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Jordi Graupera, candidato secesionista a la alcaldía de Barcelona / CG

El acto al estilo Koiné de Jordi Graupera

24.05.2019 00:00 h.
7 min

La escena es realmente siniestra. Lugar: un acto de campaña de la plataforma Primàries Catalunya, liderada por Jordi Graupera. El filósofo candidato a la alcaldía de Barcelona toma el micrófono y pronuncia las primeras palabras: Buenas tardes, vamos a empezar.

Las palabras del candidato son recibidas con risas. Y una frase que se oye con fuerza en el video del acto: qué susto.

Resulta que todo era una broma. Una denuncia en modo irónico, más bien. Graupera abre el acto con unas palabras en castellano para parodiar a Ada Colau, quien, durante la campaña, ha empezado a hablar también en esta lengua. Él, por supuesto, no va a cambiar de lengua. Porque para él, como afirma, si eres catalanohablante, hablar en español es una “muestra de debilidad”. Es equivalente a padecer “prejuicios mentales”, explica a un público que le escucha en silencio.

Es un acto de campaña de una candidatura de independentistas puros donde se carga abiertamente contra el español y se tilda de prácticamente dementes a los catalanohablantes que usan esta lengua.

Si la intervención de Graupera desgranando estas lamentables ideas ya daba para cerrar el día con una buena dosis de odio al español y sus hablantes, las cosas no acabaron aquí. Siguiendo el hilo del líder, intervino después la número 3 de la plataforma, Diana Corominas. Su larga intervención denotaba preocupación: hay muchos dementes en Cataluña que, como Ada Colau, a veces se expresan en castellano, por los motivos que sea, no siempre uno tiene motivos electoralistas para pronunciar unas palabras en la otra lengua de Cataluña. Hay que aleccionar a estas personas, no debe cundir el ejemplo. Hay que explicarles cómo y por qué no deben caer en esta “denigración”, dice textualmente la número 3.

Corominas es tajante. Uno debe hablar siempre en catalán. Si no lo hace, la lengua se pone en riesgo y es un reflejo de pobreza de espíritu, de no creerse que el catalán tenga suficiente entidad. Y es que, por el contrario, hablar en catalán es ser libre, tan libre como se sintieron el 1-O, que fue un encuentro con la libertad, dice. Acaba en un tono sentimentaloide que no logra atemperar el autoritarismo de su arenga: palabras en castellano, cero. Y el que ose, que lo sepa, nos denigra a todos y reniega del 1-O.   

Las ínfulas de superioridad de los dos candidatos eran claras y transparentes, el español fue objeto de explícita burla y escarnio, y els de casa fueron enérgicamente advertidos. Estos constituían el único público previsible en un acto de Graupera por lo que la amonestación iba dirigida, en primer lugar, a ellos. Cuidado con acercarse demasiado a algo que pertenece al enemigo español.

El hecho de que sea todo tan explícito es de agradecer. Sin embargo, no es frecuente. Graupera es un junior retando a los senior para ocupar el poder. Está desatado y por ahora parece que su apuesta se saldará con un modesto éxito. Si no fuera por esta posición relativamente marginal que ocupa, el independentismo hubiera salido en tromba a desmentir las palabras del filósofo y de su número 3. Esto fue precisamente lo que sucedió en febrero de 2018 cuando se presentó el tristemente célebre manifesto Koiné en la UB. El independentismo tuvo prisa en pasar página.

Salvando todas las distancias, ya que el manifiesto Koiné era un manifiesto de unas cuantas páginas presentado con solemnidad y el discurso de Graupera y Corominas se circunscribe a un acto electoral, ambos comparten una característica: se expresan con claridad y precisión sobre el tema de las lenguas. Dicen de verdad lo que quieren y piensan. No hay que interpretar nada. Ellos solitos ofrecen la síntesis de la cuestión: castellano, nada; catalán, todo.

No gusta, no obstante, dentro del independentismo este grado de sinceridad respecto a las lenguas. Toda la arquitectura lingüística que montó Pujol estaba construida sobre el embellecimiento de las prácticas lingüísticas que tenían lugar y así ha seguido muy mayoritariamente. A los independentistas les gusta hablar de que su modelo lingüístico es un modelo de éxito, que contribuye a la cohesión social, que es democrático y pluralista, que es un modelo de buenas prácticas en el mundo mundial, etc. Muchos querrían cooficialidad de catalán y español en una hipotética independencia y ello les permite sentirse abiertos y tolerantes, pero a costa de ignorar que esta cooficialidad entre ambas lenguas la siguen queriendo asimétrica, sin prácticamente derechos para los hablantes del español.

Y es que decir la verdad es demasiado crudo. Las palabras de Graupera y las del manifiesto Koiné son palabras de intolerancia y odio. De rechazo y exclusión. De imposición de pureza y uniformidad a els de casa. Este grado de sinceridad es demasiado para la mayoría. El nacionalismo está basado en creerse mejor que el otro y la verdad supone una grieta demasiado grande en el espejo narcisista en el que se mira la mayoría. De vez en cuando hay un manifiesto Koiné o un candidato pasado de vueltas que dice la verdad respecto a las lenguas y la política lingüística. Son accidentes. Entonces, si es necesario, todos correrán raudos a desmentir, a reparar la grieta. Y a cerrar filas con el modelo de éxito que aporta tantos bienes a la sociedad. Cómo no.