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Juan José Omella, presidente de la Conferencia Episcopal / EFE

Omella, la 'sombra de Tarancón' en la Conferencia Episcopal

El obispo no estará solo y tendrá como vicepresidente al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, el auténtico sanedrín papal para España y Latinoamérica

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Al elegir al arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, como presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), los obispos optan por la alternativa más aperturista y dejan de lado a los ultras de Rouco Varela, o el arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, y el de Oviedo Jesús Sanz Montes. Omella no es nacionalista, pero medió entre el independentismo y la Moncloa en la etapa de Mariano Rajoy. A punto de cumplir 74 años, el cardenal hizo honor a su grey católica al afirmar que la Conferencia Episcopal Catalana no tiene razón de ser; en decir, se puso en contra del clero catalán que siempre ha sido nacionalista y ahora refuerza el papel de la CEE ante Moncloa, sin pasar por la dolorida Tarraconense. Y lo más destacado: Omella no estará solo; tendrá como vicepresidente al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, el auténtico sanedrín papal para España y Latinoamérica.

Por una vez, el negocio bajo la mesa tan habitual en las congregaciones cardenalicias no ha impedido una renovación. Se abre una nueva etapa para el episcopado, liderada por Omella, con el apoyo de parte del Consejo de Cardenales y la satisfacción de la instancia más alta de la curia romana, encarnada en el nuevo Nuncio, Bernardito Auza. Pero que nadie se llame a engaño: no estamos en presencia de un religioso progresista, sino más bien ante un hombre acomodaticio en cuanto a temas sociales.

Es cierto que como mediador del conflicto territorial desvela un deseo de paz, pero en su ánimo no hay ninguna pasión por un modelo de sociedad más justa. Los soberanistas no lo presentan como un aliado y la izquierda adivina la frigidez intelectual del purpurado a la hora de luchar en contra de la exclusión y en defensa de los más débiles.

La derrota del pelotón de las iglesias de Wojtyla

Aun así, Ornella es de lo más progre en la Iglesia española actual. Su cargo, después de años de penitencia, lleva implícita la “sombra de Tarancón”, el cardenal que presidió la CEE en la etapa del tardofranquismo y que denunció públicamente los delitos de lesa humanidad, cometidos por el antiguo régimen; expresa, en parte, la segunda Transición exigida por los contestatarios más desnortados; lo cual no es mucho.

Su ascenso no ha sido precisamente fácil. Ha tenido que hacer frente a sus detractores del sector ultraconservador de los citados rouquistas, en cuyo regazo sedimentaron neocatecumanales, opusdeístas, seguidores de Cristo Rey y otras tribus religiosas radicales. El ascenso de Omella desvela ahora de forma oficial --más vale tarde que nunca-- la derrota del pelotón de las iglesias de Wojtyła (Juan Pablo II), que ha marcado una de las etapas más oscuras de la Iglesia de San Pedro.

En los últimos días, los conservadores, aparentemente entregados a la nación pía, pero rayando siempre el insulto, han difundido un panfleto contra Omella titulado Complot de poder en la Iglesia española: Barco contra Omella. En defensa propia; un libelo aparecido en los buzones de los 87 electores de la asamblea permanente de la CEE (cuatro cardenales, 12 arzobispos, 48 obispos, 18 prelados auxiliares, así como del administrador apostólico de Ciudad Rodrigo y los administradores diocesanos de Astorga, Coria-Cáceres, Ibiza y Zamora). Este buzoneo escandaloso resulta pertinente ahora que la asamblea plenaria de la CEE tiene previsto escoger una nueva comisión ejecutiva, la comisión permanente y los presidentes de una decena de comisiones episcopales.

Sin cadáveres debajo de la alfombra

El cargo titulus pictus de Ornella, efectuado por Francisco en plural mayestático ante colegio cardenalicio, es la culminación de un proceso no exento de juego sucio. La batalla ideológica entre la Roma conciliar y la Iglesia tridentina está más viva que nunca y es más afilada por el lado de la extrema derecha que por el sector del pensamiento humanista, liderado solo a medias por Francisco.

Cuesta de entender, pero es así: Erasmo sigue vivo, pero el espíritu de la Contrarreforma mantiene el tono de Adriano de Utrecht, instructor de Carlos V, dotado de una falsa munificencia, contraria a la mundanidad de los clérigos, que hoy se traduce en el deseo mayoritario de acabar con el celibato.

El nombramiento de Omella no esconde ningún cadáver debajo de la alfombra. Pero es un amago exacto por parte del poder, que nombra y al mismo tiempo remueve, siguiendo el dicto cardenalicio, promoveatur ut removeatur. Este principio revela que, en general, el cargo más alto recién nombrado no es el que más manda. Sin ser un simple adorno, Ornella compartirá sus decisiones con el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, el auténtico cardenal papista de España, que cuenta con la confianza absoluta de Francisco.