundación de Convergència, en el monasterio de Montserrat; dos décadas después fue diputado en el Parlament por CiU y desempeñó el cargo de secretario general del Deporte de la Generalitat bajo la égida de Jordi Pujol. Pero nunca, ¡nunca!, se le conoció un desliz en la vergonzosa tangentópolis nacionalista. Tomó posesión, cumplió, se marchó y se descorazonó a la vista de los negocios corruptos, que hunden sus raíces en una etapa que resultó ser lamentable.

Era de los que ganan al final, a pesar de ir perdiendo durante todo el partido. Así lo dejó en sus memorias, Que consti en acta (Espasa Calpe), escritas por Vilaseca, codo a codo, con el memoralista Genís Cinca. En el prólogo de la obra, Josep Guardiola, le llama “el hombre de la gabardina" y habla de la “elegancia sobria y atenta de Josep Lluís"; de su imagen de “eficacia y control y de su presencia absolutamente discreta”. Vilaseca impulsó el Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Sant Cugat, levantó el Circuito de Cataluña y modernizó el INEFC. Es bien conocido que fue un hombre de futbol; perteneció a la directiva del FC Barcelona en la etapa de Agustí Montal y compartió vivencias con los presidentes de la federación Española de Futbol, Pablo Porta y Ángel María Villar. Introdujo en el juego reformas aparentemente periféricas, como el video en la repetición de las jugadas conflictivas; su propuesta revisaba los fueras de juego y las penas máximas que habían pasado desapercibidas durante décadas, aunque él decidió cerrar la carpeta en la que se reescriben los partidos ya jugados. Este era Vilaseca; encontraba una solución, la implementaba cara al futuro y lo hacía sin mirar atrás.

Con Montal y Cruyff

Ha sido uno de los promotores de lo público-privado, la mezcla que puso en el mapa a la Barcelona de Pasquel Maragall. En el momento decisivo, formó parte del comité organizador de los Juegos Olímpicos junto a Josep Miquel Abad, Pedro Fontana o Josep Maria Vila Solanes, entre otros. Impulsó la transformación de la ciudad con ejemplos como la conversión del Manchester Catalán en la actual Villa Olímpica; nunca desfalleció, cuando empresarios de postín, como Ferrer-Salat y Leopoldo Rodés, buscaron y encontraron el apoyo de fondos internacionales. Tomó parte decisiva en el decantamiento de la vanguardia artística --desde los arquitectos, hasta diseñadores y pintores-- en pro de los Juegos. Hace apenas dos años, fue distinguido con el Premio especial COE, en el Palau de Pedralbes; y en las últimas horas llega a su domicilio una marabunta de despedidas entrañables. Pere Miró, director general adjunto del Comité Olímpico Internacional (COI), habla de Vilaseca como "el mejor dirigente de la historia del deporte catalán”; por su parte, Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español (COE) remarca la “excelencia del ADN del finado que ha marcado su trayectoria”.

Josep Lluis Vilaseca / EP
Josep Lluis Vilaseca / EP

No es ningún obsequio; es un reconocimiento. Pérez de Rozas cuenta el El Periódico la obsesión del directivo por el aprovechamiento de las cientos de infraestructuras deportivas (polideportivos, piscinas o campos de fútbol) que pueblan Cataluña, a menudo semiolvidadas. El vicio más conocido de Vilaseca era la formación de los jóvenes a través del deporte. Perteneció al Barça, en la etapa citada de Montal, como miembro de una directiva de corte nacionalista --la de los Rivera, Carabén o Carrasco, el hijo de Carrrasco i Formiguera, fusilado por los nacionales tras la toma de Barcelona-- que no conoció importantes victorias futbolísticas, pero que galvanizó el concepto del “més que un club”, inventado por Narcís de Carreras, un presidente interino y sabio, después de la final de la Copa del Generalísimo en el Bernabeu, ante el eterno rival, en 1968. Pero aquel candidato de unidad vivió la caída de su iconografía, bastantes años después, con la llegada de Núñez el constructor, destroyer de las esquinas del Eixample. Núñez llegó al trono barcelonista a hombros de los morenos, el impulso primigenio de los violentos hooligans, conocidos como los Boixos Nois; arrambló con todo; sustituyó a la directiva europeísta de Montal, puso en su lugar a la élite del ladrillo, y convirtió el palco del Barça en el clúster de la oferta de suelo edificable.

Vilaseca nunca perdía el tiempo. Era un felino, un amistoso cazador furtivo de andares puntillosos y mirada inteligente. En su tiempo en el palco metafórico de la ciudad de los prodigios, mientras otros presumían de entorchados inexistentes va de sois, él se ausentaba. Un día, viajó a Holanda, acompañando al gerente, Armand Carabén, y se trajo a Johan Cruyff. Punto; está todo dicho. Al final, Johan fue el futbolista que cambiaría la mentalidad deportiva del Barça y lo convertiría en un club ganador. Hoy está dejando de serlo; se acercan los comicios del club y es la hora de los pequeños cuervos, los Xavi Vilajoana, Víctor Font, Toni Freixa, Jordi Farré, Benedito o Fernández Alà, que han anunciado su intención de presidir el club. También los es para los candidatos con cara y ojos, como Juan Rosell, expresidente de CEOE, o para los predictores de males mayores como Jaume Roures, accionista de Mediapro, una empresa que tuvo a Vilaseca de asesor jurídico

Sentado en primera fila

El día en que el ex secretario de Estado de Deportes, Javier Gómez Navarro, le dijo a Vilaseca que la entidad tenía que convertirse en una sociedad anónima deportiva, el abogado lo refutó acompañado de Evarist Murtra, uno de los letrados del club y gran conocedor de las entretelas barcelonistas. Años más tarde, ya en tiempos de Cortés Elvira en la Secretaría de Estado, Murtra quiso evitar que las juntas directivas del Barça tuvieran que avalar las cuentas del club, tratando de conseguir una mayor presencia del tejido cultural y deportivo del país y evitar la posición dominante de las familias poderosas. No lo consiguió ni con la ayuda de Vilaseca, porque Núñez, por la espalda y a hurtadillas, exigió los avales a los dirigentes del futuro. Sí; fue una derrota de Vilaseca, pero para entonces, el letrado había mantenido la propiedad de la entidad en manos de los socios. Es decir, otra derrota de la que, al final, salió ganador; “él nunca se precipitó; era un forjador de consensos”, ha añadido ahora el mismo Murtra, a la hora de la despedida. “Vilaseca es el padre del sistema deportivo de Cataluña”, en palabras de Gerard Figueras, que ocupa ahora la Secretaria general catalana del deporte.

Vilaseca ha estado en todas; las buenas y las malas. “Las peores negociaciones fluían cuando comparecía su sombra discreta, propia de los que saben estar y hacer”, ha escrito Ramon Besa, en El País. La noche de 1986, con la elección de Barcelona como sede olímpica, estaba sentado en primera fila, cuando Juan Antonio Samaranch pronunció la ville de 'Barsalona' utilizando la pronunciación catalana, tal como había decidido el presidente del COI, junto a su esposa Bibis Salisachs en el veraneo de Roca Rodona como narra el propio dirigente olímpico en sus Memorias (Planeta).​

Después de la nominación, al abogado recién desaparecido solo faltaba la otra mitad del trabajo, el que le supuso desempeñar con éxito en el cargo de vicepresidente del Comité Organizador (COOB 92). Vilaseca ha sido de los que solo ganan con la fuerza de la sugestión; su espíritu se complementa con la fuerza virtual del futbol, tantas veces glosada por el escritor Vázquez Montalbán, evitando caer en el bucle cazurro de los colores y solo los colores.

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