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Montserrat Tura, en su entrevista con Crónica Global en Barcelona / CG

Montserrat Tura, la cara y la cruz de la política

La exconsejera socialista pasa en pocos años de rozar la presidencia de la Generalitat a la vida casi anónima y al apuro económico

28.11.2016 00:00 h.
6 min

Fue alcaldesa de Mollet del Vallès (Barcelona), diputada en el Parlamento de Cataluña, consejera de Interior en la era de Pasqual Maragall y consejera de Justicia con José Montilla. Optó a la alcaldía de Barcelona y a la presidencia de la Generalitat y perdió, en ambas ocasiones. “No pasa nada, estas cosas pasan y hay que saber encajarlas”, explica Montserrat Tura i Camafreita a Crónica Global.

El día que perdió ante Pere Navarro, anunció su divorcio con la política. Poco antes tuvo uno sentimental y en su población natal muchos compañeros de partido lo atribuían a su absoluta entrega y dedicación a la política. Con el giro hacia lo privado volvía al sector sanitario, el que le vio desarrollarse como profesional desde que se licenció en medicina. Siempre tuvo claro que, tarde o temprano, regresaría al Hospital de Palamós, en Girona, donde tiene su plaza. Tura es licenciada en medicina, pero no hizo el MIR. Eso limita su potencial laboral. “Cada vez que ocupaba un cargo público renovaba mi excedencia allí. Tenía conciencia de que aquello era temporal y que algún día iba a volver”.

Aprender a recibir órdenes

Por eso encajó bien la vuelta, pese a que no todo fue un camino de rosas. Para empezar, hasta la fecha siempre había tomado ella las decisiones y su criterio era el que pesaba. Ahora, en cambio, recibe órdenes de sus superiores y tiene que acatarlas, además de hacer sus tareas sin ayudantes. “Tienes que aprender a editarte tú misma los textos, a hacerte los folios de Excel, mecanografiarte todas las cosas, aprender el programa de historiales clínicos, archivar los documentos allá donde corresponden y a no equivocarte”. Andaba un poco despistada los primeros meses, hasta que se acostumbró a la cruz de la política después de haber vivido en primera línea casi toda la cara.

Y junto al despiste de aprender a ser autosuficiente, el malabarismo de su nueva situación económica. El sueldo de la exconsejera se redujo drásticamente cuando abandonó la política y, como una trabajadora más, sufrió los recortes del sector sanitario. Con el añadido de que es familia monoparental y tiene que mantener a dos hijas con un único sueldo después de su ruptura con Oriol Fort. “Hay un libro de Joan Brossa que se titula El pedestal son los zapatos. Esta idea siempre la he llevado a la práctica”, explica resignada.

Para muestra, un botón: nunca dejó de ir a comprar al mercado aunque fuera consejera. Tampoco dejó aparcado su propio vehículo, pese a que disponía de coche oficial. “Una persona que estuvo muchos años en el gobierno de otro partido me dijo que, cuando dejó la política, no sabía conducir. Se le había olvidado. Me impactó tanto que decidí que a mí no me pasaría”.

Ahora plancha

El apuro económico de Tura la ha obligado a prescindir del servicio que tenía para las labores del hogar. “No pasa nada”, repite, “te adaptas y lo vives con normalidad”. Confiesa que para ella, como para cualquier mortal, son tareas que uno deja siempre para mañana, pero al menos ahora conoce lo que es un fin de semana y parece haber descubierto esos remolones domingos por la tarde frente a la tabla de planchar.

De su etapa en la política, recuerda con melancolía el horizonte amplio. “Cada pequeña cosa que decides la colocas mirando hacia donde quieres encaminar un país”. Maragall dijo de ella que un día presidiría la Generalitat y sería la primera mujer que lo haría. Tiempos pasados. Lo que no echa de menos son los codazos, la mayoría entre propios compañeros. De su vida actual, se queda con los momentos que ha recuperado no solo con sus hijas, que ahora tienen una madre que las acompaña en la sobremesa, sino también con los amigos. Este verano ha descubierto que las comidas pueden alargarse hasta media tarde. “Quizá a alguien le parezca absurdo, pero yo nunca lo había hecho”.

Su paso por el Gobierno catalán le ha dado una inmensa lección de vida. Ahora sabe que la línea entre el bien y el mal no es tan nítida como muchos creen. Que el mal, en ocasiones, es invisible como los microbios. “Que hay muchos héroes anónimos y cotidianos que hacen cosas interesantes, pero también gente reconocida socialmente que hace cosas terribles y perversas”.

Montserrat Tura se levanta del banco en el que Crónica Global le entrevista, se adentra entre la multitud de la bulliciosa Rambla Cataluña y agradece poder caminar sin que ya nadie la reconozca.